Hay cierto aire de inmolación en el boxeo. Si en algo coinciden casi todos es que es un universo forjado para pocos. Un espacio encarnizado en el que la entrega absoluta en cuerpo y alma te exige una pasión devoradora. No cualquiera puede amar al pugilismo y su aliento inmenso y a veces cruel. Los boxeadores están tallados con un material especial, el mismo con el que se cinceló Arlen López, quien atento a mis preguntas parece dispuesto a un examen de conciencia frente a su espejo. No parece estar hecho para simular. Por eso cuando estrecho su firme mano le adelanto que no persigo la anécdota fácil, sino la grieta por donde asoma el ser humano, detrás del campeón…

“Mmm, no nací en cuna de oro. Tenía ansiedad por ser alguien en la vida —dice mientras con un gesto que encierra un mundo se deja caer sobre un butacón que invita a echar raíces —. Vi en el deporte la oportunidad y la tomé apoyándome en entrenadores y familiares.
“Ser boxeador me obligó a descifrar muchas cosas. Exige ser disciplinado y maduro, incluso desde que eres un niño. Es complicado, pero decidí bien.
“El sacrificio es la base del triunfo. Para el atleta es fundamental. Hay que renunciar a divertirse, alejarse de las amistades y la familia —ratifica y percibo que su voluntad es capaz de desafiar cualquier montaña—. Tienes que evitar vivir un grupo de situaciones que quizás no recuperes nunca, sin embargo, te deja la satisfacción de que lo hiciste por un buen propósito. Lograste lo que soñaste bajo un concepto que te obliga a tomar decisiones fuertes y dolorosas”, acentúa y su voz se espesa con vehemencia.
“¿La ambición? —apunta y aspira una bocanada de aire como preguntándose qué contestar—. Cuando es por metas altas es necesaria. Puedes apoyarte en lo que lograron otros que fueron grandes. Motiva mucho, hasta quieres superarlos. Llegar al equipo nacional de boxeo fue importante. Representar al país y tocar la gloria olímpica inolvidable. El interés por llegar lejos me impulsó. Solo al chocar con ese rigor puedes comprender lo buena que puede ser la ambición…”.
Necesitas aferrarte al deseo de sobrevivir. A la necesidad de sortear el miedo. La pretensión es avivar las brasas de llegar al final y rotular en tu alma el boceto real de tu camino.
“Mi mayor temor al subir al ring es no poder cumplir con la estrategia trazada. Influye la falta de preparación mental y física. Hay que aprender a superar esos momentos para seguir imponiéndose.
“Sabes —expone mirando para dentro de sí, como si un incendio abordara sus ojos— cada vez que suena la campana para el inicio de una pelea le pido al Señor que me permita bajar como mismo subí. El boxeo es muy agresivo. Pueden ocurrir catástrofes, incluso muertes—, subraya como si se asomase a un real abismo en su camino—. Tienes que comprender que después de cada combate hay una familia que te quiere y necesita. Eso no puede olvidarse.
“La derrota que me hizo mejor púgil fue en una Serie Mundial aquí en La Habana con los Domadores de Cuba. Tenía muchas aspiraciones y ansiedad —explica uniendo la punta de los dedos y feliz de dejar atrás un tema punzante—. Perdí con un ruso de gran nivel. Mostré condiciones ante mis entrenadores. Semanas después gracias a su confianza gané en la final de ese torneo frente a un rival muy duro. Fuimos campeones”, recalca en tanto se aprieta el mentón con orgullo…
Arlen pasea la mirada sobre varios objetos y trofeos que custodian la sala de su casa. Se reacomoda sobre el formidable butacón y continúa.
“La confianza se construye una mitad en el gimnasio y la otra en la mente. Puedes tener calidad, coraje y talento, pero si no posees disciplina y preparación adecuada es imposible lograr mucho. Es mi opinión, hay quien cree otra cosa apoyándose en su experiencia.
“Todas las derrotas duelen. En el profesionalismo no he perdido, sin embargo, a este nivel el rigor y la psicología aumentan. El sacrificio es mayor. Es un boxeo más agresivo. Ser amateur durante tantos años me dio una base sólida. Pulió mis cualidades. Siento que soy más completo, aunque continúo nutriéndome junto a mis entrenadores. Es el camino a seguir contra rivales incómodos y habilidosos. Quiero llegar bien lejos si Dios me lo permite— afirma como si su fe tuviera unas alas enormes— no todos pueden ser campeones olímpicos y después coronarse en lo profesional. Aspiro a eso…”.
Hay un olor en tu mirada cada vez que te encuentro en el camino. Sucedes dentro de mis ojos y también en la yema de mis sueños. Contigo el alivio y la confianza son otras formas de belleza.
“Mi esposa es mi ángel de la guarda. Su apoyo en las buenas y en las malas es tremendo. Choca con la amargura y el dolor. A veces he querido parar y retirarme. Algunos familiares lo impiden, mas su aliento es fundamental. Viene conmigo desde abajo. Hemos dejado de comer, salir y fiestar. No era su obligación, no obstante, decidió estar a mi lado —asevera y el respeto y el amor se toman de la mano en forma de verbo y canto invencible—. Eso no tiene precio, vale mucho.
“Mira —prosigue abriendo las manos sobre los muslos y retorciendo los dedos lentamente—. El boxeo me abrió los ojos. Permitió que sea el sostén de los míos. Ha evitado que cometa errores. Soy feliz junto a mi familia. Me trasmiten tranquilidad y confianza. Ellos logran que deje fuera el mal humor, que puede traer un mal día en el entrenamiento o cualquier otra situación. Mi casa es mi templo. Juntos nos protegemos, pues hay quienes desean aprovecharse de uno. No ven a la persona que hay detrás del deportista. Los que han estado siempre a mi lado saben quién soy”, subraya como si su carne sea testigo veraz de todo lo dicho…
Nos queda lo que somos, y no lo puedes negar. Ahí están esos niños de mirada de oro, de sueños altos. ¿Te has detenido a pensar en ellos, en sus memorias, en sus sueños? ¿En sus nostalgias? ¡Quiero creer que los entiendes!
“Los niños y los jóvenes no deben ver al boxeo solo como una forma de ganar dinero o una posición. Esa mentalidad no les hará bien. Triunfar te llevará a una mejor vida. La ambición sin medida ni cabeza puede traer problemas. Hay que enfocarse para llegar alto, ser buena persona y ayudar a los tuyos —señala con una gestualidad que se asemeja a un abrazo tras un largo y duro día—. Es escalón por escalón. Saltar a lo loco no te deja ver un grupo de cosas. Solo paso a paso aprecias lo que logras. Si Dios lo permitió aprovecha la oportunidad. Agradécele”, apuntala con un susurro, demostrando que no es necesario gritar para hacerse escuchar.
“Mira hombre —añade cobijado por un suspiro hondo y franco— quisiera que la gente me viera como una persona que inspira y abre caminos. Mi nombre y resultados están en los libros gracias a la disciplina y la entrega. Deseo vean mi ejemplo y capacidad de caer y saber levantarse. Siempre estaré en pie gracias a mi fe y mi voluntad…”.
Los criterios de Arlen López se respiran. Algunos te atraviesan. Confieso defender la idea de que los grandes deportistas suelen conectarse con zonas remotas, donde se abrazan con los instintos más primarios de la humanidad. Esos que te recuerdan, que más allá de triunfos, decepciones, sueños, normas y máscaras, somos piel, vísceras y huesos.



