A sus 72 años, Marisa Aleida Fundora encontró en la danza mucho más que una forma de mantenerse activa: descubrió un lugar para compartir, sentirse bien y disfrutar de la compañía de otras personas. Cada martes, el proyecto “Bailar no tiene edad”, de Lizt Alfonso Dance Cuba, le abre las puertas a un espacio donde el movimiento se convierte en encuentro, alegría e inclusión para los adultos mayores, en medio de las dificultades que atraviesa Cuba.

En la galería Malecón Art 255, en La Habana, las clases de chachachá, rumba y salsa reúnen a personas mayores que llegan para bailar, ejercitarse y disfrutar de la compañía del grupo. La iniciativa, concebida por la maestra Lizt Alfonso, combina el arte con la convivencia y ofrece una actividad gratuita en la que cada participante encuentra una razón para regresar.

Para Marisa, la cita semanal representa una oportunidad de recuperar capacidades que creía limitadas por los problemas de salud. La neuropatía que padece llegó a impedirle desenvolverse como deseaba, pero los encuentros le han permitido incorporarse a una actividad que disfruta y que también le aporta bienestar.
“Tengo 72 años. Desde hace seis meses vengo todos los martes. Aquí he logrado incorporarme, pensar en positivo, no me siento los dolores. Además, tengo mi mente muy activa”, cuenta.
Su entusiasmo también tiene que ver con el ambiente que encuentra en el taller. Allí, la danza no se limita a aprender pasos o seguir el ritmo de una canción, sino que abre la posibilidad de crear vínculos, compartir experiencias y disfrutar de una actividad colectiva.
“La profesora es dulce. Todos los martes tengo que venir. Si ella dice ven el jueves, el viernes, yo vengo porque esto es maravilloso. Le aconsejo a cualquier persona mayor que se acerque. Nosotros bailamos, nos divertimos, somos felices”, afirma Marisa.
La historia de este proyecto comenzó con una propuesta artística distinta: la exposición fotográfica “Abuelos y abuelas prestados”, de la artista cubana Monik Molinet. A partir de esa experiencia surgió la iniciativa de acercar a las personas mayores a la danza y convertir el encuentro con el arte en una oportunidad para compartir.

Detrás de cada clase está el trabajo de bailarines y profesores que acompañan a los participantes y encuentran en ellos una fuente de aprendizaje. Liz Franchesca, bailarina y asistente de régisseur de los talleres vocacionales de Lizt Alfonso Dance Cuba, recuerda que la propuesta nació como una experiencia para conocer cómo los adultos mayores podían integrarse a las actividades de la compañía.

“La maestra (Lizt) lo concibió como una idea experimental en un principio, ver cómo los abuelos se iban integrando con nosotros, la manera en la que ellos podían asistir, el sacrificio, el esfuerzo que ellos hacen para llegar aquí, por supuesto, pero siempre con la esperanza y el anhelo de llegar a este espacio”, explica.
Con el paso de los encuentros, los participantes han demostrado que la edad no impide aprender movimientos, seguir indicaciones ni formar parte de una coreografía. Para Franchesca, uno de los aspectos más sorprendentes es la disposición con que asumen cada ejercicio y la manera en que se involucran en las propuestas del equipo docente.
“Es increíble incluso hasta en la manera de bailar, pero lo más sorprendente es como ellos aprenden a hacer fila, como cambian de formación como si fueran bailarines profesionales, como entienden los pasos, el ritmo, cantan las canciones”, señala.
Las clases incluyen actividades que van más allá de los pasos de baile. El karaoke y los ejercicios de interpretación permiten cantar, reír y asumir diferentes situaciones, con la participación de quienes se incorporan al taller. Cada dinámica requiere atención y coordinación, pero también ofrece un espacio para expresarse y disfrutar en compañía.
La iniciativa ha despertado el interés de personas que viven fuera de la capital. Según Franchesca, entre los asistentes hay adultos mayores que llegan desde otras provincias, una muestra del alcance que ha adquirido el proyecto y del interés por encontrar espacios de participación a través de la danza.
La bailarina considera que el trabajo con este grupo también deja enseñanzas para quienes forman parte de la compañía. En sus años vinculada a Lizt Alfonso Dance Cuba, primero en los talleres vocacionales y después como integrante del colectivo, ha comprendido que la formación artística trasciende el escenario.
Esa relación entre el aprendizaje y la vida también se percibe en la experiencia de Raúl Gonzalo Gorroto Espinosa, de 75 años, quien encontró en los encuentros una manera de apartarse de las preocupaciones cotidianas y dedicar tiempo a una actividad compartida.
“A mí me ha ayudado grandemente porque uno sale de la rutina diaria, del estrés. Soy otra persona cuando salgo a la calle, después de hacer los ejercicios. Estoy loco porque llegue el martes para volver a venir a los talleres”, cuenta.
Para Raúl, una parte esencial de la experiencia se encuentra en las relaciones que nacen antes de que comience la música. Los participantes se reconocen, conversan y esperan juntos el momento de entrar a clase, hasta convertir esas reuniones en una rutina compartida.
Su testimonio resume una dimensión del proyecto que va más allá del ejercicio físico. Para quienes asisten, el taller es también un lugar para sentirse parte de un grupo, establecer relaciones y encontrar una motivación que se renueva con cada encuentro.
La gratuidad de la iniciativa permite acercarse a la danza sin que el pago de una clase constituya un requisito. En un país marcado por dificultades económicas y sociales, contar con espacios de participación y convivencia adquiere un valor especial para los adultos mayores, que encuentran en estas actividades una oportunidad para compartir y mantenerse vinculados a la vida cultural.
Para Marisa, Raúl y quienes cada semana se suman al taller, la danza no termina cuando acaba la música. Queda la alegría de compartir, la expectativa de volver y la certeza de que todavía hay nuevos pasos por aprender, amistades por cultivar y momentos por disfrutar.


