EN USB: Leviticus
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EN USB: Leviticus

Más allá de la funcionalidad de la historia de Leviticus, llama la atención la poderosa metáfora que la sostiene. 

Las terapias de conversión continúan siendo una realidad en numerosos países, pese a los avances alcanzados en materia de derechos de las comunidades LGBTIQ. La evidencia científica parece no convencer a quienes todavía creen posible modificar la orientación sexual de un ser humano, sin detenerse a pensar en el trauma que supone obligarlo a negar su propia naturaleza. Amparadas muchas veces en una determinada idea del amor, esas prácticas terminan produciendo justamente lo contrario: sufrimiento, culpa y una profunda negación de la libertad individual. Porque cuando el amor pretende corregir aquello que somos, puede convertirse también en una forma de violencia. 

Leviticus habla de eso mediante claras referencias bíblicas y lo hace con una apuesta diáfana, de valores estéticos precisos, una caligrafía sencilla sin llegar a ser simple. 

La fotografía, la atmósfera y la banda sonora participan de una construcción en la que cada elemento parece colocado para alimentar una inquietud que va más allá del sobresalto. Incluso el título remite al libro bíblico utilizado históricamente para condenar la homosexualidad. De ahí que el monstruo de la película termine siendo menos importante que aquello que lo provoca: el intento de expulsar de una persona una parte esencial de sí misma. 

Más allá de que algunas de las peripecias puedan resultar más o menos verosímiles, todo parece dispuesto en función de una idea inequívoca: el rechazo a las terapias de conversión y a cualquier procedimiento, religioso o pseudorreligioso que atente contra la dignidad del ser humano. 

El director Adrian Chiarella no necesita convertir su película en un discurso para establecer esa posición. Le basta con llevar la violencia de la represión al territorio del horror y mostrar cómo aquello que se intenta contener puede terminar adquiriendo una dimensión monstruosa. El miedo, así, no proviene solamente de lo sobrenatural, sino de una violencia perfectamente reconocible. 

Estamos ante una película bien contada, que no se regodea demasiado en el horror visual y prefiere explorar una dimensión psicológica. Y ahí encuentra su mayor fuerza: en hacer que el monstruo sea también una consecuencia de la intolerancia. Por eso el final, lejos de clausurar el relato en la oscuridad, abre una posibilidad. Después de la culpa, la represión y el miedo, queda la esperanza de recuperar lo que ninguna doctrina debería intentar arrebatarle a un ser humano: la libertad de ser.

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