El Día Internacional para la Prevención de la Explotación del Medio Ambiente en la Guerra y los Conflictos Armados, que se conmemora cada 6 de noviembre, recuerda que la degradación ambiental no es un daño colateral, sino muchas veces un objetivo estratégico.
La relación entre conflicto armado y devastación ambiental no es una metáfora. Según Naciones Unidas, la falta de acceso a recursos naturales ha sido un factor determinante en más del 40 % de las guerras de los últimos 60 años. El control del agua, los minerales, la tierra fértil o el petróleo no solo financia ejércitos; también dinamita ecosistemas enteros. La naturaleza se ha convertido, así, en botín de guerra y en munición.
El caso de la Franja de Gaza es, quizá, el más sobrecogedor. Desde 2023, los ataques israelíes han provocado una devastación ambiental sin precedentes. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) reporta que se ha perdido el 97 % de los cultivos arbóreos y el 82 % de los cultivos anuales.
Más de 39 millones de toneladas de escombros se acumulan en el territorio, y hasta el 80 % de las tierras agrícolas ha desaparecido. El agua es, en más del 90 %, no apta para el consumo humano, y las aguas residuales se vierten sin tratar al mar. El resultado es un ecosistema colapsado: suelos contaminados por explosivos y metales pesados, acuíferos envenenados y un sistema de saneamiento destruido. La recuperación, advierten los expertos, podría tardar generaciones.
En Sudán, la guerra civil ha reducido el histórico Bosque Sunut, un oasis en el corazón de Jartum, a un mar de tocones. Residentes desesperados talaron sus acacias para conseguir leña. Pero la devastación va más allá: charcos de aguas residuales se fermentan bajo el sol, restos humanos se descomponen en el Nilo –la principal fuente de agua potable– y los combates han dejado un legado tóxico que amenaza con enfermar y matar durante años, mucho después de que dejen de silbar las balas.
La crisis ambiental sudanesa es una instantánea de lo que ocurre cuando el tejido social se desgarra: la naturaleza queda sin guardianes y se convierte en víctima y refugio de los desesperados.
La invitación a «conectar con la naturaleza» suena casi irónica en Gaza, en Sudán o en el este del Congo. La verdadera conexión que urge reconocer es la que une la paz con la salud del planeta. No habrá transición ecológica posible mientras los ecosistemas sean campos de batalla y los recursos naturales, el botín que alimenta la maquinaria de la guerra. La primera baja de cualquier conflicto armado es, siempre, el medio ambiente. Y su recuperación, como la de las sociedades que lo habitan, exige no solo plantar árboles, sino desactivar bombas.


