Rafael Trejo murió casi cuando empezaba a vivir, en un enfrentamiento con un agente policial el 30 de septiembre de 1930. Solo tenía 20 años de edad, aquel estudiante de Derecho, abatido en las cercanías de la Universidad de La Habana, cuando participaba en una protesta contra el tirano Gerardo Machado.
A 96 años del trágico suceso puede afirmarse que su muerte, como la de otros mártires cubanos, abonó el camino de la libertad y no fue en vano.
La manifestación en la que tomó parte prometía ser una de las tantas tánganas que por aquel entonces servían a estudiantes, sindicatos y pueblo en general para salir a las calles y hacer valientes reclamos de justicia, contra la opresión y los crímenes que caracterizaron el gobierno del llamado Asno con garras.
Como consecuencia del final de aquel joven revolucionario, indefenso y sin armas, sus contemporáneos y la historia confirman que la lucha contra el dictador se hizo más intensa y radical. No había otra opción ante la barbarie y la impunidad de un régimen entreguista a intereses foráneos, protector solo de los privilegios de estos y de la oligarquía nacional.
Dicen que la caída de Telo Trejo, como le llamaban con afecto familiares y amigos, dio una intensidad incontenible al movimiento revolucionario.
Pablo de la Torriente Brau ―quien también había sido internado por una herida de bala en el cráneo― relató su encuentro con Rafael Trejo dentro del hospital Emergencias: “Yo no podré olvidar jamás la sonrisa con que me saludó Rafael Trejo cuando lo subieron a la Sala de Urgencia del Hospital Municipal, sólo unos minutos después que a mí, y lo colocaron a mi lado. Yo estaba vomitando sangre y casi desvanecido de debilidad. Pero su sonrisa, con todo, me produjo una extraña sensación indefinible. […]
Trejo fue sometido a una riesgosa operación. Falleció a las 9:50 p. m. del 30 de septiembre de 1930. Se convirtió así en «la víctima necesaria», como él mismo había bromeado.
Nació el 9 de septiembre de 1910, en San Antonio de los Baños, pero pocos años después su familia fue a residir a la capital, donde su padre fungía como abogado y su madre era profesora.
Lo describen como un joven de personalidad resplandeciente y seductora, por su porte físico que realzaba la práctica sistemática del deporte de los remos y la natación, de inteligencia cultivada por la lectura, la afición al ajedrez y el dominio de varios idiomas.
Gustaba de la música culta y popular, tocaba el piano y el violín, poseía voz de barítono. Muy sociable, gustaba invitar a los amigos a su casa donde organizaba animadas veladas de charlas y música.
Matriculó Derecho en 1927, con la finalidad de ayudar con su profesión a quienes lo necesitaran aun sin tener recursos y hacer cumplir las leyes y la justicia. Quería al menos ser útil a Cuba, según dijo una vez con sencillez.
En ese mismo año conoció al joven Raúl Roa, más adelante brillante Canciller e intelectual cubano, con quien estableció amistad rápidamente.
El patriotismo, la rebeldía, el coraje y el afán constante de justicia, tanto en los predios universitarios como en el país, lo identificaron no solo con Roa, sino con otros jóvenes líderes nacientes de la época y con la lucha antimachadista desde su mismo centro.
Pero el derrocamiento del régimen sangriento solo se consiguió el 12 de agosto de 1933.
El funeral del casi adolescente Trejo ocurrió el 2 de octubre de 1930, en medio de una multitud de estudiantes y pueblo que coreaban consignas antimachadistas. Se convirtió en una impresionante expresión de duelo, al que acudieron más de seis mil personas, que pasaron frente a su féretro colocado en su vivienda, en la Calzada de Diez de Octubre, cerca de la calle Luz.
Machado ante la magnitud no solo del dolor sino de la indignación popular, respondió con la suspensión de las garantías constitucionales, es decir, para más represión, y clausuró la Universidad.
Pero la histórica institución se las arregló para seguir siendo centro irradiador de los reclamos por las causas justas, con sus estudiantes de protagonistas.
Trejo, en las elecciones universitarias de 1930, emergió vicepresidente de la Asociación de Estudiantes de la Escuela de Derecho. En el centro docente siempre estaba entre los primeros vinculados en acciones estudiantiles contra el dictador.
Además, por la exigencia de la autonomía universitaria, impulsó reformas modernas y progresistas para depurar a los claustros de profesores corruptos o ineptos, lo cual era parte del programa de Julio Antonio Mella.
En el año de su muerte, había escalado el combate de los universitarios y sus dirigentes, quienes se acercaban estratégicamente a otros sectores patrióticos de la población, sobre todo obreros, para ganar en unidad en el combate final.
Las actividades muchas veces clandestinas, no rehuían al audaz y corajudo enfrentamiento en calles mediante mítines y tánganas.
Los dirigentes estudiantiles convocaron una gran manifestación para ese día, de mañana gris y algo lluviosa.
Bajaron las escalinatas de la citadina Casa de Altos Estudios, pero las fuerzas de la tiranía se habían apostado por los alrededores con ametralladoras y la caballería. Verdaderos batallones de soldados querían dar un escarmiento a quienes solo contaban para defenderse con su honor y sus puños.
El objetivo era llegar hasta el parque Eloy Alfaro. Entre los reclamos estaban la exigencia de la restitución de 13 estudiantes suspendidos de la Universidad, entre ellos Trejo, por sus actividades revolucionarias. Se demandaba también la renuncia del tirano.
Una señora que fuera testigo sin ser vista desde su vivienda, acompañada por sus pequeños hijos, vio claramente los hechos que causaron la caída de Trejo.
Aunque años más tarde dijo no haber olvidado el rostro del policía asesino que le disparó, solo tuvo el valor en aquel tiempo de hacer constar que el joven no portaba arma alguna y estaba totalmente indefenso.
Su testimonio resultó crucial para determinar que se trataba de un crimen a mansalva y monstruoso. El culpable no recibió castigo alguno, porque la testigo evitó reconocer al autor ante amenazas de los sicarios y ella temió por su vida y la de sus hijos.
El padre del infortunado joven agradeció a la señora Josefa Ribas Mestre, la valentía de su declaración en momentos en que actos así se pagaban con la vida.
Raúl Roa dijo: “Aunque Trejo no militara formalmente en la izquierda, es obvio que por sus sentimientos generosos, su honradez insobornable y su fe apasionada en un mundo más justo y bello, estaba más cerca de nosotros que la derecha ávida de mando y de riqueza”.



