
Tras la pérdida de sus dominios en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, España vive una grave crisis económica, política, moral y social. Es 1898, y un grupo de escritores españoles tienen la intención de llevar a las letras la decadencia que vive su país, y se disponen a explorar en sus esencias e identidades.
La pluma de estos autores, nacidos entre 1864 y 1876 se agita ante los paisajes y las tradiciones populares, y examina el carácter de sus coterráneos y los destinos patrios. Con la literatura de que fueron capaces, estos poetas, novelistas y ensayistas renovaron los géneros y concibieron obras monumentales escritas con un lenguaje directo y procurando la sencillez en las formas. Admiran a los clásicos y, de los pensadores extranjeros, son los preceptos de Friedrich Nietzsche los que más inciden en sus concepciones y escritos.
Fue uno de sus integrantes, el poeta José Martínez Ruiz, Azorín, quien denominó Generación del 98 a este grupo, que buscó devolver el orgullo nacional. Entre ellos, se encuentran: Pío de Baroja, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maeztu, José Ortega y Gasset, Vicente Blasco Ibáñez, Manuel y Antonio Machado y Ramón del Valle-Inclán, este último nacido el 28 de octubre de 1866, en Villanueva de Arosa y fallecido el 5 de enero de 1936, en Santiago de Compostela.
De este modo, habló sobre sí mismo en la revista Alma Española: «Este que veis aquí, de rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba, soy yo: Don Ramón del Valle-Inclán. Estuvo el comienzo de mi vida lleno de riesgos y azares. Fui hermano converso en un monasterio de cartujos y soldado en tierras de Nueva España. Una vida como la de aquellos segundones hidalgos que se engancharon en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna».
Los apuntes que describen su imagen responden a la apariencia extravagante que se construyó, ataviada con capa, bufanda, sombrero y polainas blancas. Con desaforada vocación por las letras, brilló en todos los géneros, lo mismo en el modernismo que como autor de vanguardia. Fue el creador del esperpento, un género literario muy singular en el que combinó lo trágico y lo cómico y mostró una realidad distorsionada, desde la que personifica objetos y los personajes se presentan como fantoches.
Por medio del personaje Max Estrella –el escritor protagonista de su pieza teatral Luces de bohemia– Valle-Inclán defiende la idea de que: «Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada».
Entre las más de 30 piezas teatrales, varios poemarios, y decenas de novelas, escribió las Sonatas (de otoño, de estío, de primavera y de invierno) en las que narra las aventuras del Marqués de Bradomín, personaje que inspiró un pariente lejano; y destaca también Tirano Banderas (que subtitula con la etiqueta Novela de Tierra Caliente), la que ha sido considerada la obra cumbre dentro del ciclo esperpéntico del autor y trata sobre la caída de un dictador sudamericano, que ejerce el terror y es derribado por las fuerzas populares.
Habiendo tomado su nombre literario de un ascendente paterno, Ramón José Simón Valle y Peña fue un intelectual polémico, dado a imponer su criterio y, por ello, propiciar encontronazos con otros escritores.
En una discusión con su amigo Manuel Bueno, recibió, tras procurar él córtarlo con una botella, golpes y bastonazos en un brazo, que después hubo que amputársele. Se cuenta que no quiso recibir anestesia para la operación, porque quería recordar cada momento de ese dramático acto; y que, tiempo después, le dijo al periodista: –Mira, Bueno, lo pasado, pasado está. Aún me queda la mano derecha para estrechar la tuya. Y no te preocupes, que aún me queda el otro brazo, que es el de escribir.
Una singular personalidad y una obra copiosa y brillante, que sigue formando parte de la más elevada literatura española de todos los tiempos, se encargan de que este autor, genio y figura, trascienda decesos y sepultura. Recordarlo en el 160 aniversario de su natalicio, es rendir honor a quien lo merece.

