Nadie nace un solo día. Porque nacer es irle dando forma a la existencia con pequeños puntos de inflexión, a ratos quiebres; pequeños nacimientos que tienen como única fecha de caducidad, quizá, la muerte.
Se nace cuando se respira por primera vez, se nace cuando se aprende a sonreír, se nace al caminar, se nace al hablar, se nace al leer y al escribir, se nace al encontrar de pronto la certeza de la ternura, y cuando se da un beso, y cuando se ayuda a que otros nazcan, ya sea en su primera o en su vigésima ocasión.
Los países, las naciones, los grupos humanos… también nacen muchas veces: cuando hallan algo que los une, aún en las circunstancias más dolorosas; cuando deciden caminar hacia determinado destino, cuando se escriben y cuando se leen, cuando se cantan y se encantan. A veces cuando empiezan una guerra y a veces cuando la terminan. En general, un pueblo nace cada vez que se encuentra.
Puede que la cultura sea un poco eso, nuestros procesos de ir naciendo, de ir haciendo, como dijera el poeta, camino al andar.
Desde la lingüística hasta la antropología, existe una larga preocupación por rastrear los significados de cultura. Por un lado, buscando la traza etimológica, con semillas en el latín que hablan de cultivar, cuidar, honrar; y por otro, la potencia de sus entendimientos, incluso para abordar el comportamiento de nuestras actuales sociedades.
En cualquier caso, casi siempre se aborda con determinado distanciamiento, como quien observa desde una normalidad, desde un centro, las contradicciones y complejidades de la turbulenta periferia, como si quien la describiera no tuviese algo –igualmente contradictorio y complejo– también llamado cultura.
Por eso no está de más dejarse llevar por la pasión cuando se dice «cultura nuestra», que es como gritar una fe de vida propia. Cultura nuestra, vida nuestra, renaceres nuestros y mundo nuestro también, con bandera, himno e historias que nos conmueven casi por igual; con lomas, mar, llanos, hospitales y cementerios; con un abanico compartido de formas para entender.
No han sido pocos ni tibios los intentos de quitarnos el derecho a eso. Porque la cultura también tiene su correlato político, y entiéndase por político las formas de organizar las vidas, las fuerzas, los desencantos, las felicidades y los renaceres de las personas.
Intentar negar la pertenencia a –y de– una cultura, es la práctica heredera de aquella que intentaba demostrar quiénes eran más humanos que quién, y hasta quiénes, de facto, no lo eran. Y es, a fin de cuentas, una actitud digna, como mínimo, de cierto grado de sospecha.
Porque como escribiera Roberto Fernández Retamar en su duelo contra los garroteros de nuestras conductas calibanezcas, «poner en duda nuestra cultura es poner en duda nuestra propia existencia, nuestra realidad humana misma, y por tanto estar dispuestos a tomar partido en favor de nuestra irremediable condición colonial, ya que se sospecha que no seríamos sino eco desfigurado de lo que sucede en otra parte. Esa otra parte son, por supuesto, las metrópolis, los centros colonizadores, cuyas “derechas” nos esquilmaron, y cuyas supuestas “izquierdas” han pretendido y pretenden orientarnos con piadosa solicitud. Ambas cosas, con el auxilio de intermediarios locales de variado pelaje». (Texto y foto: Granma Digital)


