Tropezar con la misma piedra
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Tropezar con la misma piedra

Nos sucede a todos. ¿Por qué hay conductas que repetimos aún cuando sospechamos el desenlace? Claro, muy en principio creemos que el resultado podrá variar porque es lo que queremos, pero, en realidad, si lo pensamos bien, muchas veces con tal antecedente y actuando de manera semejante deberíamos tener la idea de que probablemente obtendremos lo mismo de antes.

Pero no, intentamos, tropezamos de nuevo, y caemos. Volvemos a una relación de pareja o de «amistad» que ya nos hizo daño en el pasado, emprendemos el mismo negocio con las mismas herramientas, confiamos de nuevo en el conocido que defraudó nuestra confianza o reaccionamos de igual forma ante un conflicto y luego nos sorprendemos por obtener idéntica respuesta. No es el azar, probablemente seamos nosotros empeñados en lo que no tiene sentido a pesar de las tantas señales para desistir, o al menos cambiar de estrategia.

Algunos dirán que la persistencia premia con frutos. Puede ser, pero, ¿han escuchado la frase «si buscas resultados diferentes no hagas siempre lo mismo» atribuida al eminente físico alemán Albert Einstein (1879-1955)? Se puede insistir en un propósito —y dependerá del caso— pero variar el camino puede ser una opción positiva cuando anteriormente la historia salió torcida.

La expresión «tropezar con la misma piedra» describe, con bastante precisión, una de las contradicciones más humanas: saber que una cuestión no funciona y, aun así, querer volver a hacerlo y sufrir sus consecuencias, derrotado, sin aprender.

Este comportamiento es muy normal, no quiere decir que seamos tozudos por simple rasgo de terquedad. La psicología explica que muchas conductas se convierten en hábitos debido a que la repetición las vuelve cada vez más automáticas.

Estudios afines aseguran que «repetir una acción en un contexto determinado fortalece la asociación entre ese contexto y la respuesta», y, además, indican que conocer de forma racional las consecuencias no siempre basta para modificar una conducta. En investigaciones sobre el comportamiento humano también se refiere que los hábitos demuestran que lugares precisos, situaciones o señales pueden activar respuestas aprendidas incluso cuando ya cambiaron los objetivos conscientes.

¿Será, entonces, que actuamos en automático? Quizás así sea con el primer impulso en algunas situaciones si entendemos lo que sugieren los expertos sobre eso de que no siempre elegimos desde cero porque muchas veces respondemos a partir de lo que tenemos incorporado. Sin embargo, por otro lado, también intervienen las expectativas.

El cerebro no evalúa únicamente lo que ocurrió, se concentra en lo que espera que ocurra, en obtener una respuesta, no analiza muy bien la vía. Es por eso que una experiencia que ocasionalmente nos puede parecer gratificante puede hacernos mantener una conducta que, en términos generales, resulta perjudicial.

Además, cuando existe un fuerte componente emocional solemos ser porfiados, mientras una parte nuestra conoce bien lo que sucede, otra más fuerte se empeña en querer negarlo, en tapar el sol con un dedo, y repite. Ya lo sabemos, y no tiene nada que ver con la madurez, no queremos admitir que una elección fue equivocada. Ese paso de aceptación puede costar bastante.

Antes de aceptarlo puede pasar de todo. En un dos por tres pasamos de tropezar y caernos una vez a intentarlo de nuevo creyendo, de verdad, que será diferente. Desde afuera pueden llegar miles de advertencias, pero se necesitará un análisis —o golpe— muy fuerte antes que aceptar que no funcionará si no se cambia de estrategia.

Lo positivo de todo es que, aunque la psicología confirme que actuamos según la experiencia, las conductas aprendidas pueden modificarse, porque de ellas también aprendemos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) subraya que el comportamiento humano está condicionado por factores cognitivos, sociales y ambientales, y que comprenderlos permite diseñar mejores estrategias de cambio.

Tropezar con la misma piedra es de humanos. Y si la piedra está ahí, inamovible, quizá la dificultad consiste en percatarnos no solo en que hemos tropezado, claro está, sino en preguntarnos qué nos lleva hasta la mismísima piedra, una y otra vez. Debemos asumir que cambiar de actuar no siempre significa un quiebre de la voluntad, pero ante escenarios repetidos y malsanos conviene variar el contexto, identificar qué desencadena el «tropezón», interrumpir la respuesta automática, hacerlo consciente y buscar una alternativa.

Recordemos que no es extraño equivocarse dos veces, forma parte de la vida. Aprendamos con la experiencia y rompamos el patrón.

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