Transformar la economía, un reto de todos
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Transformar la economía, un reto de todos

Hay países que atraviesan las crisis mirando el futuro. Y hay países que, cuando la crisis se prolonga demasiado, comienzan a mirar hacia la salida. Cuba conoce demasiado bien esa diferencia.

Hoy, mientras unos hacen colas, otros hacen cuentas. Mientras una familia espera la leche de un niño, otra instala un panel solar para enfrentar el próximo apagón. Mientras alguien busca un medicamento, alguien más descubre que puede comprarlo en una farmacia privada. Mientras un trabajador cobra un salario mayor que años atrás, descubre que el dinero le alcanza para menos.

Y mientras todo eso ocurre, en una terminal, en un aeropuerto o frente a la pantalla de un teléfono, un joven prepara su partida. No todos se van porque dejaron de amar a Cuba. Algunos se van porque dejaron de encontrar aquí una respuesta para una pregunta demasiado sencilla: ¿cómo voy a construir mi vida? Esa pregunta debería inquietarnos más que cualquier cifra migratoria.

Porque detrás de cada joven que se marcha hay mucho más que una estadística. Hay una escuela que lo formó. Una familia que lo crió. Un barrio que lo vio crecer. Un título universitario. Amigos. Amores. Una infancia. Y una tierra que, aunque abandone físicamente, probablemente seguirá llevando consigo.

Por eso este no es solamente un momento de crisis económica. Es un momento de preguntas. Preguntas sobre el país que tenemos. Sobre el país que queremos. Y sobre el camino que estamos tomando para llegar hasta él. Porque Cuba está cambiando.

Y esta vez el cambio no ocurre solamente en los discursos. Está en la economía. Está en los negocios. Está en los precios. Está en los salarios. Está en la relación entre el Estado y los actores privados. Está en las nuevas formas de asociación. Está en las empresas estatales que reciben mayores facultades. Está en las farmacias privadas. Está en los mercados. Está, incluso, en la manera en que entendemos aquello que durante décadas llamamos planificación.

Las 176 medidas forman parte de ese intento de transformar la economía cubana. Y sería demasiado simple decir que son buenas o malas. Son, sobre todo, una respuesta a una realidad que ya no podía seguir funcionando de la misma manera. Cuba necesita producir más. Necesita generar riqueza. Necesita atraer inversión.

Necesita recuperar capacidades productivas. Necesita que las empresas funcionen con mayor eficiencia. Necesita nuevas formas de gestión. Necesita aprovechar el talento y la iniciativa que existen en su gente. Y por eso se abren espacios que antes eran impensables. El actor privado puede asociarse con el estatal. Las empresas tienen mayores posibilidades de decisión. El mercado adquiere un papel mayor. Aparecen nuevas formas de propiedad y gestión.

El Estado modifica su papel. No desaparece. Pero cambia. Y ahí comienza una de las discusiones más importantes de nuestra Cuba actual. Porque cambiar era necesario. Pero cambiar también tiene consecuencias. Cuando el mercado gana espacio, aparecen oportunidades. Pero también puede aparecer desigualdad.

Y ya podemos verla. Está en quien tiene capital y quien tiene solamente su salario. En quien recibe remesas y quien no. En quien puede invertir y quien espera el próximo pago. En quien tiene un panel solar y quien permanece a oscuras cuando falla el sistema eléctrico. En quien puede pagar determinados servicios y quien depende de aquello que ofrece el Estado. No se trata de condenar a quien logró prosperar. Todo lo contrario. Que una persona pueda crecer, emprender y mejorar su vida debería ser una buena noticia.

La pregunta es otra: ¿qué pasa con quien no tiene las mismas posibilidades para comenzar? Porque una sociedad puede generar riqueza y, al mismo tiempo, hacerse más desigual. Y esa es una contradicción que Cuba no puede ignorar. Sobre todo porque hablamos de un país cuya Revolución puso durante décadas la igualdad y la justicia social en el centro de su proyecto.

Por eso las 176 medidas no deberían mirarse únicamente desde la necesidad de hacer crecer la economía. También debemos mirarlas desde la necesidad de proteger al que menos tiene. Porque necesitamos inversión. Pero también necesitamos justicia. Necesitamos empresas eficientes. Pero también trabajadores protegidos. Necesitamos iniciativa privada. Pero también igualdad de oportunidades. Necesitamos crecimiento. Pero no un crecimiento que deje atrás precisamente a quienes más necesitan salir de la crisis.

Y ahí está uno de los grandes desafíos. Abrir caminos sin abrir abismos. Porque no basta con crear oportunidades. Tenemos que preguntarnos quién puede aprovecharlas. Y qué hacemos con quienes quedan fuera. La misma contradicción aparece cuando hablamos de salarios. Sí, los salarios han aumentado. Pero cualquiera que salga a comprar sabe que una cifra mayor no siempre significa una vida mejor.

Porque si el salario sube y los precios corren delante, el aumento desaparece antes de llegar a la mesa. Y entonces el problema deja de ser cuánto gana una persona. El problema es qué puede comprar con lo que gana. Ahí es donde la economía deja de ser una tabla.

Se convierte en una madre haciendo cuentas. En un padre decidiendo qué producto llevar. En un jubilado guardando dinero para el medicamento. En una familia preguntándose si podrá comprar lo necesario para el regreso a clases. En un niño que aprende demasiado pronto que hay cosas que no se pueden comprar.

Y aparece otra pregunta incómoda: ¿de qué sirve un precio topado si el producto no aparece? Porque el pueblo no vive de resoluciones. Vive de la comida. De la leche. De los medicamentos. Del transporte. De la electricidad. De las escuelas. De un salario que alcance. De poder entrar a un establecimiento y encontrar lo que necesita. Y cuando eso falla durante demasiado tiempo, algo más profundo comienza a romperse. La confianza. La sensación de que el futuro puede ser mejor que el presente. La esperanza. Porque la esperanza no es decirle a una madre que tenga paciencia. La esperanza es conseguir que mañana tenga una razón concreta para sentirse menos preocupada.

No podemos pedirle a un joven que crea en el futuro mientras él solamente ve dificultades para construirlo. No podemos pedirle que se quede por patriotismo si no le damos posibilidades para vivir dignamente. No podemos confundir el amor por la patria con la obligación de sacrificarse eternamente. Quedarse también necesita razones. Y quizás esa sea la pregunta más importante de todas:

¿Qué Cuba estamos construyendo para nuestros jóvenes? Una Cuba donde puedan estudiar, pero también trabajar. Donde puedan trabajar, pero también prosperar. Donde puedan emprender, pero sin que el capital sea la única llave. Donde puedan formar una familia sin sentir que tener hijos significa condenarlos a las mismas dificultades.

Donde puedan mirar un aeropuerto y no sentir que allí comienza necesariamente su futuro. Porque yo no quiero una Cuba donde nuestros jóvenes se queden porque no pudieron marcharse. Quiero una Cuba donde puedan decir: “Puedo irme si quiero. Pero también puedo quedarme.” Y quedarse signifique vivir. Crear. Amar. Trabajar. Tener hijos. Prosperar. Envejecer cerca de los padres.

Volver a casa y sentir que el esfuerzo tuvo sentido. Por eso defender la Revolución hoy no puede significar afirmar que todo está bien. Tampoco significa desconocer sus conquistas ni ignorar el peso del bloqueo. Significa tener la valentía de defender lo que todavía vale la pena y transformar aquello que ya no está funcionando.

Porque rectificar no es rendirse. Rectificar también es revolucionar.

Una Revolución que no escucha sus contradicciones corre el riesgo de convertirse en en una defensa del pasado. Y una Revolución que escucha al pueblo puede encontrar en sus propias dificultades las razones para renovarse. Las 176 medidas pueden abrir una puerta. Pero abrir una puerta no basta. Tenemos que decidir qué ponemos detrás de ella. ¿Más producción? Sí. ¿Más inversión? Sí. ¿Más iniciativa? Sí. ¿Más eficiencia? También.

Pero junto a todo eso tiene que existir una pregunta que no podemos abandonar: ¿Cómo hacemos para que el crecimiento económico se convierta en bienestar y no solamente en riqueza para quienes tienen más posibilidades? Porque el mercado puede ser una herramienta. Pero no puede decidir cuánto vale una persona. Y el Estado puede cambiar su manera de gestionar. Pero no puede renunciar a proteger. Ese equilibrio será una de las grandes pruebas de esta Cuba. Una Cuba que necesita cambiar sin perder de vista para quién quiere cambiar.

Porque detrás de cada medida hay una persona. Detrás de cada precio hay una familia. Detrás de cada salario hay una mesa. Detrás de cada negocio hay alguien intentando prosperar. Y detrás de cada maleta hay una despedida. Por eso la esperanza no puede seguir siendo una palabra que utilizamos para pedirle al pueblo que aguante.

La esperanza tiene que poder tocarse. En la leche de un niño. En un medicamento disponible. En una escuela que funcione. En un salario que alcance. En una casa con electricidad. En un campo que produzca. En un trabajador que pueda vivir de su trabajo. En un joven que pueda mirar hacia el futuro sin sentir que para encontrarlo tiene que abandonar su país. Yo todavía creo en Cuba.

Pero no quiero una esperanza ingenua. Quiero una esperanza con los ojos abiertos. Una esperanza capaz de reconocer el bloqueo y también nuestros errores. Capaz de reconocer las oportunidades y también las desigualdades. Capaz de defender la Revolución y, precisamente por defenderla, exigir que sea capaz de cambiar. Porque quizás la verdadera victoria no sea conseguir que un joven no se vaya.

La verdadera victoria será que, pudiendo irse, encuentre aquí razones para quedarse. Y quizás la verdadera defensa de la Revolución no sea pedirle al pueblo que siga resistiendo. Sea demostrarle que todo ese sacrificio puede convertirse en futuro.

Porque Cuba está cambiando. La pregunta ya no es si va a cambiar. La pregunta es: ¿para quién cambia, quién podrá aprovechar ese cambio y qué haremos para que nadie quede atrás?

Esa es la conversación que necesitamos. Sin miedo. Sin consignas fáciles. Sin negar lo que hemos construido. Sin cerrar los ojos ante lo que todavía duele. Porque una Revolución no se defiende congelándola en el tiempo. Se defiende haciendo que sus principios sigan teniendo sentido en la vida de la gente. Y para eso no basta con pedir esperanza. Hay que construir las razones para tenerla.

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