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Joe García: «La venganza nunca ha construido un país» – La Joven Cuba

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Hay una Cuba donde todo es al revés, donde ser comunista es un pecado digno de acto de repudio y donde los cubanos comen más de la cuenta. Miami, el hogar de la oposición y la casa de las tías. «The place where the money is».

Las reformas económicas en Cuba han abierto una caja de Pandora. Tras años de disputa, hoy más que nunca el gobierno cubano abre sus brazos al exilio y sobre todo a los empresarios cubanoamericanos, para que inviertan en la Isla.

En la Cuba de años atrás no hubiera sido posible esta entrevista. El chiste se cuenta solo: periodista de izquierdas dialoga con Joe García, exdirector de la fundación cubanoamericana. Una conversación entre lobos y ovejas, en que nadie sabe quién es quién.

Pero Cuba está cambiando y si un liberal y una socialista se pueden poner la mano en el pecho y hablar de esperanza para un país que se desangra, si un liberal y una socialista pueden hablar de economía sin tirarse los calderos y publicar el resultado en un medio de prensa, eso solo habla de una cosa: el diálogo nacional que necesitamos está a la vuelta de la esquina.

Joe García nació en Miami Beach, Florida, en 1963. Es hijo de exiliados cubanos que abandonaron la Isla en los primeros años de la Revolución. Su familia emigró a Florida después de que Fidel Castro declarara el carácter socialista. Lejos de pertenecer a un hogar de grandes propietarios o empresarios, sus padres reconstruyeron su vida desde abajo en Miami: su padre trabajó inicialmente lavando automóviles antes de incorporarse al sector bancario, y su madre ejerció como peluquera.

Con el tiempo Joe se convertiría en una de las figuras más conocidas del exilio, primero como director ejecutivo de la Fundación Nacional Cubano Americana (CANF) y después como congresista demócrata por Florida entre 2013 y 2015.

Aunque gran parte de su carrera estuvo vinculada a la política hacia Cuba, no vio la Isla con sus propios ojos hasta 2015, cuando ya tenía más de 50 años. Joe, como muchos otros cubanos descendientes de cubanos, está en el bando de los optimistas.

¿Cómo evalúas el impacto de las mipymes en Cuba? y qué obstáculos siguen enfrentando los emprendedores cubanos?

«La apertura de las mipymes fue un paso que Cuba tomó cautelosamente. Cuando trajimos el concepto a Miami, a mi amigo, Guennady Rodríguez, que tiene el podcast 23 y Flagler, y a mí, se nos vino el mundo encima porque la idea no fue muy aceptada acá. Trajimos a 70 pequeños negocios de Cuba a dialogar con empresarios cubanoamericanos exitosísimos y con proveedores del país entero. Fue un evento fenomenal que buscó quitarle dudas a mucha gente».

«Al inicio en Cuba todo era muy incierto para los emprendedores, porque había muchísimas trabas institucionales, topes de precios y burocracia, pero hoy las mipymes son una parte esencial de la economía cubana y las empresas privadas representan casi el 30 % de la fuerza laboral. Ese espacio lo ganaron los emprendedores y ese dinero viene en muchos casos desde acá en el sur de la Florida, del esfuerzo de cubanos que viven en el exterior».

Para García los mayores retos que enfrentan los emprendedores en Cuba vienen de que en un país que tiene una serie de sanciones externas y un sistema bancario muy débil, quienes decidan tener una empresa deben sortear trabas internas y externas para hacer solvente su negocio: «banquear fuera del país y cruzar la frontera con ese capital», explica.

Corregir la tasa de inflación, darle garantías jurídicas y políticas a los inversores y el levantamiento de las sanciones norteamericanas, son para Joe García los primeros obstáculos que se necesitan sortear para que veamos un florecimiento de la economía cubana.

El dilema del financiamiento

Dentro de las nuevas medidas del gobierno cubano hay una que me llamó especialmente la atención: la apertura a la banca privada y extranjera. Hay quienes la consideran una apuesta necesaria para dinamizar la economía, mientras otros la ven con cautela, sobre todo porque incluso muchos países capitalistas protegen fuertemente sus sistemas financieros nacionales.

«Hay muchas maneras de analizar ese tema. Pero la realidad es que Cuba ha tenido durante décadas una de las bancas más controladas, más reguladas y más centralizadas del mundo, y aun así no ha funcionado. Llegamos al punto de tener tipos de cambio oficiales que no reflejaban la realidad económica y mecanismos contables completamente desconectados del mercado».

Joe García es mucho más abierto respecto a la participación de la banca internacional. Argumenta que vivimos en un mundo dolarizado y que el principal insumo financiero de la economía cubana son precisamente los dólares que llegan desde el exterior, aunque durante años el país haya tenido enormes dificultades para operar con ellos.

Insiste en que la convivencia de múltiples instituciones financieras podría beneficiar a la economía cubana. «Los gobiernos siempre intentan controlar los procesos económicos. El problema es que cuando se intenta controlar todo, muchas veces se termina sin controlar nada. Por eso considero que una banca más abierta puede generar oportunidades, atraer inversión y obligar a una gestión monetaria más responsable».

Mientras lo escucho, pienso que esta es una de las reformas que más preguntas abre sobre el futuro. ¿Hasta qué punto podría el Estado seguir orientando el crédito hacia sectores estratégicos? ¿Qué ocurriría con la ya creciente dolarización de la economía?  El impacto de esta reforma dependerá, no solo de quién pueda abrir un banco en Cuba, sino también de las reglas que definan cómo funcionará ese sistema financiero y del papel que conservará el Estado en una economía más abierta.

Para él, precisamente ahí se encuentra una de las discusiones centrales del futuro económico de la Isla. A su juicio, Cuba tendrá que replantearse el rol del Estado y concentrarlo en crear condiciones para la inversión y el desarrollo, más que en participar directamente como actor económico. «No considero que los gobiernos deban operar hoteles. La función del Estado debería ser crear las condiciones para la inversión, no convertirse en el principal inversionista».

Desde esa perspectiva, García considera que el país dispone de activos que podrían utilizarse de manera más estratégica. «Cuba posee una impresionante infraestructura hotelera para un país de su tamaño. Parte de esos activos podrían utilizarse para obtener recursos que permitan fortalecer sectores estratégicos como la agricultura, la educación o la salud». En su opinión, durante años se priorizó la inversión en el turismo mientras otras áreas productivas quedaban rezagadas.

La misma lógica la extiende a otros sectores de la economía. Argumenta que el Estado no debería administrar restaurantes ni mantener una participación directa en actividades donde la iniciativa privada podría operar con mayor eficiencia. Y afirma que los cambios recientes apuntan precisamente en esa dirección. Actividades que hasta hace poco permanecían bajo monopolio estatal han comenzado a abrirse a nuevos actores económicos, un proceso que puede generar desajustes iniciales, pero que también crea incentivos para la inversión, la competencia y una mayor eficiencia.

Por eso, concluye, «estamos llegando al final de una etapa».

La conversación me lleva entonces a una pregunta más amplia. Si las reformas económicas comenzaron hace más de tres décadas, desde la despenalización del dólar en los años noventa hasta las medidas actuales, ¿hacia dónde se dirige realmente este proceso? Porque el debate ya no parece ser si Cuba debe abrirse o no al mercado, sino qué tipo de economía quiere construir y cuál es el punto de llegada de esa transformación.

Para responder, Joe García recurre a conversaciones recientes con algunos de los economistas más reconocidos de la Isla. Cuenta que durante años les preguntó por qué determinadas recomendaciones técnicas nunca llegaban a implementarse. La respuesta, dice, era siempre parecida: los economistas pueden diseñar políticas, pero quienes toman las decisiones finales son los políticos. «Al final, es el Consejo de Estado quien toma las decisiones, y no siempre coinciden con lo que la economía necesita».

A juicio de García, la discusión económica cubana ha estado demasiado condicionada por las disputas ideológicas. Por eso insiste en que el debate debería concentrarse menos en los miedos o las preferencias políticas y más en identificar qué políticas generan resultados.

Por ahora, considera que la discusión sobre un modelo definitivo es secundaria frente a la urgencia de la crisis. Lo inmediato, sostiene, es aumentar la producción, ampliar la oferta y generar riqueza en una economía que atraviesa una situación extremadamente delicada. Antes de decidir qué sistema económico quiere ser Cuba, el país necesita encontrar mecanismos que le permitan volver a crecer.

¿Qué sectores crees que Cuba debería potenciar para levantarse económicamente?

Curiosamente, Joe no responde mencionando de inmediato la agricultura, el turismo o los puertos, temas que había destacado a lo largo de la conversación. Su primera respuesta apunta hacia algo menos visible, pero igual de decisivo: el financiamiento.

Explica que Cuba ha mantenido históricamente una relación limitada con muchas instituciones financieras multilaterales y que eso ha restringido sus posibilidades de desarrollo. En su opinión, organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo podrían desempeñar un papel importante en un eventual proceso de reconstrucción económica, aportando recursos para reactivar la producción, financiar inversiones y mejorar las condiciones de vida de la población.

Sin embargo, reconoce que los desafíos siguen siendo enormes y que nadie debería subestimar la magnitud de la crisis que atraviesa el país. Aun así, considera que Cuba ha comenzado a dejar atrás algunas de las trabas que contribuyeron a la situación actual. Lo que falta ahora, dice, es algo más difícil: construir una visión compartida sobre el futuro.

«Si el gobierno realmente ha decidido cambiar de rumbo, entonces corresponde a todos empujar en una dirección que beneficie no a un gobierno, ni a un grupo político, ni a un sector específico dentro o fuera del país, sino a toda la nación cubana».

El exilio quiere volver a participar

¿Qué papel crees que deberían desempeñar los cubanos de dentro y fuera de la Isla en la reconstrucción del país?

«Actualmente, parece que medio Miami aspira a la presidencia de Cuba. Y lo digo en serio: hay personas que realmente se creen su propio cuento. Tienen todo el derecho de aspirar, por supuesto, igual que cualquiera tiene derecho a ser excéntrico. Pero a veces parece que en Cuba harían falta menos cárceles y más psicólogos, psiquiatras y manicomios para algunos de los que se autoproclaman futuros presidentes», se ríe.

Para García, lo que viene no requiere solamente presidentes; requiere muchos cubanos comprometidos con hacer bien las cosas. «Cuando una persona mejora su vida, ayuda a su familia y fortalece a su comunidad, también está ayudando a su nación.

»Tenemos que aprender a convivir mejor, a ser más civiles unos con otros, a permitir que cada cubano encuentre su espacio y su papel en la reconstrucción del país. Algunos de nosotros no llegaremos a ver el final del camino, pero quizá sí veremos a otros avanzar hacia una Cuba más prometedora para las nuevas generaciones».

La idea de la reconstrucción aparece una y otra vez a lo largo de nuestra conversación. Y si Joe insiste en que todos los cubanos tendrán un papel en ese proceso, resulta inevitable preguntarse qué lugar ocupará una comunidad que durante décadas ha acumulado capital, experiencia empresarial y conexiones internacionales fuera de la Isla.

¿En qué sectores de la economía podría ser clave el empresariado cubanoamericano?

A García le emociona que las oportunidades son tan amplias que le resulta difícil enumerarlas todas. La banca ocupa un lugar destacado. Recuerda que Miami es uno de los principales centros financieros de Estados Unidos y concentra una importante experiencia en servicios financieros internacionales, un conocimiento que, a su juicio, podría resultar especialmente valioso para Cuba.

También menciona la logística, el comercio internacional y la intermediación empresarial, una actividad que durante años fue vista con recelo dentro de la Isla. Sin embargo, sostiene que buena parte de la economía global funciona precisamente gracias a redes capaces de conectar productores, consumidores, inversionistas y mercados.

A partir de ahí, la conversación vuelve una vez más a las ventajas estructurales de Cuba. García destaca el potencial turístico de la Isla, sus extensas tierras agrícolas, la ubicación estratégica de sus puertos y las oportunidades vinculadas a la aviación, la reparación naval, los servicios técnicos y otras actividades donde convergen la posición geográfica y el capital humano del país.

«Cuando uno se sienta a pensar en las posibilidades económicas de Cuba, el problema no es la falta de oportunidades, sino la cantidad de ellas», afirma.

Ese optimismo, sin embargo, choca con una pregunta incómoda. Durante décadas, buena parte del exilio cubano construyó su identidad política en oposición frontal al gobierno de La Habana y en especial a la familia Castro. ¿Cómo reaccionan ahora algunos empresarios cubanoamericanos al ver a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias «El Cangrejo», participando en conversaciones sobre el futuro económico del país?

Para García, la discusión ya no puede seguir planteándose en términos de vencedores y vencidos: «Hay un millón de cosas que me pueden molestar, pero tenemos que ser más serios ahora. Ya no estamos en una batalla ideológica. El mérito de nuestros argumentos ha sido reconocido, incluso por quienes fueron nuestros adversarios. La gran diferencia es que esos adversarios también son nuestros coterráneos».

A su juicio, el reto principal consiste en distinguir entre justicia y venganza. «La venganza nunca ha construido un país, nunca ha creado futuro y nunca ha generado oportunidades». Por el contrario, sostiene que la justicia implica crear las condiciones para que los errores del pasado no se repitan y para que sea posible construir un futuro compartido.

Esa visión, reconoce, exige aceptar contradicciones y asumir que cualquier proceso de transformación requerirá acuerdos imperfectos.

Recuerda una conversación reciente con un alto funcionario cubano. «Le dije que era difícil aceptar una invitación cuando el lobo invita a cenar a las ovejas. Y él me respondió: “¿Y quién es el lobo y quién es la oveja?”».

La anécdota resume, según García, uno de los principales obstáculos para la reconciliación: décadas de desconfianza mutua y narrativas enfrentadas. «Durante mucho tiempo al pueblo cubano se le enseñó que el enemigo éramos nosotros». Del mismo modo, admite que muchos exiliados tampoco comprenden completamente las realidades de quienes permanecieron en la Isla. Por eso insiste en que el objetivo no debería ser reabrir viejas batallas, sino encontrar un terreno común desde el cual avanzar. «Lo que queremos es abrir un nuevo camino y avanzar juntos hacia el futuro. Y eso exige que pensemos en términos de justicia y no de venganza».

Pero la reconciliación no es solo un desafío político o simbólico. También tiene una dimensión económica muy concreta.

A medida que se habla de una eventual apertura de Cuba al capital internacional, emerge una pregunta inevitable: ¿qué condiciones estarían dispuestos a exigir quienes podrían convertirse en algunos de los principales inversionistas del país?

Dentro del empresariado cubanoamericano y norteamericano no existe una posición única. Las visiones son diversas y, en ocasiones, profundamente contrapuestas. Mientras algunos consideran indispensable una apertura política más amplia antes de comprometer inversiones significativas, otros ponen el foco en asuntos económicos y legales pendientes, como la compensación por los bienes confiscados tras la Revolución de 1959.

Pregunto, entonces: ¿cuáles son las condiciones que deberían cumplirse para generar la confianza necesaria y convertir el interés en inversión real?

«Yo veo que las posibilidades son enormes, sea una economía estilo vietnamita, o china, o una economía a lo cubano». Pero para que sean aprovechadas enumera varias cuestiones. Primero que el gobierno cubano libere a los presos políticos. «Del segundo punto ya hemos visto los primeros pasos al liberalizar la economía. Lo tercero sería compensar a los norteamericanos porque es requerido por ley internacional, eso no me parece que es muy difícil y hay muchos sistemas de compensación que son perfectamente adecuados y tengo fuentes que indican que es una conversación en proceso, la compensación al menos por los negocios confiscados».

García aclara que no cree en eso de la compensación, «pero siempre y cuando sea de una forma donde esa deuda se convierta en valor, eso invita a todo tipo de oportunidad». Para él «lo único que tiene Cuba para dar es tierra, y la tierra no te la puedes meter en una maleta y llevársela a Miami, y tampoco pueden permitir que Cuba sea un gran latifundio de las personas a compensar. Por eso, si esas propiedades no son productivas, el Estado debe ponerlas a producir».

Las oscuras negociaciones

Justamente mi otra pregunta va en torno a los contactos para negociar entre Cuba y EEUU, de los que sabemos muy poco. Y hemos visto las filtraciones afirmando que el «Cangrejo» tiene cierto papel sin haber sido hasta este punto una figura relevante en la política cubana. Me pregunto: ¿quiénes crees que negocian y qué se negocia? Pero, sobre todo, me pregunto si esta apertura económica es un resultado de esas negociaciones.

«Para mí las medidasresponden a una combinación de factores», dice Joe.

«Cuba hizo algo que necesitaba hacer, pero también algo que coincide con las demandas de quien podría convertirse en su socio comercial más importante. Si lo puedes vender dos veces, hazlo. La realidad es que Cuba implementó estas medidas porque tenía que hacerlo, pero también porque convenía hacerlo en el contexto actual. Si lo hizo porque quería o porque se vio obligada, al final lo importante es que lo hizo».

Para Joe estos cambios eran necesarios desde hace mucho tiempo ya que el sistema había llegado a un límite. Enfatiza en que no es muy diferente de lo que ocurrió en la Unión Soviética, aunque Cuba tiene particularidades por su condición insular y por la forma en que ha administrado sus recursos, pero el agotamiento del modelo era evidente.

¿No crees que el esquema de sanciones es un factor importante aquí y que se trata de una relación coercitiva?

«Sin duda el embargo estadounidense ha sido un obstáculo importante. Pero también debemos reconocer que la Unión Soviética no tenía embargo y aun así tuvo que transformarse. China y Vietnam tampoco estaban sometidos a un embargo similar y reformaron sus sistemas económicos».

Entonces enfatiza que, si Cuba lo hizo porque quería, porque tenía que hacerlo o porque las circunstancias la empujaron a hacerlo, todas son razones válidas cuando conducen a lo que era necesario.

En ese sentido, argumenta que Cuba está a 90 millas de Estados Unidos y ese es el mercado natural para buena parte de lo que produce el país. «Además, una porción enorme de la nación cubana vive en esta orilla y constituye un factor decisivo para su futuro».

Hemos hablado de qué tiene que hacer el gobierno cubano, ¿pero qué tiene que hacer EEUU para que se logre este cambio en Cuba?

Los estadounidenses tienen que hacer tres cosas:

Primero: levantar las sanciones.

«Yo quiero que se entienda que esas son más sanciones de las que Estados Unidos le impuso a Rusia durante la Guerra Fría, más sanciones de las que ha impuesto a China en ningún momento. Cuba es probablemente el país más sancionado del mundo y, en muchos sentidos, sancionado por influencia de nosotros, los cubanoamericanos.

«Si el gobierno de Cuba da los primeros cuatro pasos que mencioné, sin dudas el gobierno norteamericano tiene que eliminar todas las sanciones, de raíz y por vía legislativa. Donald Trump es posiblemente el primer presidente que tiene el poder de hacer eso. Ningún otro presidente ha podido hacerlo, ya sea por razones políticas o por las circunstancias».

Joe explica que lo segundo que debe hacer EEUU es permitir que Cuba vuelva a integrarse a las instituciones multilaterales. «Cuba tiene que reincorporarse no solamente a la OEA, sino también al Banco Interamericano de Desarrollo, al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional, que ayudan a establecer disciplina fiscal y supervisión financiera».

La tercera condición sería que Estados Unidos le otorgue a Cuba un estatus comercial preferencial, con un sistema de aranceles inexistentes o muy reducidos. «Que Cuba, como muchos países del Caribe, tenga libre acceso al mercado norteamericano». 

Puntualiza, además, un tema que ambos países tienen que resolver: los aproximadamente 500.000 cubanos a quienes EEUU quiere devolver a la Isla. «Obviamente, si les han quitado el permiso de trabajo, si han restringido el acceso a la Ley de Ajuste Cubano y están deportando personas incluso a países tan lejanos como algunos de África o tan cercanos como México, es un tema que las partes tienen que zanjar».

No obstante, para él no se trata solo de que Cuba deba recibir a aquellos cubanos que quieran regresar, sino también de negociar que muchos de ellos permanezcan en suelo norteamericano «porque continúan aportando servicios, actividad económica y riqueza, como lo hacen hoy».

Soberanía, oposición y reconciliación nacional

A lo largo de toda la entrevista hemos hablado mucho de justicia. Sin embargo, cuando pensamos en los efectos reales que tuvieron las sanciones, el embargo o el bloqueo —como sea que lo llamen las partes— sobre la población cubana, surge una pregunta inevitable. Más allá de la disputa entre el exilio y el gobierno cubano, más allá de que se entienda como una estrategia de los exiliados para recuperar a su país, ¿qué pasa con el sufrimiento que implicaron las sanciones para los cubanos y cubanas que permanecimos en la Isla?

«La respuesta más sencilla sería decir que todos tenemos algún grado de responsabilidad. Pero si hablamos de quién tiene la responsabilidad principal sobre el bienestar del pueblo cubano, esa responsabilidad recae, antes que nadie, sobre el gobierno de Cuba».

Para Joe, los gobiernos encabezados por Fidel y Raúl Castro tuvieron múltiples oportunidades para buscar algún tipo de reconciliación con quienes quedaron del lado perdedor de la historia y no lo hicieron. «Todo gran proyecto nacional requiere comprender también a la oposición».

«Sí, nosotros tenemos responsabilidad por haber impulsado una política de sanciones. Pero también me pregunto: ¿qué otra herramienta resultaba efectiva? No queríamos una guerra ni un derramamiento de sangre. Nos quitaron la participación política, la voz y el voto; nos expulsaron del país. Las opciones eran limitadas: quedarse sentado viendo pasar el destino de Cuba o intentar influir de alguna manera».

»No es casualidad que tú y yo estemos teniendo esta conversación sobre Cuba desde fuera de Cuba. Muchas de las 176 medidas aprobadas recientemente habrían significado cárcel hace apenas seis meses. Y, sin embargo, también sabemos que una parte importante de esas medidas ya funcionaba de facto dentro del país».

¿Y no crees que la opción más sencilla para muchos exiliados habría sido simplemente rehacer sus vidas, ayudar a sus familias y seguir adelante?

«Claro. Eso fue precisamente lo que hicieron millones de cubanos. Reconstruyeron sus vidas, ayudaron a sus familiares y miraron hacia adelante. Pero hubo otro grupo que decidió dedicar décadas a intentar recuperar alguna voz en el destino de su país. Algunos lo hicieron con más intensidad, otros con menos, pero llevan más de 60 años tratando de influir en el futuro de Cuba».

En este punto de la conversación no estamos de acuerdo. Hay toda una historia que nos antecede. Fuimos un satélite de EEUU durante la mitad del siglo XX. El país con que el lobby cubano americano se alió para defender sus intereses políticos es el patrocinador de las guerras más sangrientas que la humanidad haya visto y si bien el gobierno de la Isla tiene una responsabilidad importante por no considerar cubanos a los que expulsó, al menos para mí el fin no justifica los medios. «Es una pelea de león pa mono», como decimos en Cuba.

Pero como mismo dentro de las condiciones para que se normalicen las relaciones entre EEUU y Cuba está la compensación a quienes fueron expropiados, me pregunto ¿dónde queda la reparación al pueblo que ha sufrido las sanciones económicas? Ojalá ese diálogo nacional tan necesario comience porque todas las partes reparen a los perdedores.

Joe, Estados Unidos ha mantenido históricamente una política intervencionista en América Latina. Hay numerosos ejemplos de intervenciones directas o indirectas, y muchos latinoamericanos consideran que Washington ha tratado a la región como su patio trasero. También existen casos como Puerto Rico, cuyo estatus sigue siendo objeto de debate. ¿Crees que al empresariado cubanoamericano y a la diáspora más politizada les preocupa realmente la soberanía de Cuba? ¿Quieren una Cuba independiente o una Cuba subordinada a Estados Unidos?

«Me parece que algo ha quedado claro en las posiciones de prácticamente todos los actores con influencia real, tanto dentro como fuera de Cuba: nadie está proponiendo eliminar la soberanía cubana. Eso incluye a los cubanoamericanos, a los cubanos que viven en otros países y también a buena parte de los actores políticos dentro de la Isla».

Pero ¿no existe un riesgo real? Cuba seguirá siendo un país pequeño a 90 millas de una superpotencia.

«Por supuesto que existe un riesgo. Siempre existe. Pero los Estados están hechos para asumir riesgos. Un barco está seguro dentro del puerto, pero los barcos no fueron construidos para permanecer en el puerto. Fueron construidos para navegar. Lo mismo ocurre con los países. Su misión no es únicamente preservar la soberanía. También deben generar prosperidad, ofrecer oportunidades y garantizar el bienestar de sus ciudadanos.

»Durante demasiado tiempo la estrategia cubana se centró exclusivamente en resistir. Y el resultado fue que el barco ni siquiera salió del puerto; chocó antes de zarpar. Todo Estado, especialmente uno pequeño situado junto a una gran potencia, debe aprender a navegar entre riesgos. Esa es la realidad».

Para Joe la primera soberanía es la capacidad de vivir con dignidad, participar en la vida de tu país y construir un proyecto personal dentro de él. Insiste en que cuando a un ciudadano le quitan todas las herramientas de participación; cuando le niegan la posibilidad de influir, disentir o proponer un rumbo diferente; cuando se criminalizan sus intentos de construir una alternativa, estamos ante un problema profundo.

«Todo ciudadano debería tener el derecho de imaginar un futuro distinto para su país y de defenderlo pacíficamente. Hay muchos lugares del mundo donde ese derecho todavía no existe. Y esa es una discusión que Cuba también tendrá que afrontar», sintetiza.

Después de las preguntas incómodas te lanzo una más cariñosa —le digo y se ríe—. ¿Te imaginas participando en política dentro de Cuba?

«Sinceramente, no estoy pensando en una carrera política. Ya estoy en una etapa distinta de mi vida. Además, veo a muchas personas jóvenes, talentosas y preparadas que podrían asumir esos roles».

Lo que Joe sí espera es que los emprendedores cubanos tengan cada vez más espacio. Para él, muchos han demostrado capacidades extraordinarias incluso en condiciones muy adversas. «Imagínate lo que podrían lograr si contaran con mayores libertades económicas y mejores condiciones institucionales.

»Quizá algunos de ellos también terminen participando en la política. Después de todo, quien ha sabido crear riqueza, generar empleo y resolver problemas en circunstancias difíciles puede tener mucho que aportar a la construcción del país.

»Lo importante es que el futuro de Cuba sea protagonizado por nuevas generaciones. Cuando pensemos en la Cuba del mañana, deberíamos imaginar un país liderado por personas que todavía tengan décadas por delante para dedicar su energía a construir una nación mejor».

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