
Una compra mínima de alimentos volvió a mostrar este sábado la ruina cotidiana que viven los cubanos: arroz, azúcar, pimiento, pan, puré de tomate, picadillo y un poco de pollo bastaron para que Sisi Aguilera calificara el total de «criminal» y «desorbitante» en un video difundido en Facebook.
La escena dice más que cualquier parte oficial. Lo que debería alcanzar para unos pocos días de comida terminó convertido en una cuenta imposible para la mayoría de las familias, atrapadas entre salarios destrozados y precios que no dejan de subir. En Cuba, comprar lo básico dejó de ser una rutina y pasó a ser una pelea diaria contra el hambre.
Aguilera lo explicó con claridad en su propio testimonio: cuando sube el dólar, suben los precios de los alimentos. Esa relación, ya visible en cada mercado informal, castiga sobre todo a quien cobra en pesos cubanos y depende de ingresos que se evaporan antes de llegar al final del mes.
El golpe se entiende mejor cuando se comparan las cifras. El dólar en el mercado informal ronda los 655 pesos cubanos, mientras el salario mínimo oficial se queda en 2.100 pesos al mes y el salario medio en 6.930 pesos, según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información. Con esos ingresos, la comida dejó de estar al alcance de la mayoría.
Los precios que circulan en la calle confirman el colapso. Un saco de arroz puede llegar a 31.800 pesos, los frijoles se venden a 8.000 pesos los cinco kilos, el aceite subió de 1.150 a 1.400 pesos en apenas 48 horas, la libra de picadillo ronda los 300 pesos y la de pollo llega a 500. Cada alza empuja a más cubanos fuera de la mesa y más cerca de la escasez.
Un estudio de Horizonte Cubano publicado esta semana calculó que un cubano necesita 96.060 pesos al mes para cubrir lo básico. El salario medio no alcanza ni para una décima parte de esa suma. La cuenta es brutal y deja al desnudo una verdad que el régimen intenta maquillar: trabajar en Cuba ya no garantiza comer.
El hambre ya está instalada en los hogares. El informe En Cuba hay hambre 2025, presentado el 4 de mayo, señaló que el 33,9 % de las familias pasó hambre recientemente, que el 94,9 % perdió acceso a la compra de alimentos en algún momento del año y que el 79,4 % destina el 80 % o más de sus ingresos a comida. Solo el 1,2 % consideró completa la variedad de alimentos en los mercados estatales.
En ese escenario, la libreta de abastecimiento quedó reducida a una promesa cada vez más vacía. La mayor parte de las familias depende de un mercado informal dolarizado que devora los salarios y exhibe el fracaso del régimen para asegurar algo tan elemental como el plato de comida.
La frase final de Aguilera resume la tragedia con una precisión que el discurso oficial nunca alcanza: «Miren el precio, miren el total». En Cuba, mirar la cuenta es mirar de frente una crisis alimentaria que el poder no resuelve y que golpea, una vez más, a la gente común.



