«Padre es cualquiera». La frase flota siempre en mi mente cuando pienso en paternidades y, sobre todo, cada tercer domingo de junio. Son tres palabras que repiten, popularmente, como un mantra heredado, y creo, que, de tanto oírse, termina por naturalizarse, por forzar, o darle justificación, a vagos e insensibles para que se desprendan de la responsabilidad de paternar.
Entiendo que quizás se dice desde el dolor, con resentimiento, pero aseguro que con profunda ignorancia estructural. Es un enunciado que pretende castigar al ausente, pero decir que su papel no es importante, es irreal. Que una madre, unos abuelos, u otras personas, se hayan encargado bien de la crianza de un menor no significa que no haga falta la figura del padre.
Por eso, nada ayuda soltar la frase a la ligera y, paradójicamente, termina por provocar un tremendo daño sistémico porque vacía de contenido la trascendencia de la paternidad y perpetúa los roles más arcaicos del patriarcado, más otros vicios.
Desde luego existen muchísimas historias fatales y ni siquiera esa realidad respalda que se metan a todos los progenitores en el mismo saco. Por tanto, siempre es tiempo para desmontar el mito y decir que no, padre no es cualquiera, y que para justificar el abandono o la violencia de unos pocos resulta una injusticia inmensa para la mayoría que es padre a consciencia, con gusto y empeño. Jamás el mal ejemplo de quien no está o de quien es negligente debería silenciar el rol fundamental de un papá en la vida.
Existen millones de ejemplos felices y por eso es que no puedo callar. En mi caso, mi padre es excepcional, una mezcla de sensibilidad con mano dura, de exigencia a todo costo para guiar por el buen camino de hacer personas de bien, educadas y responsables. Un padre presente todo el tiempo aunque sus hijas tengan ya cuarenta años y preocupado hasta de más; un padre desprendido que antepone a su familia por sobre el beneficio propio, un padre paradigma en todo.
No puedo pensar distinto. Padre no es cualquiera, padre es eje imprescindible, estrictamente necesario desde la propia concepción, pues se necesitan dos partes para crear un ser. Me incomoda la frase, y si la miramos con lente feminista y analizamos que está en vías de deslegitimar la presencia paterna, por los motivos que sean, para —tal vez— realzar a la madre si la completamos con «madre hay una sola». Podemos entender que en esa aparente «defensa» de la maternidad se esconde una trampa machista maquiavélica.
¡Claro que sí! Al asumir que la paternidad es solo un accesorio prescindible lo único que provocamos y justificamos es que se libera al hombre de su cometido afectivo y político. Por tanto, si profundizamos la observación estamos ante una narrativa que castiga a las madres, las recarga con el peso absoluto del cuidado, la crianza y el sostén emocional de los hijos, bajo la premisa de que ellas pueden solas con todo.
Fotografía de la autora
Y en efecto, en muchísimas oportunidades así ha tenido que ser, pero eso no significa que sea el mejor escenario. No es honesto que esto suceda al mismo tiempo que a los hombres se les otorgue un pase libre que sustenta que si la paternidad es un don extraordinario que pocos alcanzan, entonces fallar es la norma y cumplir es un acto de heroísmo excepcional.
Esta lógica es peligrosa y hace que muchos, que a su vez fueron criados en el desapego, sientan que el estándar para ser «buen padre» está tan bajo que basta con proveer económicamente o no golpear, y que de ese círculo no se salgan, no ven más allá, es su normalidad. El imaginario popular les enseña a repetir comportamientos de distancia emocional y justificar su génesis al decir «mi papá era así y estaba bien». Y el ciclo de la frialdad e incompetencia se hace vitalicio.
Y, no, no es así. Por eso, aunque por lo general el Día del Padre a veces es solo una fecha comercial de obsequios y fiestas, también podemos pensar en cómo queremos que sean los padres de nuestras vidas y qué hacemos para incitar la paternidad responsable y presente de hombres que no solo engendren. Hoy es el día indicado para hacer de esta jornada una de exigencia y reivindicación porque necesitamos cultivar paternidades sanas, corresponsables y afectivas desde el relato colectivo para que, entonces, en el nivel primario, la norma sea otra.
La figura del padre debería encontrarse en el centro del hogar no como autoridad dictatorial, sino como pilar de amor, ternura y cuidado. Ser hombre no es sinónimo de ser tosco, desatendido, con desafecto y sí presente, cariñoso, educador, pendiente.
Porque un padre sí es cualquiera que decida asumir el compromiso diario de criar, y si no tiene ese impulso, lo mejor es no procrear. Padre es quien abraza, quien se sensibiliza por sus hijos y rompe el legado que impone un mandato de dureza, es quien se encarga de lo necesario sin llamarlo «ayudar», quien acompaña las tareas escolares y quien sostiene emocionalmente.
Desde la psicología, la figura paterna implicada es esencial para el desarrollo de seres humanos plenos porque sentir su amor y protección transforma la psique de los niños, les enseña que masculinidad también puede ser refugio seguro y no rudeza. Esos padres merecen ser nombrados, celebrados y tomados como el nuevo estándar, la referencia de lo único que está bien.
Padre no es cualquiera y madre no debería estar sola encargada de sus hijos. Basta ya de vaciar el sentido de la paternidad con frases que nada aportan, no la repitamos. Aprovechemos e inculquemos buenos valores, desafiemos el lenguaje popular sin afirmar que padre es un superhéroe inalcanzable, pero tampoco un espectador de la crianza. Siempre estará bien cultivar formas inclusivas no para aliviar la carga de las mujeres sino para concebir hijos sanos y equilibrados desde pequeños y no a fuerza de trastazos. La paternidad sana no es un milagro, es un derecho y un deber.
