El «Tigre» de Trump entierra la historia y abraza el guion del imperio
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El «Tigre» de Trump entierra la historia y abraza el guion del imperio

Nada más alejado de la historia que un hombre que la desprecia. Abelardo de la Espriella Otero, el ultraderechista que tomará posesión como presidente de Colombia el próximo 7 de agosto, ha anunciado que cerrará 14 embajadas y romperá relaciones diplomáticas con Cuba y Nicaragua.

La excusa oficial: ahorrar dinero y no mantener «vínculo alguno con tiranías». La realidad es que resulta un acto de subordinación a la política de agresión de Estados Unidos impulsada por Trump, tal como lo ha calificado la Cancillería cubana.

Y es que De la Espriella no llega al poder por casualidad. Llega apadrinado por Donald Trump, quien lo ha respaldado abiertamente y predice que será «un gran presidente». Llega como parte de una ola de derecha que barre América Latina —Bolivia, Chile, Honduras, y ahora Colombia— en un giro que Trump no oculta su intención de liderar. Llega, en fin, para enterrar años de relaciones construidas sobre la base de la hermandad y la cooperación, y para demostrar que, en la geopolítica del siglo XXI, la soberanía se negocia al mejor postor.

Abelardo de la Espriella es un abogado de 47 años, admirador confeso de Trump y donante del Partido Republicano. Hizo fortuna defendiendo clientes tan «reputables» como David Murcia Guzmán, protagonista de la mayor estafa piramidal de Colombia. Su movimiento, Defensores de la Patria, nació en julio de 2025 con un único objetivo: impedir la continuidad de la izquierda en el poder. Y lo logró, aunque por un margen de apenas un punto porcentual.

Pero lo que hace aún más grotesca su decisión es que el propio De la Espriella tuvo, hace veinte años, participación en los diálogos de paz entre el gobierno de Álvaro Uribe y las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) a través de la Fundación Iniciativas por la Paz. Es decir, conoce de primera mano el valor de las negociaciones y el papel que los facilitadores pueden jugar. Sin embargo, ahora se permite calificar a Cuba de «tiranía» y cerrar la puerta a décadas de cooperación.

Durante cuatro años, La Habana fue la sede de las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP, que culminaron en la firma del Acuerdo Final en 2016. Cuba fue garante y facilitadora, y el proceso permitió silenciar los fusiles de la guerrilla más antigua de América Latina. También fue sede de los diálogos con el Ejército de Liberación Nacional (ELN). El presidente saliente Gustavo Petro reconoció explícitamente esa colaboración, y en junio de 2026, Colombia envió a Cuba un barco con ayuda humanitaria en medio del cerco energético estadounidense.

Esa historia, sin embargo, no cabe en la narrativa del «Tigre». Para él, las relaciones internacionales no son un espacio de cooperación, sino un tablero ideológico donde solo importa alinearse con Washington y castigar a quienes no se pliegan. Como ha señalado Yann Basset, profesor de la Universidad del Rosario, se trata de «manejar las relaciones internacionales en función de consideraciones ideológicas, reforzándolas con gobiernos que se perciben como aliados a su proyecto político y tomando distancia con países de izquierda».

La decisión de De la Espriella no es un caso aislado. Se inscribe en una tendencia más amplia de gobiernos conservadores que, bajo presión de Washington, se van sumando al aislamiento de Cuba.

En marzo de 2026, Ecuador rompió relaciones con La Habana. Argentina enfrió sus lazos. Colombia ahora se suma al carro. Como señala un análisis de la agencia AP, «Colombia se suma a los países latinoamericanos con gobiernos conservadores que comenzaron a tomar distancia de Cuba a medida que Estados Unidos impuso un cerco energético contra la isla».

El silencio de la región ante esta escalada es elocuente. Mientras Trump y su secretario de Estado Marco Rubio diseñan un cerco total contra Cuba, los gobiernos latinoamericanos miran hacia otro lado, incapaces o no dispuestos a alzar la voz contra lo que la ONU ha calificado como violación del derecho internacional. La solidaridad que antaño caracterizó a la región se ha diluido en el pragmatismo de quien prefiere no enfadar al poderoso vecino del norte.

De la Espriella puede anunciar el cierre de embajadas y declarar que no tendrá vínculos con «tiranías», pero la historia no se borra con un tuit. La historia de hermandad entre Cuba y Colombia, que se remonta a las luchas independentistas del siglo XIX —cuando colombianos como el general José Rogelio Castillo se sumaron a la gesta emancipadora de la Isla— es más fuerte que las bravuconadas de un político ultraderechista.

Como bien ha recordado la Cancillería cubana, «la hermandad de ambos pueblos y naciones se impondrá a todo intento por afectarla».

Cuba, por su parte, ha sido clara: honrará sus compromisos con los estudiantes colombianos que estudian Medicina en nuestro país, como parte de los Acuerdos de Paz firmados en La Habana en 2016. Y confía en que la decisión de De la Espriella «no representa el sentir del hermano pueblo colombiano».

El problema, claro, no es el pueblo colombiano, sino un presidente electo que ha decidido que su brújula no apunta al sur, sino a Washington. Que ha convertido la soberanía en un cheque en blanco para el imperio. Y que, en su afán por complacer a Trump, está dispuesto a tirar por la borda décadas de relaciones construidas sobre la base del respeto y la cooperación.

Así que bienvenido, señor De la Espriella, al club de los que creen que la historia empieza con ellos. Pero tenga cuidado, ya que los que olvidan la historia, como bien sabemos en Cuba, están condenados a repetirla. Y la historia de América Latina está llena de gobiernos que abrazaron al imperio y terminaron devorados por él. (Ilustración tomada de: El Nuevo Diario/Edición web: Miguel Márquez Díaz)


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