
Foto: Fotograma de la serie
Para rematar la disección entomológica a la fauna política ibérica realizada por el drama cinematográfico El reino (Rodrigo Sorogoyen, 2018), aparecería más tarde la imperdible serie de humor político Vota Juan (Movistar, 2019), la cual tendría sus secuelas en Vamos Juan (2020) y Venga Juan (2021).
Este formidable documento telefictivo hunde, sin compasión, el escalpelo en la increíble mediocridad de seres humanos cuya orfandad moral e intelectual solo marcha en dirección proporcional con sus egos y ambiciones arribistas.
Así, sin preposición (Vota a Juan), y sin siquiera una suerte de peculiar vocativo autodirigido (Vota, Juan), el señor Juan Carrasco pretende lanzar su campaña «Vota Juan» en busca de fieles que impulsen sus largas aspiraciones, sin semáforos estas para su vanidad, que piensan sin sonrojo en su soñada Moncloa.
Su eslogan es su mejor definición, pues retrata su signo incompleto, el huero contenido de un sujeto cutre y medio facha con pintas ocasionales de progre, según apunte la veleta del momento político.
Lo asume Javier Cámara. Su Juan Carrasco no tiene desperdicio ni en el papel ni en la carne del intérprete. Lo sopesa, levanta, abraza, deglute y regurgita con devoción fruitiva. Cámara devora a Carrasco y nos lo mete en la sala del hogar con credibilidad envidiable.
Escuchar los dichos y apreciar los actos del demagogo que escala de la alcaldía de la pequeña localidad de Logroño al ministerio de Agricultura y luego a la vicepresidencia de su Partido supondría un atentado al civismo y la cordura, si no conociéramos cómo cuecen el caldo en las poltronas políticas hoy día, tanto en el país de origen de la serie como en los Estados Unidos y América Latina.
Parece juego, pero no lo es. Se han depreciado y despreciado tanto los blasones sobre los que en teoría debería asentarse el ejercicio de la democracia, que ya buena parte del electorado piensa que está inexorablemente en poder de pillos y bufones semejantes, sin otro interés personal que beneficiarse a sí mismos y a su clase.
Series como Vota Juan ayudan a comprender que mientras no exista un despertar/rechazo progresivo de los pueblos a tales puestas en escena, que de democráticas en verdad no tienen nada, la portería seguirá siendo goleada por ineptos sin vocación alguna de ayudar a sus naciones, como el personaje central (y otros secundarios) representado en la serie.
Juan Carrasco representa la conjunción hilarante de mendicidad cognoscitiva, mendacidad, oportunismo, pillería, pragmatismo emocional, patetismo y enajenación que define a no despreciable parte de la clase política mundial en la actualidad.
Los creadores Juan Cavestany –firmante de la también loable y en ciertas expresiones parecida Vergüenza– y Diego San José han bordado guiones donde el humor atraviesa cada tejido del componente reflexivo de esta serie, vista en Cuba.
Su trabajo escritural y la puesta en pantalla se siguen con el mayor interés, porque este auto de fe contra los demonios de la antipolítica (sin antecedentes en la televisión española, a diferencia de la británica donde creadores como el tan grande como irregular Armando Iannucci los hizo práctica común allí hace tiempo y luego continuó allende el Atlántico mediante la gozosa serie Veep, con la cual Vota Juan comparte bemoles, pero en ningún momento copia).
No obstante, eso sí, el Victor pez–pega del Carrasco de Vota Juan es la pura traslación castiza del Gary de la Selena Meyer de Veep.
Esta serie española resulta sui géneris, tanto en su forma de manejar un registro tonal basculante entre el chascarrillo y el sofá del siquiatra, como en su manera de hacer partícipe al espectador de la vergüenza ajena, el bochorno ante cuánto vemos y el sentimiento de incomodidad permanente que, pese a su falsía y capacidad de mímesis, acompañan a mediocres como Carrasco.
