
Hablar de Benny Moré es hablar de Cuba, es hablar de esa mezcla única de son, bolero, mambo y guaracha que solo un genio con el alma llena de ritmo podía parir. Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez, nacido un 24 de agosto de 1919 en Santa Isabel de las Lajas, fue mucho más que un cantante, fue la voz de un pueblo, el sonero mayor, el bárbaro del ritmo.
Hijo de una familia humilde y el mayor de 18 hermanos, El Benny,como cariñosamente lo llamaban, no tuvo una vida fácil. A los 16 años ya cortaba caña en el central Jaronú y vendía frutas y hierbas medicinales para sobrevivir. Llegó a La Habana escondido en un camión de verduras, cantando en bares y cantinas donde muchas veces lo echaban para que no molestara a la clientela, pero el talento no se esconde, se presentó en el concurso «Corte Suprema del Arte» de la emisora CMQ y, aunque en un primer intento le tocaron la campana de forma humillante, volvió y ganó.
Nació un 24 de agosto de 1919, a las siete de la mañana, en el barrio de Pueblo Nuevo, Santa Isabel de las Lajas. Allí, en ese «rincón querido» que él mismo inmortalizaría en una de sus canciones más famosas. Fue el mayor de dieciocho hermanos, hijo de una familia humilde que apenas podía darle de comer, pero la pobreza no pudo con el genio que llevaba dentro.
Su historia musical empezó muy temprano, a los 14 años ya componía sus propias canciones; «Desdichado» fue su primera obra. Aprendió a tocar la guitarra y el tres de forma completamente autodidacta y nunca aprendió a leer una partitura. Él mismo se definía como un «analfabeto» en materia musical, pero lo que le faltaba en teoría, le sobraba en oído, en sentimiento y en esa capacidad única para improvisar que lo convertiría en leyenda.
A los 17 años, en 1936, dejó su pueblo y se fue a La Habana a probar suerte, allí sobrevivió vendiendo frutas y hierbas medicinales. No era una vida fácil, llegó a la capital escondido en un camión de verduras, cantó en bares, en cafés, en prostíbulos, donde lo echaban para que no molestara a la clientela. Pasó cuatro años vagando por La Habana, con una guitarra que había comprado en una casa de empeños, hasta que un día, en 1940, la suerte llamó a su puerta.
Se presentó en el concurso «Corte Suprema del Arte» de la emisora CMQ. La primera vez le tocaron la campana de forma humillante y lo sacaron del programa, pero volvió, insistió, y ganó, eso le abrió las puertas de la radio. Poco después, Siro Rodríguez, miembro del legendario Trío Matamoros, lo escuchó cantar y quedó deslumbrado, lo contrataron como suplente.
Con los Matamoros viajó a México en 1945, allí causó sensación. Se presentó en los mejores centros nocturnos y en la XEW, una de las emisoras más famosas de México. Cuando el grupo regresó a Cuba, Benny decidió quedarse y fue en México donde adoptó el nombre artístico de «Benny», en honor al clarinetista estadounidense Benny Goodman, a quien admiraba profundamente. Allí también compuso «Bonito y sabroso», su primera grabación, y contrajo matrimonio con la mexicana Margarita Bocanegra, musa de su canción «Dolor y perdón».
En México se unió a la orquesta de Dámaso Pérez Prado, el Rey del Mambo y allí, en tierra azteca, su fama creció como la espuma. Grabó, actuó en 16 películas del cine mexicano y se convirtió en una estrella antes de serlo en su propia tierra.
A su regreso a Cuba, ya era un mito, fundó su propia orquesta, la legendaria Banda Gigante, con más de 40 músicos. Actuó en la ceremonia de entrega de los Premios Oscar, grabó discos que se vendían como pan caliente y se ganó el apodo de «El Bárbaro del Ritmo» de la mano del locutor Ibrahim Urbino, de la RHC Cadena Azul. También lo llamaban «El Sonero Mayor de Cuba», porque su son montuno no tenía rival.
Pero la vida de Benny también estuvo llena de excesos y anécdotas que alimentaron su leyenda. Se cuenta que apenas dormía, que su vida bohemia y trasnochada lo llevaba a presentaciones recurrentes y a una intensidad que pocos podían soportar.
Fue filántropo, también. Se ofreció a recaudar dinero para reparar los inmuebles de Sagua de Tánamo, bombardeados por la aviación de Batista. Tenía un corazón tan grande como su voz y aunque su vida sentimental fue intensa, se le atribuyen ocho hijos y seis parejas, su verdadero amor siempre fue la música.
El 19 de febrero de 1963, con apenas 43 años, el Bárbaro del Ritmo se apagó para siempre. El hígado, el alcohol, la vida sin freno, pero su música no murió. Sus canciones «Cómo fue», «Bonito y sabroso», «Qué bueno baila usted», «Cienfuegos», «Yiri yiri bon», «Maracaibo oriental», «Santa Isabel de las Lajas» siguen sonando en cada rincón de Cuba y del mundo.
Benny fue el genio que no sabía leer música pero le puso ritmo al alma de un pueblo. El hombre que nació en la pobreza, que vendió frutas en las calles de La Habana, que se escondió en un camión para buscar un sueño, y que terminó siendo el más grande de todos. No supo de partituras, pero supo de corazón y eso, al final, es lo único que importa., volvió y ganó.


