Las ajustadas victorias electorales en Perú y Colombia completan el progresivo giro de la región hacia gobiernos de extrema derecha impulsados por el malestar social
En la última década, América Latina ha experimentado una notable proliferación de “gobiernos conservadores de sesgo ultraliberal”. Desde 2019, ha ido girando progresivamente hacia opciones políticas de extrema derecha, modificando el equilibrio político en un continente donde en los años anteriores predominaron los dirigentes de izquierda.
Los casos más recientes se acaban de vivir en Perú y Colombia, completando un mapa donde ya figuran Nayib Bukele en El Salvador, Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador, Rodrigo Paz en Bolivia y Nasry Asfura en Honduras.
Sin embargo, las victorias electorales de la derecha en la región andina no representan un apoyo mayoritario aplastante, pues tanto en Perú como en Colombia los márgenes de triunfo fueron mínimos, no alcanzando siquiera el uno por ciento de diferencia.
En el suelo peruano, Keiko Fujimori se proclamó vencedora por apenas 43 000 votos, mientras en Colombia Abelardo de la Espriella se llevó la segunda vuelta con el 49.6 por ciento de los sufragios frente al 48.7 por ciento obtenido por el candidato de la izquierda, Iván Cepeda.
Para las fuerzas populares y de izquierda, analizar este auge exige mirar las causas comunes que tienen su epicentro en el malestar social provocado por la situación económica, la desafección política y el inevitable desgaste de los ejecutivos progresistas que gobernaron previamente.
A esto se suma un fuerte componente de inspiración en el ideario y la aciaga influencia de Donald Trump y la sumisión exacta de los Milei, los Bukele, los Asfura y los Noboa, por solo mencionar algunos.
En este clima de desconfianza institucional y creciente violencia política, el voto de castigo y la búsqueda de alternativas de estabilidad favorecen a los partidos de derecha, cuyos discursos logran instalar temas como la inflación, el crimen organizado y la seguridad ciudadana para capitalizar el desencanto.
Colombia: promesas neoliberales
El ajustado triunfo de Abelardo de la Espriella, frente a Iván Cepeda en la segunda vuelta colombiana, confirma que el país quedó fracturado en dos mitades políticas irreconciliables.
La llegada de Abelardo de la Espriella a la presidencia no se dio en el vacío, responde a una estrategia discursiva fuertemente influenciada por los modelos regionales de la derecha más radical.
Su campaña electoral se concentró en propuestas dirigidas a endurecer las políticas contra el crimen organizado y el narcotráfico. A la par, hizo promesas económicas alineadas firmemente con el manual ultraliberal y aseguró una drástica reducción del tamaño del Estado y el recorte del gasto público.
Sin embargo, al gobernar un país donde casi la mitad de los electores apostó por la continuidad del proyecto de izquierda de Cepeda, el nuevo gobierno carece de un consenso absoluto para imponer sus políticas de privatizaciones y recortes sin enfrentar una alta conflictividad social.
Perú: el fujimorismo al poder
El escenario peruano es el otro espejo de este giro conservador en la región. La proclamación de Keiko Fujimori como vencedora de los recientes comicios presidenciales expone una sociedad sumida en la desafección política y la desconfianza institucional.
En Perú, la victoria de la derecha fue aún más milimétrica que en Colombia, definiéndose por apenas 43 000 votos de diferencia. Este margen inferior al uno por ciento demuestra que el fujimorismo no regresa con un respaldo popular de mayorías hegemónicas, sino que se benefició del voto de castigo frente a las crisis institucionales previas y la fragmentación de las opciones de izquierda y centroizquierda.
Al igual que en los casos vecinos, el discurso centrado en el orden, la recuperación económica y el combate a la inseguridad ciudadana logró calar en un electorado fatigado por la inestabilidad política crónica del país.
Keiko Fujimori asume el mandato con el reto de gobernar en un clima de insatisfacción ciudadana, donde las demandas resentidas del interior del país y de los sectores populares seguirán presionando frente a cualquier intento de profundizar el modelo neoliberal.
La izquierda y los movimientos populares se enfrentan ahora al desafío de reagruparse; la derecha, al dilema de gobernar sobre las cenizas del desencanto y bajo el acecho de una resistencia que las urnas no lograron apagar.
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