Hay días en Matanzas en que el cielo parece recordar que todavía sabe ser generoso. Después de la lluvia, cuando las calles aún conservan el brillo húmedo de la tormenta y los árboles sacuden el agua de sus hojas, aparece el arcoíris. Surge sobre el San Juan, sobre el Yumurí, sobre los puentes y los barrios, como si alguien hubiera tendido una frágil promesa entre dos extremos de la ciudad.
Entonces Matanzas cambia por un instante.

La misma ciudad que tantas veces despierta entre apagones, escaseces y preocupaciones cotidianas, se detiene bajo aquel arco de colores. Los ciclistas siguen su camino sobre el asfalto mojado, los pescadores levantan la vista desde la costa, quienes corren a refugiarse de la lluvia reducen el paso para mirar. Durante unos minutos nadie parece tener prisa.


El arcoíris no borra las heridas de la ciudad. No repara fachadas vencidas por el tiempo. No devuelve lo perdido ni resuelve las incertidumbres que acompañan a sus habitantes. Pero tiene la extraña capacidad de recordarnos que la belleza sigue aquí, resistiendo.


Sobre las aguas oscuras del río, junto a la blancura de los puentes o frente al azul abierto de la bahía, el arcoíris convierte a Matanzas en una ciudad suspendida entre la tormenta y la esperanza. Una ciudad que conoce demasiado bien el peso de las nubes, pero que todavía es capaz de levantar la mirada cuando aparece una señal de luz.



Quizá por eso estos colores duran tan poco. Porque no vienen a quedarse, sino a recordarnos algo. Que, incluso después de los días más grises, Matanzas sigue encontrando la manera de iluminarse a sí misma.
Y bajo ese arco efímero que une cielo y tierra, esta urbe parece decirnos en silencio que la esperanza, como el arcoíris, siempre regresa, aun después de la lluvia.









