Una conversación que no deseo a nadie
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Una conversación que no deseo a nadie

Buenos días, Doctora.

—Buenos días, me dice Odalys mientras carga como a un bebé un tanque de agua de cinco litros contra su pecho.

Y sin que dijera yo una palabra más, esta mujer noble que ha salvado miles de vidas y aliviado otras desde su especialidad de Medicina Interna, inició una conversación sobre las cosas que le preocupan en esta, nuestra cotidianidad.

Extraño, pero no llevaba su bata blanca, ni su estetoscopio, ni ninguna indumentaria habitual, porque nos encontramos en la calle, lejos de la institución donde es casi una heroína cotidiana.

Cada vez que me la encuentro recuerdo que no quería liberarme del ingreso cuando un dengue hemorrágico me alteró la rutina en 2022. La doctora me explicaba pacientemente por qué debía quedarme ingresada “aunque sea un día más”.

Se toma su oficio con mucho rigor y se lo admiro, también se lo agradezco.

Ahora busca agua potable para llevar a casa, a su madre centenaria y prácticamente postrada, mientras ella está al límite de los 60 años y con grandísimos desafíos.

La doctora es ecuánime y callada, saluda siempre con discreción y enfrenta la vida con decoro, sin reparar en tiempos duros, pero ahora me ha mirado a los ojos y ha sentido la necesidad de expresar con palabras que está decepcionada.

—Lo peor de la crisis es el egoísmo de las personas, eso es lo que más me preocupa. Y duele en los oídos de esta receptora tamaña confesión.

“La gente te vende hasta el agua, yo la he comprado”, agrega.

Sigue citando en breve conversación las actitudes de sus semejantes que le agobian y no se pueden creer por mucho que la realidad golpee.

Vender agua para tomar, un ratico de carga para el móvil o la lamparita de alumbrar las noches; el carbón para cocinar a más de 3 000 pesos, la falta de empatía de individuos que van así por la vida y hasta de algunos servidores públicos, con un poco más de responsabilidad en el asunto. Su vecindario en el centro de la ciudad de San Cristóbal no recibe agua en meses, porque en la zona alta se hace complicado el bombeo.

Lo cierto es que si algo debería salvarnos ahora, es la solidaridad, que se alza como principal candidata. Es momento de tender la mano y aliviar la vida a quien podamos, con gestos simples de colaboración.

Al final, mejor dicho, al inicio del día, la doctora se pone su bata blanca como si no estuviera decepcionada del ser humano, de algunos o de muchos, como si la crisis no le afectara. Regresa a velar por la salud de sus pacientes. Con intransigencia controla los días de ingreso hospitalario a quien lo precisa, la práctica del tratamiento y la disciplina adecuada. No habrá de su parte venganza hacia ninguno jamás.

Quien aprendió a valorar la salud, el bienestar y la vida de otros seres, no se toma la justicia por sus manos, busca siempre el bien; aunque sí le duela la ironía de lo inverso, pues al otro lado de la cerca perimetral de un hospital al que ha entregado sus mejores años, la sociedad se está pareciendo más a un sálvese quien pueda, que al sitio donde amar al prójimo solía ir más allá de los preceptos de un cristiano.

Ojalá todos pudieran conocer a Odalys, una mujer cubana que camina mirando al suelo, no busca en otros la gratitud que merece, ni la pide; ensimismada y discreta ha ido siempre con amabilidad y sin ruidos. Pero no deseo a nadie que ninguno de los tantos que existen como ella, así de buenos y sencillos, le apunte a los ojos y con una sola palabra (decepción) le haga tambalear la fe en la humanidad que nos queda.

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