Lula contra los demonios
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Lula contra los demonios

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Muchas han sido las componendas internas y externas para «sacar del juego» electoral por la Presidencia de Brasil a Lula da Silva.
Foto: Getty Images

La vida política de Luiz Inácio Lula da Silva ha sido una verdadera carrera contra los demonios. No pocas veces lo han tratado de «sacar del juego», y hasta cumplió injustamente 580 días encarcelado en la prisión de Curitiba, lo que le impidió presentarse como candidato a las elecciones presidenciales de 2018.

Ahora, para las elecciones presidenciales del próximo 4 de octubre, en Brasil, el actual mandatario es uno de los favoritos para obtener la victoria. Pero sus adversarios, aupados por los gobernantes de Estados Unidos y Argentina, mueven todos los resortes para revertir las encuestas, y apuestan por el candidato opositor, Flavio Bolsonaro, hijo del exmandatario Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por liderar, el 8 de enero de 2023, un asalto a los poderes públicos brasileños, con intenciones claras de dar un golpe de Estado al electo entonces, Lula da Silva.

Ya el aspirante de la ultraderecha brasileña fue recibido por el presidente Trump en la Casa Blanca, y agasajado por Javier Milei, en un acto en el propio Brasil, donde se lanzó la candidatura de Flavio Bolsonaro. Allí, con el mayor de los irrespetos, el actual mandatario argentino vomitó ofensas de todo tipo contra el presidente Lula, y calificó a Jair Bolsonaro como «mi amigo injustamente condenado».

En julio pasado, como una grosera intromisión para afectar el proceso eleccionario y oponerse abiertamente a una posible reelección de Lula, el Presidente estadounidense, con el argumento de que contra Bolsonaro se hacía «cacería de brujas», impuso aranceles del 50 % a los productos de Brasil.

Un día después, el secretario de Estado yanqui, Marco Rubio, advirtió amenazantemente que «Estados Unidos responderá en consecuencia con esa caza de brujas».

En momentos como este, cuando el presidente Lula se encuentra asediado por «demonios externos e internos», vale traer al presente aquella componenda judicial en su contra, a través de la operación Lava Jato, que constituyó todo un montaje de sectores de la oposición para usarlo jurídicamente como argumento, sin prueba alguna, y encarcelarlo hasta que, en noviembre de 2019, la justicia brasileña le revocó las condenas que había recibido.

En mayo de 2018, a través del amigo Frei Betto, envié un cuestionario de entrevista a Lula a la prisión, y para mi mayor sorpresa periodística, unos días después, recibí sus respuestas.

En la entrevista, publicada en este diario, el 14 de junio de 2018, Lula calificó la burda acción que lo tenía encarcelado como «un proceso político, una prisión política. El proceso contra mí no logra apuntar un crimen, ni existen pruebas. Tuvieron que irrespetar la Constitución para arrestarme. Lo que está quedando cada vez más transparente para la sociedad brasileña y para el mundo es que ellos quieren sacarme de las elecciones del 2018. El golpe dado en el 2016, con la retirada de una presidenta electa, indica que ellos no admiten que el pueblo vote a quien quiera votar».

Y advertía, «por supuesto que me gustaría tener libertad y estar haciendo lo que he hecho toda mi vida: dialogar con el pueblo. Pero estoy consciente de que la injusticia que se está cometiendo contra mí es también una injusticia contra el pueblo brasileño».

Respecto al contexto regional de aquellos años, fue enfático: «América Latina vivía en las últimas décadas su momento más fuerte de democracia y conquistas sociales, pero recientemente las élites de la región están tratando de imponer un modelo donde el juego democrático solo vale cuando ellas vencen, lo que, claro, no es democracia. Entonces es un intento de democracia sin pueblo. Cuando no sale de la manera que ellas quieren, entonces cambian las reglas de juego para beneficiar la visión de una pequeña minoría. Eso es muy grave. Y lo estamos viendo, no solo en América Latina, sino en el mundo entero, un aumento de la intolerancia y las persecuciones políticas. Ha ocurrido en Brasil, Argentina, Ecuador y otros países», enfatizó.

Era una acción concreta para alejarlo de la vida política, obviando que entre sus logros durante los dos gobiernos que ejerció entre los años 2003 y 2010, 30 millones de brasileños salieron de la pobreza mediante un plan de medidas sociales que centró su atención en la población más desfavorecida del gigante sudamericano.

 De acuerdo con datos del Banco Mundial, entre 2001 y 2011, el pib per cápita de Brasil (la suma de toda la riqueza producida en el país, dividida por el número de habitantes) creció un 32 %, mientras que la desigualdad disminuyó un 9,4 % y el porcentaje de personas en situación de pobreza y pobreza extrema se redujo a la mitad.

Pero esa obra de Lula ha sido, y todavía hoy lo es, mediáticamente distorsionada y con nuevos actores externos en su contra.

Los demonios levantan ahora una campaña no solo contra el líder obrero elegido presidente, sino para aupar a una figura pálida pero muy vinculada con la actual administración estadounidense: Flavio Bolsonaro.

Ya sabemos lo que han hecho y van a seguir haciendo los enemigos de Lula, que son los enemigos de un Brasil que lucha por abolir el hambre y avanzar con las transformaciones sociales que han sido la base del programa del actual mandatario.

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