Primera parte de la entrevista en: https://cubasi.cu/noticia/dreke-un-comandante-de-la-historia-i
Tras su llegada a Las Villas, el Guerrillero Heroico desplegó con creces la labor unitaria que le había encomendado Fidel. Fruto de esas negociaciones fue la firma del Pacto del Pedrero, el 1 de diciembre, entre el M–26–7 y DR–13–M. Sin embargo, el máximo líder revolucionario mostraría en una comunicación al Che, firmada el 26 de diciembre, su escepticismo respecto al acuerdo: “Considero que estás cometiendo un grave error político al compartir tu autoridad, tu prestigio y tu fuerza con el Directorio Revolucionario”. En la práctica, el pacto contribuyó a la unificación de los esfuerzos bélicos, pues no solo fue suscrito por el Movimiento y el Directorio, sino que a él se sumó la mayoría de las fuerzas antibatistianas radicadas en Las Villas. No obstante, antes de la firma de El Pedrero, Chomón y el jefe de la columna invasora ya habían planificado acciones militares conjuntas, como el combate en noviembre a Caracusey, un cuartel de mampostería y tejas, cercado con alambres de púas, que se hallaba al sur del Escambray.
Fue el primer ataque coordinado entre ambas organizaciones. De mis heridas en Placetas solo quedaban rasguños, así que pude participar. Por el M–26–7 lo dirigió el entonces capitán Ángel Frías, mientras que los combatientes del DR–13–M iban comandados por Cubela. La primera acción prevista era disparar con una bazuca, pero el lanzamiento falló. Entre tanto, el DR–13–M había colocado una emboscada en la carretera que va desde Trinidad hasta Caracusey, mas no se lograron contener los refuerzos enviados por el enemigo desde Trinidad.
Yo estaba combatiendo justo al lado del cuartel. Entramos bajo la lluvia de tiros hasta la caballeriza. Ahí conocí a El Vaquerito y a Leonardo Tamayo. Este último se convertiría en uno de los sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia. Unos con brazalete del M–26–7 y otros con brazalete del DR–13–M intentábamos rendir la guarnición. Sin embargo, los soldados batistianos no claudicaron; se batieron fuerte. Pensaban que si se rendían los íbamos a matar, cuando esa práctica nunca ocurrió. Al contrario, muchas veces, si no habían cometido crímenes de guerra, los prisioneros eran soltados y a los oficiales se les respetaba su arma corta. Cuando regresaban al cuartel más cercano, sus colegas podían conocer la verdad: los rebeldes no maltrataban a los prisioneros. Eso generaba el resquebrajamiento de la moral del ejército de la tiranía.
Cuando sentimos que se aproximaban los refuerzos batistianos que la emboscada en la carretera no había logrado detener, se dio la orden de retirada. Ramón González Coro, Mongo, un revolucionario valeroso, padecía de cólicos muy fuertes. En ese momento le dio una crisis. Se le salían las lágrimas por el dolor. Teníamos que caminar demasiado y no había caballos para moverlo. Un grupo de sus compañeros del DR–13–M nos quedaríamos con él para, desde una esquina del cuartel, irnos acercando poco a poco a las montañas más próximas. Un rebelde, al ver lo que sucedía, nos sugirió que nos pusiéramos a salvo: “¡Váyanse, yo me quedo con él!”. Respondimos que no, que no los dejaríamos solos. El combatiente, en vez de retirarse junto al grueso de la tropa, decidió correr la misma suerte de quienes permaneceríamos con Mongo. No era del Directorio; era uno de los invasores llegados con el Che.
Con el apoyo de quienes permanecieron junto a él, Mongo pudo ponerse a salvo tras el ataque a Caracusey. Pero caería pocos días después en Santa Clara, durante el rescate de El Magnífico, en una de las acciones más sensacionales ejecutadas por los rebeldes a fines de la guerra. El Magnífico era el apodo por el que sus amigos conocían a Joaquín Milanés, joven intrépido que en junio había tomado parte en el fallido atentado a Santiago Rey Pernas, entonces ministro de Gobernación. Joaquín Milanés fue detenido, al parecer fortuitamente, por portar armas sin autorización legal. Luego las autoridades batistianas supieron su vinculación con la resistencia antibatistiana.
El 17 de diciembre, el capitán Mongo González Coro dirigió un pequeño grupo que se infiltró en la capital de Las villas con el propósito de rescatar a El Magnífico. Dreke formaba parte de ese comando. Santa Clara estaba infectada de batistianos, pues, ante el avance del Ejército Rebelde, la soldadesca de los cuarteles de alrededor se había concentrado en la ciudad. En un artículo publicado en 2024 por la revista Temas, la investigadora Lisa Brock escribió:
“Dreke permaneció en el auto con la ametralladora sobre las piernas. Sentado allí vio unos pequeños grupos de civiles fuertemente armados, sentados en automóviles. Se dio cuenta de que eran miembros de Los Tigres de Masferrer, un escuadrón de la muerte bien conocido”.
El hermano de uno de los revolucionarios estaba en la ciudad y nos alertó. Nuestro compañero ya no permanecía en la cárcel, sino en el edificio de la Audiencia, donde lo juzgaban. Mongo ordenó: “¡donde esté, nos lo llevamos!”. Parece que la banda de Masferrer lo iba a asesinar cuando saliera. ¿Por qué afirmamos eso? Porque le dieron la libertad, lo soltaron… ¿Para qué liberarían si no a alguien con un expediente como el de Joaquín Milanés? La operación demoró unas cuatros horas: desde las 8:00 am hasta el mediodía. Yo llevaba una Thompson, Mongo portaba un subfusil M3 y teníamos algunas pistolas. Íbamos vestidos de paisano. Parecíamos unos esbirros como los demás.
Mongo y otro miembro del comando entraron al edificio. Mi misión era cubrirlos cuando salieran con El Magnífico, para que lograran llegar hasta el carro. Cuando El Magnífico los vio, se percató de la operación, se le tiró encima a uno de sus guardianes y lo desarmó. Se formó el tiroteo. Empecé a disparar contra la Audiencia para impedir que más policías pudieran salir del inmueble a la calle y entrar en acción. Justo al lado del carro, cuando iba entrar en él, una bala alcanzó a Mongo. El herido miró hacia Joaquín y alcanzó a decir: “me han matado, pero ya estás aquí”. Montamos a Ramón en el carro. Nos retiramos en busca de un médico, pero, cuando encontramos uno, ya afuera de la ciudad, era en vano. Mongo había muerto.
Dos semanas después, a Dreke lo sorprendió la huida de Batista en la batalla de Santa Clara. Era uno de los hombres del DR–13–M que participaba en esa operación, cuyo principal jefe era el Che. Los últimos minutos de la guerra los pasó combatiendo frente al escuadrón 31 de la Guardia Rural, hasta que la tropa acantonada se rindió. Dreke no viajó en la caravana del Che hacia La Habana. En vez de eso, prefirió regresar a Sagua la Grande y ver a su mamá, a solo unos 50 kilómetros de donde se encontraba. No tenía intenciones de continuar la vida militar. Con 21 años, era de los guerrilleros que pensaban que la revolución solo equivalía a la derrota del régimen.
Si yo empiezo a decir que quería hacer una revolución como la que hizo Fidel Castro soy un mentiroso. Yo estaba listo para fajarme con Batista y con los americanos, de ser necesario, pero no entendía la revolución como la entendí después. Fidel era Fidel, y no se le puede comparar con nadie. Raúl, Almeida, Guillermo… son compañeros que no tienen comparación. Yo hice lo poquito que me tocó. Algunos creen que fue mucho. Para mí no fue mucho; pude haber hecho más.
En 1959 Dreke asumió responsabilidades, en Sagua la Grande, en los juicios revolucionarios, uno de los procesos más polémicos que se desarrollaron tras la huida de Batista.
Fue una tarea pesada. Allí la tiranía había asesinado a compañeros tras la huelga del 9 de abril de 1958. Pero no hubo venganza, sino justicia. De no haberse organizado la justicia, el propio pueblo hubiera arrastrado por las calles a aquellos asesinos. Había que evitar eso.
Más tarde fue designado para unirse a las fuerzas tácticas de Pinar del Río, donde lo esperaban. Pero no llegó a la más occidental de las provincias porque, a petición de la gente del centro, el comandante Camilo Cienfuegos, jefe del Estado Mayor, lo nombró al frente del escuadrón 35 de Sagua la Grande, una estructura militar que agrupaba varias tenencias. Los oficiales de Pinar Río llamaron acusándolo de desertor.
Ni sabía qué significaba la palabra desertor, aunque sonaba ofensiva. Camilo me dijo que me quedara al frente de Sagua. En aquella época tú llegabas a un cuartel y te ponían al frente y por la noche te cambiaban para otro lugar. Eso era así. No podemos arreglarlo ahora después de 60 años. Hay que decir la verdad.
Allá en Sagua había un empresario de la fábrica de alcohol que maltrataba a los trabajadores y cuando yo era agitador no quería pagarles. Quiso hacerme igual en el año 1959. ¡Ah, tú te volviste loco! Pedí que lo trajeran al cuartel. “¿Estoy preso?”. No, usted no está preso, pero no se puede ir del cuartel hasta que mande a pagarles a los obreros. Nadie más se atrevió a no pagar a sus empleados. ¿Para fomentar huelgas de los trabajadores en Sagua? ¿Y qué hago yo después con esa huelga? Si yo era el huelguista contra Batista, ¿cómo tú me vas a organizar una huelga contra una revolución hecha por nosotros mismos? Un tiempo después el hombre se fue del país.
Los sucesos relacionados con la invasión contrarrevolucionaria de abril de 1961 sorprendieron al capitán Dreke en el territorio del recién fundado Ejército Central, al frente del cual se encontraba el comandante Juan Almeida. Estaba a punto, sin embargo, de partir con su chofer, de apellido Miranda, hacia Oriente, pues había solicitado unirse a las tropas del Caney de las Mercedes.
Había mucho ajetreo y todo el mundo daba una versión distinta. Decían que habían desembarcado los yanquis. Le dije a Miranda: “ya no nos vamos para Oriente, nos vamos para Girón”. Arrancamos para allá. Pasamos por el puesto de mando de Almeida, donde estaban René de los Santos y Raúl Menéndez Tomassevich, y seguimos avanzando. Cerca de un campo de caña, unos paracaidistas intentaban cerrar la carretera. Hubo un tiroteo. Fusil en mano, Miranda, unos milicianos que estaban en la zona y yo los hicimos retroceder. Tomasevich, uno de los principales oficiales del Estado Mayor del Ejército Central, me manda a decir que me quede ahí, al frente.
Mucha gente fue a Girón por la libre. Los combatientes dispersos en el área donde yo estaba se me subordinaron sin dificultad. ¿Cómo no se van a subordinar a un capitán, conocido en la provincia? Además, cuando tú dices “vamos” y sales adelante, la gente te sigue. Tú lo que no puedes es decir “vamos” y quedarte atrás.
El 19 de abril me hirieron con cuatro tiros. Iba avanzando, como infantería, al lado de unos tanques dirigidos por Víctor Bordón y Emilio Aragonés. El Comandante en Jefe había orientado que las esteras de los tanques tenían que estar pisando las aguas de Girón antes de las 6:00 pm. Miro la hora y pienso que voy a llegar tarde. Me adelanté a los tanques en un jeep. “La tropa va a llegar a Girón con los tanques; yo soy mi propio tanque”, pensé.
Caímos en un aguacero de tiros. Me dan un tiro en la pierna. Levanto el fusil y me hieren en el brazo. Otro tiro me entra por la boina, por donde tenía las tres barritas de capitán. No sé dónde está esa boina; un día aparecerá. Miranda se lanza al piso y, en medio de esa avalancha de tiros, me saca de ahí. Yo era flaquito. El conocimiento no lo perdí. Me llevaron para una clínica en Santa Clara. La herida más grande fue la de la espalda, un hueco. La última esquila me la sacó de la espalda mi esposa, en los años 2000, cuando estaba de embajador. Cuando llegué a Santa Clara, me querían operar porque pensaban que tenía una esquila que me había llegado al riñón, hasta que me mandan a desvestir para repetirme la placa y del calzoncillo se cae la esquila al piso. No había penetrado. Yo me vengué: me fui del hospital.
Dreke ascendería a comandante un año y medio después de la victoria de Girón, cuando tomó lugar en otro convulso episodio de la historia de Cuba: la Crisis de los Misiles. En esa época, octubre de 1962, se encontraba al frente de una unidad de Lucha Contra Bandidos en Rodas, Cartagena, hoy provincia de Cienfuegos. Tenía la misión de dirigir el combate en esa zona y, si los yanquis lograban desembarcar, replegarse hasta el Escambray para continuar la lucha en las montañas.
Sus bríos revolucionarios lo llevarían a nuevas misiones en 1965, a más de 10 mil kilómetros del país. Así, con 28 años figuró como lugarteniente del Che durante la incursión cubana en la República Democrática del Congo. Cuando en la Mayor de las Antillas se fundaba el Comité Central del nuevo Partido Comunista, Tatu y Moya, nombres en clave de ambos combatientes, impulsaban una insurrección en el corazón de África.
Yo estaba en un campamento a 2 000 metros sobre el nivel del mar y él estaba abajo, al lado del lago Tanganica, esperando a que llegaran unos compañeros que venían, para que no tuvieran que subir. Me llamó por teléfono y me soltó: “Tú eres mi jefe ahora”. Yo no puedo ser su jefe, ni aquí, ni allá ni en ningún lugar, le contesté. “Bueno, te felicito. Fuiste nombrado miembro del Comité Central”.
Tras el fracaso del Congo, Víctor continuó durante más de 20 años en las Fuerzas Armadas cubanas. Fue el jefe fundador del Ejército Juvenil del Trabajo en Oriente y llegó a ejercer la jefatura nacional de Logística de ese cuerpo.
Me jubilé en 1990 como coronel. Había venido de ser jefe de preparación de las tropas, ya en el poder, de Guinea Bissau. En realidad, en África estuve varias veces: como guerrillero, como instructor militar, como jefe de la empresa UNECA y, en los primeros años de este siglo, como embajador en Guinea Ecuatorial.
— Comandante, ¿qué se siente haber transitado por todas las etapas de la Revolución, desde su época de guerrillero, hasta hoy?
— Se sienten muchas cosas. Se siente felicidad por haber aportado tu granito de arena. Pero también uno se siente triste por los compañeros que han muerto en el camino.

