Bohemia

Un Comandante a tiempo completo

Cuba despide a un pilar de sus luchas y a un símbolo de la modestia revolucionaria. Su pueblo y compañeros de armas le rindieron homenaje con la sobriedad exacta de quien hizo del deber su uniforme cotidiano


Pocos nombres sintetizan la epopeya de la Revolución Cubana con la fuerza de Ramiro Valdés Menéndez. Las grandes hazañas no siempre se escriben con estridencias; muchas veces se construyen desde el silencio austero de los hombres que prefieren el anonimato del trabajo antes que el brillo mediático.

Quienes compartieron trinchera y mesas de trabajo con él conocieron a un hombre severo en la exigencia, pero de una profunda nobleza interna. Para Ramiro, la Revolución nunca fue un pedestal, sino una carga sagrada.

Su hoja de servicios a la patria constituye un compendio vivo de la historia nacional. El 26 de julio de 1953, estuvo entre los jóvenes indómitos asaltantes el Cuartel Moncada. Tras sufrir la prisión y el exilio, regresó como expedicionario del yate Granma y sobrevivió al duro revés de Alegría de Pío.

Sus grados de Comandante se forjaron en la primera línea de combate: fue el segundo al mando de la Columna No. 8 Ciro Redondo, junto al Comandante Ernesto Che Guevara, cruzando el país en una de las proezas militares más asombrosas de nuestra historia. Tras el triunfo de 1959, blindó la seguridad nacional como fundador y primer titular del Ministerio del Interior.

Ramiro encabezó la compleja y sensible misión para el retorno desde Bolivia de los restos de su amigo, el Che. Trasladó su campo de batalla hacia el desarrollo de la industria y la construcción, además de impulsar la soberanía tecnológica del país al frente de Copextel y del Ministerio de Informática y Comunicaciones.

Llevar en el pecho la estrella de Héroe de la República de Cuba y la de Héroe del Trabajo resume a la perfección las dos grandes etapas de su vida: el guerrillero que estuvo en la vanguardia del combate y el líder comprometido con el frente industrial y tecnológico.

No entendió de jubilaciones ni descansos mientras la patria lo necesitara. Hasta su último aliento como viceprimer ministro, se le vio firme y erguido a pie de obra en las termoeléctricas, supervisando inversiones y chequeando al detalle el vital proceso de transición energética de la nación.

No habrá espacio para el olvido. Los hombres que sostienen a un país con la fuerza de su entrega quedan sembrados para siempre en la misma tierra que defendieron, e incluso un poco más allá.

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