Vanguardia

Papá, refugio


Claudia Yera Jaime

Claudia Yera Jaime

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21 Junio 2026

De niña, los días con mi papá sabían a caña, melaza, maní; olían a cielo, central, carretera, aventura. Era mi mejor amigo, mi confidente, mi inspiración, mi peluche grande, amoroso y rechoncho. Hoy me precio de tenerlo y que su compañía me blinde el pecho. Cuando estoy a su lado quiero lanzarme de la adultez, subirme en un unicornio y cabalgar a la velocidad de la luz de regreso a la niña con trenzas.

Estuvo cuando perdí mi primer diente, cuando escribí el primer poema, cuando gané el concurso de Matemáticas; cuando me enamoré, fallé y puse de nuevo el corazón en juego; cuando me gradué y gritó a todos que su retoño era periodista. Fue el primero en ver mis hijos, que llevan su nombre y el de mi abuelo materno, mi otro gran padre.

Mi viejo siempre ha tenido la habilidad de hacer que mis nervios se disfracen de magia, de que quiera triunfar solo para que rebose de orgullo. Es esfuerzo, valentía, corazón, coraza; mi tesoro invaluable. Mi padre es el amor de mi vida; tiene el poder de la nobleza, la ternura, la inocencia. Su apego inmenso me gritaba a diario que era su revancha de la vida para resucitar la infancia y ser genuinamente feliz.

Me enseñó a encontrar caminos donde otros veían límites, a que rendirse no es opción, a que no se capitula si se lucha por una quimera. Cada sacrificio suyo me sembró oportunidades, me irguió, y se lo agradezco tanto.

Hoy lo abrazo fuerte, apretado, no quiero soltarlo; él me hace fantasear  y confiar. Calma mis miedos, refuerza mi voluntad. En su sonrisa descubro razones para seguir soñando. Cuando la vida se torna dura quiero protegerlo, tornarme el refugio que siempre fue para mí. Lo amo demasiado, respeto muchísimo y me plazco que su abrazo guarde la paz que el mundo pierde.

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