La Jiribilla

Asamblea

Podría parecer (y de hecho, lo es) que no son estos momentos para ningún tipo de divertimento. Estamos abocados a una posible agresión armada por parte del imperio más agresivo y más despiadado del mundo contemporáneo, por si no bastaran ni el bloqueo económico que ya cumple más de sesenta y cinco años, ni el recrudecimiento de este en los últimos meses, ni tampoco fuera suficiente el cerco energético al que estamos sometidos desde fechas más recientes. Francamente, la política de asfixiarnos es brutal, sin precedentes, y padecemos día a noche sus gravísimas consecuencias. No obstante, quizás debido a nuestro empecinado modo de sobrevivir, o tal vez como mecanismo de defensa mental, o quién sabe si porque encontramos en el arte de reír una forma de resistencia, lo cierto es que no dejamos de burlarnos, ni de chotear, ni de señalar aquello que nos permita de una vez ejercer nuestro derecho a la crítica, y, a la vez, sobrevivir en medio de inimaginables carencias.

En estos días, me llama muchísimo la atención un humorista chileno llamado Lucho, discapacitado físico motor por secuelas de parálisis cerebral, cuyos espectáculos se transmiten por Facebook y otras plataformas digitales. Lejos de burlarse, Lucho asume su discapacidad con humor, y el público que asiste a sus presentaciones está en su mayoría compuesto por personas con capacidades diferentes, y todos exponen sus dificultades cotidianas con admirable estoicismo y, más que nada, con humor. Se trata de un mecanismo de supervivencia, sin dudas. Al compartir públicamente cuáles dificultades afrontan cada día, todo el conglomerado asistente aplaude, reconociendo la valentía del discapacitado que acaba de exponer su limitación, y así se estimula el intercambio de problemas, aliviándose al no saberse solos, ni desamparados en la soledad de sus limitaciones físicas. La dinámica de estos espectáculos consiste en que cada participante solicita el uso del micrófono, se identifica, dice qué tipo de discapacidad padece, y los mecanismos que le permiten sobrevivir.

“Lejos de burlarse, Lucho asume su discapacidad con humor, y el público que asiste a sus presentaciones está en su mayoría compuesto por personas con capacidades diferentes, y todos exponen sus dificultades cotidianas con admirable estoicismo y, más que nada, con humor”.

Algo así podríamos hacer en una hipotética y actual asamblea de cubanos. No todos tenemos los mismos problemas, pero todos merecemos el aplauso colectivo que se escucha en los espectáculos del chileno Lucho. Con este ejercicio puramente imaginario, aprovecho para exponer mi molestia ante unas afirmaciones de una periodista oficial que leí recientemente, y cito “… mucha gente dice sandeces en las redes en lugar de reconocer el esfuerzo de los trabajadores de la UNE.”

Imaginemos un teatro copado por coterráneos de todas las provincias del país. Alguien como Lucho podría dirigir las preguntas cuyas respuestas despierten admiración, tal como sucede en la comedia de marras. Por ejemplo, María E sería en este imaginario caso la conductora del programa. Luego del cálido recibimiento que recibe en el escenario, empezaría por preguntar quién necesita exponer la dificultad que afronta en este instante.

Fefa diría: “Me llamo Fefa. No tengo gas para cocinar y no encuentro carbón. Ya consumí o, mejor dicho, ya el fuego consumió las ventanas y puertas de mi casa” “¡Un aplauso para Fefa!”, pediría Maria E, “y una pregunta, si me permite, ¿usted tiene electricidad por el día?” “Solo de madrugada, y a esa hora, como comprenderán todos, no tengo hambre para comer un plato de congrí”. El público reiría, aunque inmediatamente Brígida Sepúlveda pediría la palabra. María E indicaría que le pasaran el micrófono. “Díganos, díganos su nombre y cuéntenos su problema”.

“Sepúlveda, Brígida, y antes de decir que desde hace tres meses no llega agua potable a mi casa, la luz solo me dura cuarenta minutos y tampoco tengo gas, me gustaría que Fefa explicara cómo obtiene los frijoles de su hipotético arroz moro”.

Otra carcajada cómplice invadiría el imaginario teatro, y sin esperar el micrófono, la aludida Fefa ripostaría: “Yo no hablé de frijoles colorados, los del arroz moro, sino de negros, de congrí. Que son más económicos y que tampoco puedo comprar con mi jubilación, porque…”.

“¡Un momento!” —diría Maria E—. “Este show no es para una catarsis general sino para temas actuales, por favor, centrémonos en el presente. ¿Próxima exposición?”

“!Yo, yo necesito hablar!”, diría Cándida. “Soy la de candidez habitual. Mi problema es que he descubierto que los compañeros del canal de Telegram que informan o deberían informar los horarios de afectaciones del fluido eléctrico, padecen de discalculia, y eso me angustia muchísimo. Son todos discalcúlicos, pobrecitos”.

“Algo así podríamos hacer en una hipotética y actual asamblea de cubanos. No todos tenemos los mismos problemas, pero todos merecemos el aplauso colectivo que se escucha en los espectáculos del chileno Lucho”.

Un murmullo recorrería el salón, y a María E no le quedaría otra opción que poner orden. “¿Qué significa discalculia? Y perdón por mi ignorancia. ¡Podría usted, Cándida la de la habitual candidez, ilustrarnos, por favor?”

“Que no saben. No pueden o no quieren calcular bien. Y si, por ejemplo, mi bloque lleva apagado 16 horas, ellos, los discalcúlicos, dicen que llevamos afectados (porque así dicen, afectados) 8 horas. Yo me pregunto ¿las otras horas me las estoy imaginando, o estoy apagada porque quiero?”.

Aplauso atronador recibiría Cándida. A continuación, Víctor pediría la palabra, masticando su inevitable dosis de granos de maní. “Compañeras y compañeros. Me nombro Víctor. Creo que estamos perdiendo el rumbo. Si no profundizamos en las causas que nos han traído hasta esta crítica situación, no seremos capaces de aquilatar la gravedad de lo que sucede, porque…”.

Todo el público lo interrumpiría con un reclamo común, que sería: “Todos sabemos las causas, compañero del maní inevitable. Las sabemos. Sucede que conocer la o las causas, no disminuye la o las consecuencias”.

Nuevo aplauso atronador. A continuación, María E expondría una vez más las medidas coercitivas, peligrosas, injustas y asfixiantes que nos han causado las incontables discapacidades que padecemos, para que nadie tuviera la menor duda, aunque es justo reconocer que dichas aclaraciones serían repetitivas, pero siempre algún despistado existe, para qué negarlo.

“…no se trata de competir a ver quién acierta o no, quién se queja más o atina menos, sino a un sencillo reclamo: Permítannos subsistir”.

Luego, Hilda solicitaría intervenir, en el sentido de hablar, no intervenir, sino hablar, claro está. Y diría: “Me llamo Hilda y soy científica. Quiero contar que en mi edificio se incendió el reloj contador de la electricidad de un vecino, en un rarísimo momento de llegada de la luz. Como es lógico, el edificio entero quedó en la oscuridad que tenía minutos antes del ya citado incendio, o sea, de la explosión. De inmediato, alguien recordó que los discalcúlicos, como dice la compañera Cándida, la de candidez habitual, esos mismos, siempre ofrecen un número telefónico, el 1888 para cualquier eventualidad, y todos los y las miembros del edificio, llamamos al citado teléfono”.

“¿Y?” —preguntará María E—. “¿Acudieron raudos y veloces a extinguir el incendio?”

“De eso nada, monada. Es que nadie respondió nunca, jamás, más nunquita. Y eso es alarmante, compañeras y compañeros”.

“!Qué horror!” —diría todo el público—. “Y entonces qué hicieron ustedes, los y las miembros del edificio?”

“Imagínense, echamos tierra, echamos aire, echamos agua, echamos de todo menos fuego al contador con fuego. Una vez apagado el incendio, volvimos a llamar al 1888 para que reconectaran la electricidad”.

“¿Y?” —repetiría María E—. “¿Esta vez sí obtuvieron respuesta?”

“Nunquita, jamás responder” —lloriquearía Hilda—. “Empatamos el horario de un apagón con el siguiente. Fue como una contra, un extra, de contra que ya llevábamos 16 horas sin electricidad, aunque Telegram dijera que eran nueve. Y eso no es todo. Al no tener conocimientos de electricidad, tampoco sabíamos cómo arreglar los cables chamuscados. Fueron horas de profunda angustia, créanme”.

“…propongo un aplauso colectivo, un aplauso gigantesco, un aplauso descomunal, cuyas palmadas lleguen a la ONU, a la OEA, al Parlamento europeo, al Vaticano, y clamemos juntos DÉJENNOS VIVIR!”.

El público se abalanzaría a abrazar a Hilda, dándole palmadas de aliento. En un momento, Víctor querría saber el final de esa historia, cómo terminaba aquella desdicha, e Hilda, sonrojada, púdica, casi con vergüenza, diría lo siguiente:

“Mejor no se enteran. No puedo contarles, de verdad, al menos no con detalles. Baste saber que gracias a un señor retirado de la empresa eléctrica, quien a cambio de ciertos favores corporales ofrecidos por una vecina, accedió a componer el cablerío chamuscado, pudimos retomar el ciclo de nuestro bloque. Bloque, por cierto, muy castigado”

“¿Ustedes son del bloque 4?” —preguntaría Víctor llevándose las manos ya sin maní a la cabeza—. “El peor, sin dudas. Yo soy del 4 también”.

“No, el más malo es el 2” —diría Fefa—. “Sin dudas el 2 es al que más apagan”. “Quizás —agregaría Sepúlveda—, quizás y solo quizás, pero yo pertenezco al bloque 1, y es ahí donde los discalcúlicos se lucen, se confunden más con el 1 que con el 6, por solo citar un ejemplo”.

“¡Falso, falso, exijo que se reconozca que el bloque 5 desde ayer…!”, diría alguien del público…

María E, al sentir, percatarse y comprobar que la situación se le iba de las manos, propondría la única solución posible ante el desmadre que se avecinaba: “Por favor, cordura, llamo a la sensatez de nuestras atribuladas existencias, debido a todo lo que sabemos, y propongo un aplauso colectivo, un aplauso gigantesco, un aplauso descomunal, cuyas palmadas lleguen a la ONU, a la OEA, al Parlamento europeo, al Vaticano, y clamemos juntos DÉJENNOS VIVIR!”

Así culminaría la asamblea. Porque hablando en plata, no se trata de competir a ver quién acierta o no, quién se queja más o atina menos, sino a un sencillo reclamo: Permítannos subsistir. Déjennos un sitio en el infierno. Y basta.

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