
páginas de un libro.
Foto: Dunia Álvarez Palacios
No hay mejor sensación para un lector voraz que regresar a casa con una buena cantidad de libros. Aun cuando eso incremente la lista de textos pendientes –que parece no terminar nunca– y reduzca el espacio para almacenarlos. Ahí entra en juego el decidir cuáles se quedan y cuáles no, aunque nos duela un poco.
En años anteriores, no recuerdo regresar tan cargado de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Quizá mi criterio para elegir lecturas no era el mismo, pero también lo justifico con la variedad de títulos que, pese a las dificultades, estuvieron a disposición del público en esta 34 edición del evento.
Es cierto que la sede habitual, la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, presentaba comodidades que la Estación Cultural de Línea y 18 no pudo replicar. El espacio reducido, el calor de agosto, la falta de fluido eléctrico y los problemas con el transporte hacen posible comprender los cuestionamientos del público sobre la calidad de esta fiesta literaria.
Sin embargo, en esta edición defendí con más fuerza una premisa que, desde años anteriores, repito a los amigos que me acompañan: El verdadero lector siempre encontrará algo que llevarse a casa. Y esa suerte surge hasta en los stands más inesperados. Nada equipara esa sorpresa.
Mi idea no perdió vigencia y fue posible gracias al esfuerzo de nuestras instituciones culturales, de la proeza desplegada por el Sistema de Ediciones Territoriales (set) de nuestra poligrafía y de la solidaridad de naciones hermanas.
Esta última, materializada en acciones como la oportunidad de acceder gratuitamente a las Páginas Escogidas de Rosario Castellanos, publicadas por Casa de las Américas, gracias a la oficina en México de la Fundación Rosa Luxemburgo de Alemania. Y ese mismo país nos ofreció a los jóvenes, también sin costo alguno, la colección 25 para el 25 –de manos de Miguel Ignacio Díaz Reynoso, embajador de México en Cuba, y Paco Ignacio Taibo ii, director del Fondo de Cultura Económica–, por voluntad de la presidenta Claudia Sheinbaum.
¿De qué otra forma, si no, podríamos conocer la soledad, duelos y amores en la poesía de la colombiana Piedad Bonnett; o los relatos del premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias en Week-end en Guatemala? No alcanzarían las líneas para referirse al resto de autores en esta colección, de la altura de Gabriel García Márquez, Roberto Fernández Retamar, Eduardo Galeano, Amparo Dávila, entre muchísimos otros.
Nuevamente, diversas editoriales, entre las que destacan Letras Cubanas y Arte y Literatura, brindaron la colección Biblioteca del Pueblo, y se agotaron parte de sus títulos, como fe de su buena acogida.
Y para los más selectivos, la librería La Manigua, del centro cultural homónimo, vendió durante toda esa semana volúmenes de segunda mano a precios más bajos que en su sede habitual, y en exquisitas encuadernaciones.
De igual forma, el buen hacer del set, que cumplió 26 años de fundado y llegó a la Feria con más de 350 novedades, se evidenció en el elevado número de títulos editados por sellos como Ediciones Loynaz (Pinar del Río) y La Luz (Holguín).
Cierto es que el número de tiradas no es como el de años pasados, y que estas, a veces, se agotan tras la presentación de los ejemplares, pero imaginemos cuántos esfuerzos realizan los equipos editoriales del set para llegar a la capital con sus novedades.
Para todos fue una Feria difícil. Y en futuras ocasiones, la experiencia de Línea y 18 servirá para buscar soluciones ante la falta de fluido eléctrico –que afectó algo tan primordial como los pagos en línea– y lograr una mayor articulación entre todos los actores editoriales.
Pero no nos podía faltar esta fiesta. La merecían nuestros autores premiados, aquellos noveles escritores que vieron, por vez primera, publicarse sus libros, y el público, por supuesto. Fue un respiro en tan difíciles condiciones. Un hálito de vida entre las páginas de un libro. Una oportunidad para seguir soñando.

