
Foto: Dilbert Reyes Rodríguez
BEIJING, China.– Con 105 años de existencia y alrededor de 100 millones de militantes, el Partido Comunista de China (PCCh) es la organización política de mayor membresía en el mundo.
No hay una relación causal directa entre ambas cifras, sin embargo, pareciera inevitable abstenerse de una elemental conclusión matemática. Si el crecimiento de la afiliación hubiese sido uniforme en el tiempo, el saldo sería no menos impresionante: cerca de un millón de nuevos miembros se habrían sumado cada año al PCCh.
La realidad, por supuesto, es todavía más relativa y rica, pues para el embrión de un movimiento de ideas nuevas que debía, primero, calar en las masas, y segundo, romper con un esquema social milenario de dinastías imperiales que florecían y morían, se necesitarían años de construcción de una base popular lo suficientemente sólida para tomar el poder y transformar la sociedad en el camino del ideal comunista, a la par de evitar caer en el ciclo histórico de auge y declive que había sepultado a todos los poderes anteriores.
Así, en condiciones de suma clandestinidad, y a bordo de un barco de paseo alquilado para burlar la persecución, los padres fundadores crearon el Partido Comunista de China en el verano de 1921, un hito que decidió luego celebrarse cada 1ro. de julio, debido a la imprecisión inicial de la fecha exacta en que aconteciera.
En conversación con Granma, el profesor de la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing, doctor Chang Fuliang, ayuda a comprender cómo las convulsas condiciones que sucedieron a la fundación del PCCh aceleraron la identificación de las grandes masas del país con las propuestas que resultaban de la influencia directa del marxismo como base ideológica, y de la soviética Revolución de Octubre como ejemplo concreto de emancipación socialista; pero que luego, relativamente rápido, tomaron su propio rumbo en la interpretación de aquellos ideales, y la correspondiente adaptación a las condiciones nacionales.
«El Partido Comunista de China nació en medio de una situación trágica», sentenció el profesor Chang, al mencionar la combinación de factores que resultó del colapso de la dinastía Qing, el deterioro y corrupción del poder nacionalista, así como las invasiones de potencias extranjeras. «Los colonizadores europeos continuaban la ocupación y apropiación del oro chino, además de saquear una enorme cantidad de recursos y de reliquias culturales», apuntó.
Enfatizó en que, poco después del nacimiento del Partido, los japoneses provocaron una agresión directa a China, abriéndose un nuevo frente de combate que, lejos de debilitar a la nueva fuerza política, la fortaleció, pues aunque el sacrificio en vidas fue muy alto, demostró su éxito en la conducción de la guerra para la defensa de la soberanía nacional, con las clases populares como protagonistas.
Asegura el profesor que fue así como más trabajadores y campesinos se incorporaron al Partido paulatinamente, hasta convertirlo en la fuerza motriz líder de una nueva revolución que, en el año 1949, al cabo de una última cruzada contra el gobierno reaccionario del Kuomintang, consiguió la proclamación de la República Popular China, bajo la conducción del líder Mao Zedong.
RAÍCES
Sobre lo que puede entenderse como cimientos de la autoridad que fue ganando el Partido Comunista, y la ascendencia y confianza que ha merecido del pueblo chino a lo largo de la República Popular, el doctor Chang Fuliang prefiere agruparlos en cuatro dimensiones.
Primero, la base política que significó el establecimiento de un sistema de administración con varios niveles de instituciones populares: gobierno popular, asamblea popular, conferencia consultiva de política del pueblo, así como una fiscalía y tribunal populares también. En todas estas instituciones, y en el actuar de todos los funcionarios, debe imperar un concepto: servir al pueblo, subrayó.
De la base económica, destacó el fomento de infraestructuras que condujeron a acelerar el desarrollo nacional, y que fue orientado hacia cuatro modernizaciones: «de la industria, de la agricultura, de la ciencia y la tecnología, y de la defensa nacional».
Otra de las bases, mencionó, es la perspectiva en la mejora constante del bienestar del pueblo. El Partido promovió la implementación de un sistema completo de educación y salud que cubriera «todas las aldeas, poblados y municipios del país, logrando que aumentara la población y, con ella, la esperanza de vida».
Se detiene en mencionar otro pilar, que es su política exterior. «China siempre ha promovido la coexistencia pacífica entre los países. Eso implica trabajar para establecer un nuevo orden internacional basado en nexos de igualdad, democracia, cooperación y paz. Así todos, sean grandes o pequeños, obtendrían beneficios recíprocos».

UNA SOLA NACIÓN
Para una nación geográficamente extensa, de tan grande población y, además, multiétnica (55), sostener la unidad monolítica como país ha sido un desafío colosal para el Partido Comunista, lo que, a la vez, ha desencadenado otros retos.
En condiciones tales, el profesor Chang coincide en que preservar la unidad nacional ha demandado grandes esfuerzos de la organización líder, y que, para conseguirlo exitosamente, ha implementado varias políticas.
Una de ellas, alega, es defender la solidaridad entre las diversas etnias, con base en la igualdad y la cooperación, a la par de ampliar la autonomía étnica regional y fomentar, desde el Gobierno central, la ayuda al desarrollo de estas regiones habitadas por grupos étnicos minoritarios.
Pero más que todo eso, insiste, ha sido una herramienta clave la extraordinaria capacidad del PCCh para revolucionarse en sí mismo y adaptarse rápidamente a los nuevos tiempos. Como ejemplo, destaca el proceso de reforma y apertura al exterior, que China inició en 1978, y que fue punto de partida para el robustecimiento de la economía nacional, su crecimiento exponencial y su reposicionamiento en el concierto internacional.
Pero esta capacidad de revolucionarse, aclara, no solo tiene una expresión más allá de las fronteras nacionales, sino que, como Partido de vanguardia, existe una correspondencia hacia lo interno de la organización, la cual propicia el examen periódico –crítico y autocrítico– de la ejemplaridad en la conducta de sus militantes y dirigentes, a fin de «preservar la rectitud, limpieza y vigor en la marcha en el camino socialista».

EN LO EJEMPLAR, EL LIDERAZGO
Al cabo de 105 años de fundado, de ellos 76 comandando toda la ruta de lo que ha sido la República Popular China, el PCCh ha consolidado un liderazgo sin precedentes, cuyas evidencias pueden reconocerse en la actualidad de un progreso galopante del país, tanto económico como social, acompañado de una autoridad política global que, de paso, anula la preconizada unipolaridad mundial que las potencias occidentales se adelantaron a acuñar como irreversible.
Xu Shicheng, académico del Instituto de América Latina, adscrito a la Academia de Ciencias Sociales de China, toma de muestra más elocuente el último periodo trascurrido desde 2012, cuando, con el XVIII Congreso del PCCh y la elección de Xi Jinping como secretario general, el Partido pisó hondo el acelerador de las transformaciones para avanzar, más rápido y con resultados exponencialmente superiores, en el camino de lo que ha seguido llamándose el sueño chino de la revitalización.
En la insistencia de desarrollar el socialismo con características chinas, explica el profesor que se trazaron dos metas. La primera: construir una sociedad moderadamente acomodada. Prevista para ser cumplida en ocasión del centenario del PCCh, en 2021, la cual se declaró realizada.
La segunda: convertir a China en un país socialista próspero, fuerte, democrático, avanzado culturalmente, hermoso y armonioso. Concebida para ser cumplida en 2049, a cien años de la proclamación de la República Popular, lo que a la traducción literal parece básico, implica un grado superior de desarrollo en todos estos aspectos, comparado con los niveles actuales, que ya son en sí mismos altísimos estándares.
Este ritmo de desarrollo –que el pensamiento de Xi Jinping agrupa en cinco principales concepciones: innovación, coordinación, ecología, apertura y beneficio compartido– va estrechamente ligado a una autorrevolución dentro del Partido, reorientada a la disciplina militante, la ejemplaridad social y el férreo combate a la corrupción, de modo que los grandes saltos inmediatos de la nación hacia un progreso todavía mayor sigan siendo consecuencia del liderazgo, el prestigio y autoridad de la organización política.
Las estrategias para llevar sus propósitos a vías de hecho tienen nombre y apellidos: el XV Plan Quinquenal de Desarrollo fija todas las pautas de lo que ya está en curso; en tanto en política exterior cuatro iniciativas globales (Desarrollo, Seguridad, Civilización y Gobernanza) definen la apuesta china para la construcción de un nuevo orden internacional en el que cuente el llamado Sur Global y el horizonte sea dominado por palabras muy distintas: paz, desarrollo, cooperación y beneficios compartidos.
La China que es hoy, y a la que su pueblo y su Gobierno aspiran, es la que defiende y sigue construyendo su Partido Comunista.