En el oasis de noticias buenas en que se ha sumido el deporte cubano, sobre todo en disciplinas colectivas, sobresale la clasificación del equipo masculino de voleibol para los Juegos Olímpicos del 2028 en Los Ángeles, que se convirtió en el suceso de la semana.
Al hecho no le resto ni un ápice de la connotación que tiene, no solo por hacerlo de manera tan temprana como en el 2026, ni tampoco por tratarse del primer colectivo que lo logra y de los primeros atletas en general que lo consiguen. Se trata de un deporte que debe más de una presencia en la cúspide del olimpismo y también mejores desempeños en citas menos trascendentales, como Juegos Panamericamos o Centroamericanos, cuya referencia negativa más reciente fue la actuación en Santo Domingo, cuando se debieron conformar con el bronce en un evento que, por el renombre de sus figuras, parecían tener para más.
Por eso el boleto ha de verse como una sanación de la propia disciplina, o una vindicación si se le mira bien adentro. En verdad, no ha sido tanto el tiempo en que los hombres del voli se fueron de los listados olímpicos. Solo dos ausencias, la de Japón 2020 y París 2024. Y hablo de dos porque en este mundo de la malla alta otros equipos legendarios tampoco han participado y la correlación de fuerzas ha cambiado de un cuatrienio a otro. Peor les ha ido a las mujeres, ausentes desde el 2008 y sin muchas pretensiones de asistir a la convocatoria estadounidense.
Pero, diferencia de estas, los varones han tenido mayores opciones. Se sabe que el voleibol ha sido de las disciplinas que mayor cantidad de representantes han logrado contratar en las diferentes ligas profesionales del mundo, muchos de ellos con excelente desempeño individual como Marlos Yant o Miguel Angel Lopez.
Solo que esos convenios no han rendido los frutos que Cuba espera de ellos, pues cuando se han unido como elenco nacional las estrellas no han podido lucir como una constelación en diferentes tipos de eventos, desde la Liga de Naciones hasta los mencionados Juegos de República Dominicana o los propios clasificatorios olímpicos, que no habían podido rebasar en las dos últimas versiones.

Que el voleibol masculino cubano haya podido aprobar el desafío de la clasificación es plausible y, de manera particular, también para Sancti Spíritus, que aportó a ese triunfo con su principal exponente a nivel internacional: Osniel Melgarejo.
Y ya puede hablarse también de salvación, pues no deben ser muchas las disciplinas colectivas que logren tal proeza, ni tampoco tantos atletas.
Saldó, de paso, otras deudas ya descritas, por ganar de manera categórica la única plaza en disputa, mucho más ante los anfitriones y favoritos canadienses, con público enardecido para que la victoria fuera contundente, salvadora, sanadora.
