
Foto: Foto tomada del libro Memorias del Programa de Formación de Jóvenes Chinos en Cuba
BEIJING, China.–Neurólogo en un hospital de la provincia de Hunan, Weng Heng no ha necesitado hablar con frecuencia el español que aprendió hace 15 años en Cuba. Sin embargo, dice que, si hoy es doctor, y si ha ayudado a curar a miles de personas, se debe a que se formó como médico allí.
«He sido invitado a recordar esos años, y mi corazón late fuerte de emoción. Cuba es mi segunda patria», dice en un español que no ha olvidado.
Llegó a la Mayor de las Antillas en 2006, y salió de ella hablando el idioma, graduado de médico y especializado en enfermedades cerebrovasculares. Era el suyo el primer grupo de los que estuvieron llegando a la Isla por diez años, luego de que, por idea de Fidel, se instituyera el Programa de Formación de Jóvenes Chinos en Cuba.

***
Amalia Lu Lu vino en el quinto curso, y también prefiere saludar en el español que aprendió en el archipiélago. «Desde entonces hemos crecido mucho, ampliamos las competencias, y hoy somos fuerza motriz y pilar en nuestros puestos de trabajo».
Labora en una empresa de tecnologías informáticas, y aun cuando su país está entre los líderes mundiales en el ramo, reconoce que su aporte no habría sido posible sin la sólida base de la educación cubana, sin la experiencia de recibirla allí.
«Me han llegado mensajes muy entusiastas de los que fueron estudiantes en Cuba y hoy trabajan en diferentes ciudades de China. Compartimos la misma emoción y nostalgia. Los años que pasamos juntos nos han unido en una conexión especial y natural, más cercana que cualquier otra amistad».
De allá salió en 2014, pero volvió en 2018 para un posgrado. Sentencia que su recuerdo es cálido, y firme el compromiso con la Isla.

***
Como Lu Lu, varios de los que fueron al programa fundacional volvieron luego para superarse. Lo sabe bien Pang Lei, por cuyas manos pasaron los pasaportes de los que viajaron entre 2017 y 2019.
«Para entonces trabajaba en el Consejo Nacional de Becas, del Ministerio de Educación de China, y participaba en la tramitación de sus papeles. Fue una hermosa experiencia, resultado directo de mi formación en Cuba». Había llegado allá como estudiante, y tanto se implicó en la organización de aquel programa, que entre 2009 y 2010 fue su coordinador en Tarará, la villa del este de La Habana que acogió a la mayor parte de los educandos.
«Me conmueve saber cómo, al cabo de 16 años, los que se formaron bajo aquella iniciativa lograron con éxito sus expectativas. Nada hay más valioso para un becario que regresar a su país y contribuir a su desarrollo con los conocimientos adquiridos lejos de él».

DE LOS HECHOS A LA IDEA
«Esta hermosa historia comenzó en 1963, con el arribo a China de los primeros 17 becarios cubanos que cursaron estudios de idioma chino. Apenas un año después, en el verano de 1964, Cuba abrió sus puertas a 108 jóvenes chinos que iniciaron estudios de español».
Así lo refirió el embajador en el gigante asiático, Alberto Blanco, al definir los precedentes históricos del Programa de Formación de Jóvenes Chinos en Cuba, que tuvo lugar entre 2006 y 2016.
«Gracias a ese programa, 3 497 jóvenes chinos, procedentes de 29 provincias, concluyeron en Cuba los cursos intensivos y de perfeccionamiento de Idioma Español. De ellos, 1 671 continuaron estudios universitarios y obtuvieron títulos en Enfermería, Pedagogía, Humanidades, Pedagogía-Psicología, Turismo y Medicina», detalló.
Sus palabras dieron la bienvenida a un grupo de graduados de ambos países, invitados a la sede diplomática aquí, para conversar y evocar la experiencia que celebra este año el aniversario 20 de su inicio, a la par de honrar a su creador y gestor mayor, en el centenario de su natalicio: el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
«Fidel comprendió que la educación constituye una de las formas más profundas de cooperación entre las naciones y un instrumento insustituible para acercar a los pueblos y construir un futuro compartido», exaltó Blanco Silva.
Subrayó, también, cómo el Programa se alineó con el objetivo de la política social del Gobierno de la República Popular, enfocada en reducir la brecha de desarrollo entre la franja este y el resto del país, al ofrecer oportunidades de formación a jóvenes provenientes, en lo fundamental, del centro y el oeste de China.
Presente en el conversatorio, el secretario general del Consejo Nacional de Becas, del Ministerio de Educación de China, Hu Wei, recordó que, así como Cuba fue el primer país del hemisferio occidental en establecer relaciones diplomáticas con la nueva China, también fue el primer país latinoamericano en acoger a estudiantes.
Mencionó que, en correspondencia, el programa de becas del Gobierno de China ha financiado a más de mil cubanos para estudiar en el gigante asiático, y últimamente ha ofrecido 200 plazas por año a la Isla.

«Los jóvenes de ambos países han cruzado montañas y mares para emprender estudios en tierras lejanas, haciendo del aprendizaje un puente y del corazón un vínculo de entendimiento. Han escrito así conmovedoras páginas de fraternidad y conocimiento mutuo entre los dos pueblos, convirtiéndose en fieles testigos y activos constructores de la comunidad de destino compartido entre China y Cuba», valoró.
Luego de calificar la experiencia 2006-2016 como «un programa bandera de becas de carácter intergubernamental», dio a conocer que exploran nuevos horizontes en educación en inteligencia artificial, reforzarán la cooperación en formación profesional, tenderán más puentes de hermandad a través de la lengua y la cultura, y propiciarán que más jóvenes participen en intercambios recíprocos.
«Cuando la educación nos une, los corazones de los pueblos se acercan; cuando los jóvenes se conocen, el futuro se llena de esperanza», compartió.
GRATITUD RECÍPROCA
Alberto Blanco, el embajador, no solo habló en calidad de anfitrión. Sus emociones contaron entre las de los cubanos que dieron testimonio de su formación en «la única e indivisible China».
Su experiencia repasó el privilegio de haber conocido tanto a «la generación que cantó La linda Habana, que participó en las manifestaciones de apoyo a la naciente Revolución, que consumió el azúcar prieta que exportó Cuba, y a los primeros estudiantes chinos que fueron a nuestro país a estudiar español», como a esa nueva generación que se formó allá. En todos descubrió «cuánto cariño, afecto y solidaridad sienten por una pequeña, distante y a la vez cercana nación que los acogió como a sus propios hijos».
Sentimientos similares expresó Zulaine Guerra, joven del sector biofarmacéutico, quien valoró la oportunidad de crecer profesionalmente aquí y ayudar, con las competencias adquiridas, a robustecer este puente para la cooperación y la amistad.

Agradecido se mostró también Mario Alzugaray, quien confesó haber llegado sin saber decir «ni hao» (hola, en chino), pero ya a los cuatro meses podía leer el primer cartel en el Metro de Beijing. Hoy es segundo jefe de la misión diplomática.

En Rubén Barroso, del sector eléctrico, era visible su felicidad por la reciente graduación que, alegó, no le pertenece solo a él, también a los amigos y profesores que fueron la familia que hizo aquí. «Ahora toca aportar y hacer por mi país».

CADA QUIEN UNA HISTORIA
Weng Heng, el médico que hace 15 años no ha tenido que usar mucho el español aprendido en Cuba, lo habla automáticamente cuando se hace rodear de cubanos. Tanto es así que, a la petición de que escribiera su nombre, anotó el que usaba allá: Romeo.

Sin embargo, la timidez se le nota a la distancia. Va uniendo las palabras poco a poco, pero es claro en definir las tres cosas que le son más importante: el país, la carrera y la familia
Desde el estudiante de español hasta el neurólogo graduado, no ha dejado de crecer en su carrera; del país, dijo tener dos patrias: China y Cuba; de la familia… bueno. La sala estalla en una risa cómplice. «Mi esposa hace 15 años se llama Laura, los saluda a todos, es enfermera cubana».
Cada graduado es una historia. Cada historia con su propio corazón.

