Donald Trump continúa siendo una de las figuras más controvertidas de la política internacional contemporánea. Todo lo que con él tenga que ver es un show que debemos seguir de cerca porque aunque nos parezcan disparatadas, sus acciones tienen serias consecuencias. No se trata solo de un bufón, sino de uno con muchísimo recurso.
Su regreso a la Casa Blanca no redujo la polarización en Estados Unidos, ocurrió todo lo contrario: profundizó un debate que trasciende las fronteras de ese país y obliga al mundo a preguntarse qué significa hoy el ejercicio del poder en la principal potencia mundial.
Revisemos un asunto de suma importancia que debería ser alarmante para todos. El reciente rechazo del Tribunal Supremo de Estados Unidos a revisar la condena civil derivada de la demanda presentada por la escritora E. Jean Carroll dejó firme el fallo emitido por tribunales inferiores. Esto quiere decir que Trump continúa siendo responsable por agresión sexual —según la legislación aplicable en el caso— y por difamación, además de estar obligado a pagar una indemnización millonaria. Y estamos hablando del presidente del país líder, que en reiteradas ocasiones ha estado envuelto en conflictos así, pero solo hasta ahora la justicia hizo su parte y reconoció que es un hombre arbitrario acostumbrado al abuso y a la intimidación.
De acuerdo con los reportes de prensa, aunque el jurado no lo declaró responsable del delito penal de violación, el juez que presidió el proceso señaló que los hechos probados encajan con lo que comúnmente muchas personas entienden como una violación. Es como si quisieran y no quisieran admitir, quizás por temor, pero se entiende a la perfección. Se trata de una diferencia jurídica importante, que no elimina el profundo impacto político y ético del caso.
Es probable que esta noticia no sea repetida de boca en boca ni salga como sugerencia en redes sociales, ni acapare titulares de medios tradicionales de impacto. No obstante, es un hecho, no un rumor ni un cuento. Si un tribunal declara en su contra es porque hubo investigación y pruebas sólidas.
¿Cómo es posible que una persona que ocupa el cargo político más poderoso del planeta mantenga intacto su liderazgo mientras «soporta» una condena de semejante naturaleza? ¿Qué mensaje recibe la sociedad? ¿De qué manera podemos no normalizar que se puede cometer un crimen y seguir ileso si se tiene suficiente solvencia? ¿Cómo explicamos que hay individuos que pueden aguantar «castigos», así, con descaro, según la influencia que posea?
Respuestas sencillas, no hay. Inquieta bastante la incertidumbre que genera saber que las controversias judiciales pesan menos que la identificación política o ideológica. ¿Qué considerará su electorado? ¿Aprobará tal comportamiento? ¿Hasta qué punto le perdonará los escándalos?
Más allá de su nivel de aceptación casi año y medio después de ocupar el despacho oval por segunda ocasión, para muchos las preocupaciones sobre Trump superan el tema de sus procesos legales, de sus excentricidades, sus impulsos y prepotencia impunes. El caso de Carroll es uno más de los embrollos ligados al nombre de Trump, y que este sea el tratamiento y diezmados sus resultados, nos hace entender por qué su comportamiento es tal, en todos los ámbitos.
Desde que Trump se empeñó en irrumpir en la política estadounidense consiguió construir un estilo de gobierno basado en confrontación permanente, descalificación y presión sobre adversarios, y una narrativa que presenta cualquier crítica como un ataque político. No existe tal libertad en la presunta «tierra de las libertades».
No se trata de una actitud fortuita sino calculada, y como consecuencia esa estrategia erosiona la confianza pública en organismos fundamentales como el sistema electoral, los tribunales, la prensa y las agencias federales.
En el plano internacional, su política exterior está marcada por decisiones impredecibles y las mismas herramientas de confrontar, descalificar y presionar. Lo vemos todo el tiempo, el lenguaje de Trump es burlón mientras abusa de amenazas económicas y comerciales. Aparenta disfrutar su postura dominante con el cetro en la mano, sentirse en la mira, y, además, está esa visión suya marcadamente transaccional de las relaciones entre Estados.
Los aranceles, las sanciones y la presión financiera se han convertido en herramientas habituales de negociación. Su gobierno destaca por priorizar con frecuencia los intereses económicos inmediatos de Estados Unidos por encima de alianzas históricas o consensos multilaterales. Y donde tantos ven un presidente atrevido muchos vemos a un millonario caprichoso, racista, machista y entrometido que juega a querer dejar huella al costo que sea con la idea de levantar la economía de su pueblo, un propósito que quiere alcanzar no solo obligando alianzas sino, saqueando.
A veces pareciera que Trump no toma nada en serio, que solo juega. Diversos analistas coinciden en que como empresario que es asume la política como un negocio más en el que es válido demostrar fuerza aunque no se construyan consensos porque casi siempre gana el más poderoso, lamentablemente.
Pero esto es un error porque esa lógica puede generar beneficios tácticos en determinadas circunstancias, y, como es evidente, también incrementar incertidumbre, dificultar estabilidad en un escenario global que tiene sus heridas por conflictos armados, tensiones comerciales y profundas divisiones geopolíticas, un contexto nada favorecedor, pero que, al mismo tiempo, le ha servido de coartada.
La comunidad internacional observa con atención sus pasos, a veces imposibles de predecir. El liderazgo de Trump combina decisiones rápidas, discursos agresivos y una permanente búsqueda de protagonismo mediático, aunque el camino no sea digno de una figura pública de su talla. El resultado es un engendro que convierte cada declaración presidencial en un potencial factor de impacto sobre la bolsa, la diplomacia y la seguridad internacional.
Por eso, puede parecer no tener sentido, que se comporta como un payaso y hable disparates, pero hay que escucharlo, sobre todo en países con economías frágiles, como Cuba. Hemos comprobado que cualquier escalada de tensiones comerciales, nuevas sanciones o modificaciones en la política exterior estadounidense tiene secuelas directas que trascienden el debate político y afectan la vida cotidiana de millones de personas.
El fenómeno Trump representa uno de los mayores desafíos para la geopolítica actual. Se impone comprobar hasta qué punto las instituciones son capaces de resistir el peso de un liderazgo altamente polarizador, y tener en cuenta que el carisma político, la confrontación y el poder económico pueden eclipsar principios tradicionales de responsabilidad pública, y aún así seguir siendo aceptado por la sociedad.
Aunque tarde, confiamos en que la historia juzgue no solo al dirigente, sino también la capacidad de las instituciones estadounidenses para demostrar que el Estado de derecho prevalece sobre cualquier figura política, por poderosa o influyente que sea. La fortaleza no debería residir en la personalidad del gobernante, sino en la independencia de las instituciones que limitan y controlan su poder.