
Diario de Cuba
Lunes 20 de julio de 2026
Ayudo a Tamara en su proyecto de vender los muebles, los cuadros de autores desconocidos y los restos de un Lada 1500. Es lo único que le queda a ella, sus padres y hermana. Y unos 50 MLC en una maltratada tarjeta de débito emitida por el Banco Metropolitano. La familia de Tamara sobrevive en una imponente casona del Vedado, y en ocasiones se asemejan a los personajes de «Los sobrevivientes» y a veces a los de «Good bye Lenin».
Hemos llamado a Galerías Paseo, una de las pocas tiendas en MLC que quedan en La Habana, para cerciorarnos de que tienen electricidad y conectividad. La llamada se cortó justo cuando Tamara preguntaba si entre las ofertas a disposición de los usuarios había productos de aseo personal. Cuando llegamos a la tienda solo quedaba champú para niños y acondicionador para cabellos grasos.
Solo conozco a dos personas, además de Tamara, que insisten en comprar en las poco surtidas tiendas de MLC. Ya están pasadas de moda. Apenas sobreviven con la venta de carísimos aparatos electrodomésticos, o cuando periódicamente las abastecen de cigarros, agua o papel sanitario. Las que tienen de todo son la que venden exclusivamente en dólares estadounidenses; algunas de ellas, dicen, son particulares.
Pero el padre de Tamara no sabe de este detalle. Tampoco la madre. Les ocultan la realidad desde hace años, cuando casi al unísono debutaron con demencia senil. A uno le dicen que están vendiendo el Lada para arreglar la casa. Al otro que están vendiendo los muebles y los cuadros para reparar el Lada.
Tamara y su hermana lo venden todo para comprar alimentos y aseo personal.
Martes 21 de julio de 2026
Luego de casi quince días sin acarrear agua potable —los apagones en Los Sitios concurren justamente en el horario y los días que entra el agua—, decido darme el lujo de lavar como dios manda. Música de fondo, lavadora en automático y pensamiento enfocado en que debo buscarme una nueva pareja. Esto último es toda una hazaña para un opositor y periodista independiente. Por regla general, las candidatas a novia suelen correr en dirección contraria cuando les digo sobre mi profesión y posición política.
El apagón me sorprende en el momento exacto en que la lavadora estaba en modo enjuague y yo calculaba cuántos meses habían transcurrido desde mi ruptura con L.
Mi estado de ánimo se nubla. Previendo el guiño de un episodio depresivo, escribo un mensaje a D. para confirmar nuestra cita agendada de cada mes, que casi siempre converge en cuestionarnos nuestra tendencia a la soltería mientras sus dos hijas conspiran y nos interrumpen, a posta, con preguntas que supongo deben ensayar durante semanas.
La madrugada me agarra. No me gusta quedarme en casa de D. si las niñas están. Es una regla que no admite objeciones. Así que aventuro mis pasos hacia la oscuridad que impone el apagón a media Habana, a riesgo de los frecuentes asaltos. Logro llegar a un espacio medianamente iluminado que resulta ser una sucursal de Banco Metropolitano. Son apenas las cuatro de la madrugada y cinco ancianos, todos sobrepasan los 70 años, debaten sobre la falta de efectivo en los cajeros automáticos y del pésimo servicio por parte de las cajeras de la entidad bancaria.
La depresión me vuelve a hacer un guiño solo de imaginar que luego de 70 años, a mi soltería se agregue el acto de levantarme a las cuatro de la mañana para sacar efectivo de un cajero automático.
Miércoles 22 de julio de 2026
Regresaron los apagones largos. Los que duran más de 48 horas consecutivas. En consecuencia, se echan a perder los alimentos, cocinados o no, pues además los calores no perdonan.
Hoy hubo discusión en el mercadillo entre dos señoras. Todas querían los paquetes de pollo más chiquitos, y no por los precios, sino porque nadie quiere cocinar mucho ni acumular alimentos. Es imperativo comprar las porciones justas; lo que vas a comer y punto.
A mí el calor me corta el apetito. Cuando termino de cocinar ya no quiero comer. Así que hice un pacto con la vecina que también vive sola: yo compro la comida, ella cocina, comemos los dos y así no tenemos que botar nada en caso de apagones largos.
La solidaridad se ha convertido en algo crucial en las barriadas habaneras. Se puede decir que es la virtud que marca la diferencia en estos tiempos cuando pones todo en la balanza. Las familias con niños pequeños, o con ancianos enfermos, son prioridad en el acarreo de agua potable, o para guardarles alimentos en la nevera del mercadillo de la esquina, que tiene planta eléctrica.
Con los apagones, todas las conversaciones se escuchan. Algo de privacidad se pierde cuando una ciudad entera está sumida en oscuridad y silencio. El matrimonio del solar del fondo, famoso por hacer el amor en voz alta, nos sorprendió a todos con el giro de su conversación. Nada de gemidos ni cuchicheos. Él dijo cuánta falta hace que los americanos invadan ya. Ella alegó que si fuese mañana mismo se los agradecería con el alma. Luego hubo silencio la madrugada entera.
Jueves 23 de julio de 2026
Eran cuatro. Ninguno sobrepasaba los 11 años de edad. Llevaban horas recostados uno encima del otro, en los bajos del hotel Habana Libre, por la avenida 23. Sus historias personales son el relato que delata cómo, casi siete décadas más tarde, la revolución fue devorada por las mismas miserias que dijo derrocar.
El hambre de los cuatro niños, en la penumbra de las escaleras, contrasta con el menú variado que se sirve en media docena de mesas del salón iluminado del restaurante. El mismo contraste de una ciudad entera a oscuras, incluyendo el cine Yara y la heladería Coppelia, mientras el hotel parece acaparar toda la luz del país.
Doscientos pesos para cada uno no les cambiará la suerte, ni les aplacará el hambre que no exageran porque es visible en sus rostros. Esperaban, quizá, mucho más de los comensales del restaurante. Una patrulla policial los desaloja del rincón donde se apretujan, sin preguntarles siquiera el motivo por el cual están allí. Tendrán que caminar hasta la barriada de Colón, donde me dicen que residen. Es una larga caminata si tienes diez años de edad y el hambre de todo un día; quizás más.
Los cuatro niños no son familia, sino vecinos. Cuatro historias de pobreza pura y dura, sin filtros. De las que arden cuando te las cuentan. De las que duelen cuando las vives.
Ajenos al miedo, se pierden entre la oscuridad de la calle San Lázaro. Rezo por ellos y por mí, porque la violencia de las calles no se cruce en nuestra caminata de regreso a casa.
Viernes 24 de julio de 2026
«Mira como suda, es el último que me queda». Después de casi tres días de apagón, un vaso de agua fría, a punto de escarcha, es la gloria. El vendedor exhibe en su mano derecha un pomo de agua congelada; en la izquierda un saco de yute que evidentemente pesa. El pregón es puro gancho.
«Que hijoeputa», murmura una señora mientras aparta a su interlocutora, se abalanza sobre el vendedor y le arrebata el pomo de la mano. Luego de pagarle, la señora desaparece de escena, sin apartar ni un segundo la mirada del pomo. El vendedor saca otro pomo del saco y grita nuevamente su pregón.
«Oye, ¿el agua está hervida?», pregunta a gritos otro posible cliente al vendedor.
Quien le responde es un anciano de unos 70 años que apura una carrera, algo veloz para su edad, en dirección al vendedor: «tú eres un comemierda».
Media docena de personas intuyen que el pregón es pura mentira. Que el saco de yute está repleto de pomos de agua congelada. Rodean al vendedor, abren el saco y ellos mismos se sirven de la mercancía. Luego pagan. Al igual que la primera señora, todos desaparecen de escena, ensimismados, con mirada incrédula ante lo que sostienen en sus manos.
Todo ha sucedido en apenas cinco minutos. El vendedor, ahora sí con el saco vacío debajo del brazo, cuenta el dinero. Al pasar por mi lado sonríe.
«Tenía que haberlos vendido más caros».
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