Tres voces y un dolor compartido
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Tres voces y un dolor compartido

Los familiares de los fallecidos son fieles guardianes de su memoria (Dora, Inés y Osvaldo).

Los familiares de los fallecidos son fieles guardianes de su memoria (Dora, Inés y Osvaldo).
Foto: cortesía de los entrevistados

El 6 de octubre de 1976, entre tantos significados, quedó como uno de los momentos más trágicos del deporte cubano. La alegría por el reinado regional de una prometedora generación de esgrimistas cambió el signo hacia la pérdida: no solo de los trofeos, sino también de la medalla más preciada, la vida. En esa comitiva aparecían las camagüeyanas Inés Luaces y Milagros Peláez, cuyas historias hoy reverenciamos.

Hay dolores que se heredan sin haberlos vivido. Inés Indira Luaces Machado nació en 1986, diez años después de que el avión cu-455 de Cubana de Aviación estallara en pleno vuelo frente a las costas de Barbados. Nunca vio a su tía. Sin embargo, lleva su nombre, su deporte y su memoria como quien porta una bandera que no puede dejar caer.

Dora María Machado Callejas, en cambio, sí conoció a Inés Luaces Sánchez. Coincidieron en la Escuela de Iniciación Deportiva (eide) y la recuerda elegante, juiciosa, consagrada en cuerpo y alma a su deporte, a su carrera.

A 50 años del crimen que segó la vida de 73 personas –entre ellas 24 esgrimistas juveniles que regresaban con todas las medallas de oro del Campeonato Centroamericano y del Caribe en Caracas, Venezuela–, las dos hablan desde el mismo dolor. Una cuenta lo que vio; la otra, lo que heredó. Y ambas coinciden en una certeza incómoda: Inés no se ha ido del todo, pero no hubo justicia.

Dora María no necesita cerrar los ojos para recordarla. Inés estaba en esgrima, ella en voleibol y eran del mismo curso en la eide. La recuerda responsable, entregada, consciente. «Los que se dedican al deporte suelen postergar los estudios. Pero en el caso de Inés, no. Ella estudiaba Estomatología y se graduaba en el curso cuando se tuvo que ir». La frase queda incompleta, como si el aire se negara a completarla.

Lo del sabotaje no le llegó por la televisión ni por la radio. Fue tarde, el comisionado de tiro con arco –compañero de trabajo del padrastro de Inés– tocó la puerta de la cuartería. «Cuando le dijo “tenemos que hablar” él salió para el pasillo, fue horrible la noticia y aquel hombre tenía que entrar a decírselo a la madre».

Dora relata la relación de Inés con la mamá: «Eran una. La única hija. Comprendo que después de esa noticia la vida nunca fue igual. Nunca fue igual». No habla solo de la familia, habla de todos los cubanos. «Eso nos lastimó a todos. El que tiene corazón se siente afectado con un hecho así». Y cuando menciona a los autores intelectuales, la voz se le carga de rabia: «Murieron libres de polvo y paja.

«El hermano de Inés –su único hermano– ya falleció y te puedo asegurar que desde aquel día nunca más fue el mismo». Dora lo recuerda con la precisión de quien compartió buena parte de su vida con él y fue testigo directo del dolor.

Inés Indira nació en 1986. Diez años después. Nunca vio a su tía, pero su nombre completo –Inés Indira Luaces Machado– es un acto de reparación que su abuela pidió.

«Como había perdido a su hija, le pidió a mi mamá ponerme el mismo nombre; además, me crió desde los siete meses hasta los 15 años, me dio ese amor y ese cariño de madre». Ella creció mirando y queriendo ser como aquella muchacha de la foto de mirada profunda, creció sabiendo que el 6 de octubre no era una fecha cualquiera.

A los 13 años entró en la eide Cerro Pelado, en el deporte de esgrima. «Tenía condiciones porque era alta y zurda como mi tía». Estuvo hasta noveno grado y luego fue a la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético, que además llevaba el nombre de Inés Luaces.

«Ha sido un orgullo estudiar con el nombre de mi tía. Cualquier persona del deporte me dice el primer nombre, Inés». Ella lo asegura con orgullo: «Seguí la misma línea, me hice profesora de Educación Física y me gradué de Licenciatura en Deporte.

«He tratado de continuar el ejemplo, de superarme, de llegar al nivel superior». Lo dice como quien cumple una tarea asignada hace mucho tiempo.

Inés Indira insiste en que el legado no se puede reducir a una fecha. «No podemos acordarnos solo del hecho cuando se acerca el 6 de octubre. No podemos cansarnos de denunciar el crimen».

Y Dora, desde su memoria de amiga, compañera, familiar, añade: «Inés fue una muchacha elegante, responsable, consagrada, estudiante de Estomatología, que se iba a graduar el año en que el odio apagó su vida. Una hija única. Una tía que nunca conoció a su sobrina, pero cuyo nombre esa sobrina lleva con orgullo».

Tras 50 años de la muerte de Inés Luaces, dos mujeres –la que la conoció y la que heredó su nombre– siguen esperando lo mismo: que el país no olvide, que los niños sepan, que el sexto día de octubre siga siendo un día para el recuerdo y la denuncia.

LA ESPERA DE UNA BIENVENIDA TRANSFORMADA EN DESPEDIDA

Muchos sueños sobreviven únicamente en la memoria de un deseo, pero algunos apenas abren los ojos cuando les niegan el derecho de serlo. Con la alegría del oro por equipos y el subtítulo individual en Caracas, los anhelos de la esgrimista Milagros Peláez Cuesta cayeron al mar.

El avión provocó una herida que nunca cicatrizará. A los 74 años, Osvaldo Peláez González la siente sangrar como una estocada eterna. El hermano aún reside en Esmeralda, Camagüey, como si todavía la esperase, aunque el tiempo lo obligó a aceptar la certeza de jamás volver a verla.

La evoca como «la más morenita. Debido a una demora en el parto, las orejitas se le pegaban cuando dormía de costado, me narraba mi mamá. Era muy avispada y juguetona, andábamos juntos porque era la más chiquita hasta el nacimiento de Noesla.

«En 1963 murió nuestra madre Flor María Cuesta y nos afectó, especialmente a las dos más pequeñas. Milagros entonces tenía seis años y nos separamos.

«Enviaron a Xiomara a Matanzas; a Noesla y a mí para el municipio cabecera con el padre; mientras, Sol Ángel, Ana María y ella se quedaron con la abuela. En 1964 Xiomara regresó a Esmeralda y comenzó a reunirnos.

«Ella recibía el apoyo de sus allegados. La alentaban para que fuera alguien en el mundo y actuaba lo mejor posible, dedicada a romper prejuicios relacionados con la orfandad».

Siempre mereció respeto y admiración gracias a su consagración a los estudios, la disciplina y la responsabilidad. «Me comentó que quería optar por la carrera del deporte para trasladar su ejemplo a los demás.

«Entró a la eide en el voleibol, pero los profesores Broche y Farno vieron su somatotipo y la pasaron a la esgrima. Entrenaba fuerte, me confesaba su sueño de ser campeona olímpica para contarles a sus hijos, a su familia y a las nuevas generaciones».

Tras participar en varias ediciones del Torneo Ramón Fonst in Memoriam y en lides internacionales con sedes como México, Bulgaria, Checoslovaquia, la República Democrática Alemana y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, encontró la oportunidad de confirmar su crecimiento en Venezuela.

Sin embargo, las preseas nunca llegaron: quedaron sepultadas en el océano, junto al futuro. «Me enteré porque a las 2:25 de la mañana vino a visitarme Vinicio Quevedo, el presidente del Inder provincial. Me preguntó con quién estaba, le respondí que con mi abuelita y me dijo: “Vamos a casa de tu hermana mayor”, donde nos unimos todos.

«El 9 de octubre salimos del aeropuerto de Camagüey hacia la capital, nos llevaron al Hotel Habana Libre y después a la Plaza de la Revolución. Resultó lo más grande que pueda pasar una persona, pero el pueblo resistió esas fechas de dolor».

La crueldad jamás repara en cuántas bienvenidas convierte en despedidas definitivas. «En nuestra última conversación me expresó: “Ya le he traído regalos a mis hermanas; eres el único varón y quiero que el día 6 estés en la terminal para recibirme, traigo lo tuyo”.

«Ella pensaba organizar una reunión con la familia el 14 de ese mes, en su cumpleaños 19, para anunciar que se iba a casar con Leonardo Mackenzie, de Las Tunas, otro esgrimista fallecido en el crimen de Barbados».

Ante los ojos de la mayoría transcurrió medio siglo, a los asesinos el tiempo nada les importa, pero otros debieron aprender a seguir sin una mano que los ayudaba a hallarle sentido a cada segundo de su camino.

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