A pesar de sus 147 años, el danzón —Baile Nacional de Cuba— sigue dando pasos firmes en Matanzas. Y no es nostalgia: es fiesta, es coqueteo, es resistencia activa. Porque el danzón le pertenece a los matanceros, y lo sabemos. Aquí nació, de la mano de Miguel Faílde, y aquí está la obligación de defenderlo y mantenerlo vivo.
Al compás de dos por cuatro —un paso lento, dos rápidos, y ese característico contratiempo que acelera el corazón—, en la Casa del Danzón, sede de la Asociación de Danzoneros Miguel Faílde Pérez, se reúnen parejas de todas las edades. Allí se aprende el pasillo, ese paseo elegante que abre el baile; luego viene el recorrido y el floreo, donde el caballero galantea y la dama, con su abanico en mano, contesta con miradas y movimientos de cintura. Es un diálogo de cuerpos, un juego de seducción que se hereda.





En esta labor de preservación destaca Reynaldo Cardoso, reconocido artista, promotor cultural y laureado bailador, premiado en diversos festivales internacionales en Matanzas. Cardoso es un pilar en la asociación y lo dice claro: «El Danzón es nuestro, nació en esta tierra, y estamos en la obligación de defenderlo».
Bajo esa premisa se trabaja, además, en el rescate del género en algunas escuelas, sumando a niños y jóvenes a esta tradición. Porque el danzón no es solo música: es memoria, es identidad matancera, es un abanico que se abre y se cierra con elegancia, y sobre todo, es un legado que no pueden permitirse morir.
