A 76 años de la primera señal televisiva en Cuba, el debate sobre el medio no puede quedarse en los apagones y la tecnología.

El 24 de octubre de 1950 llegaron las primeras imágenes y sonidos a los telerreceptores en La Habana. La fecha invita a mirar atrás con respeto. A quellos canales de los años 80 y durante décadas más adelante, la pantalla para la familia fue el centro de la vida del hogar, el lugar donde se aprendía, reía y soñaba. Pero la conmemoración también obliga a mirar el presente sin autocomplacencia.
Celebrar la historia no puede ser un ejercicio de nostalgia que oculte la realidad. Hoy la televisión que tenemos no es la que muchos cubanos quisiéramos y las razones no son un misterio.
El verdadero examen es otro: ¿a quién le habla hoy la pantalla cubana, y por qué muchos dejaron de verla?
He seguido con atención la investigación social en este medio, donde como coordinador de la Consultaría e Investigación Social (Cis) en la Isla de la Juventud, entrego mi apreciación del asunto.
El estudio más reciente del Cis que caracterizó los hábitos de la población correspondiente a 2024 confirmó que la televisión sigue siendo el medio más utilizado en el tiempo libre, con niveles de exposición que oscilaron entre el 71,6 % y el 95,9 % de los encuestados, pero también que la insatisfacción con la oferta es creciente.
En 2025, la mirada del Cis se ha desplazado hacia segmentos específicos, como es la infancia, y en el 2026 sobre los programas que más se ven, con una competencia feroz de las plataformas digitales. Es decir, la pantalla cubana conserva presencia, pero ya no ejerce la influencia de antaño.
El dato no sorprende. Basta recorrer cualquier demarcación o barrio para comprobar que los molestos apagones, la crisis económica a la cual estamos sometidos por este bloqueo atroz y la migración de las audiencias hacia otras plataformas han reconfigurado por completo los hábitos de consumo.
La televisión e internet se mantienen como las opciones más utilizadas en los hogares, pero la balanza se inclina cada vez más hacia la pantalla que no depende de la red eléctrica ni de la programación oficial. Opciones a los cuales no solo recurren las nuevas generaciones y debe ser observada con preocupación.
A mi juicio, las causas del descenso son múltiples y se retroalimentan. La más evidente es la situación electroenergética: sin corriente no hay televisor que funcione y los horarios de transmisión se vuelven irrelevantes cuando la señal llega a destiempo o no llega.
En la Isla de la Juventud, los reportes de apagones de 12 horas diarias se han vuelto parte de la vida cotidiana. Pero hay factores igualmente profundos para no ignorar. Los análisis críticos coinciden en que la parrilla de nuestro telecentro ha ido perdiendo los espacios que antaño lograban récords de audiencia, y sin un soporte tecnológico que garantice la producción y puesta de los programas en un tiempo más prolongado, con posibilidades para sus televidentes, este objetivo no será cumplido.
La escasez de recursos para producir y la competencia que marcan el “paquete semanal” y las plataformas digitales completan un cuadro en el que la pantalla dejó de ser la única ventana y, para muchos, dejó de ser la ventana principal. La investigación académica sobre televisión local en Cuba ya ha advertido que la migración de las audiencias a internet amenaza la supervivencia de estos medios y que los canales exhiben carencias para atraer públicos a sus plataformas digitales.
Sin embargo, reducir el diagnóstico a la queja parecería injusto con quienes, desde esta ínsula, sostienen el medio con creatividad y compromiso. El telecentro Isla Visión, inaugurado el 13 de agosto de 1987 por iniciativa del Comandante en Jefe, es un ejemplo de resistencia activa que conozco de cerca.
Con una parrilla de programas semanales y limitaciones materiales y humanas severas, llegó a alcanzar en el 2024, el tercer lugar en el Festival Nacional de Telecentros, con premios en espacios juveniles, musicales, documentales e informativos. Sus realizadores han tenido que hacer frente a la escasez de combustible, recursos y de equipamiento, y aún así logran arribar a este aniversario con loables resultados y un acercamiento a las problemáticas sociales más urgentes de la población pinera.
Ese esfuerzo no borra las limitaciones, pero demuestra que la televisión local conserva un capital humano y una capacidad de invención nada despreciables. Isla Visión ha sido, además, el canal a través del cual los pineros hemos recibido importantes informaciones, lo que evidencia su papel como fuente primaria de información en este contexto de crisis.
Ahora bien, la pregunta que verdaderamente importa no es cuántos apagones tenemos ni cuánta tecnología nos falta. La pregunta es para quién transmitimos. Y la respuesta, hoy, resulta incómoda.
Por eso creo que se impone una mirada crítica y propositiva a la vez. Crítica, para reconocer sin eufemismos que la televisión perdió centralidad, que los apagones la han vuelto intermitente y que la programación debe reconectar con los gustos y las necesidades reales de la gente. Propositiva, para entender que la crisis económica no exime de repensar el medio: recuperar el entretenimiento y la ficción, apostar siempre por los telecentros como espacios de proximidad, aprovechar las alianzas con el sector no estatal y las plataformas digitales y formar a los realizadores en los nuevos lenguajes audiovisuales.
Como ha señalado la investigación académica, la televisión local ya encuentra en YouTube y en las redes sociales una oportunidad para contar lo cercano con criterios de proximidad e interacción con la población.
La televisión cubana que cumple 76 años no necesita, a mi entender, un brindis triunfal. Necesita una conversación rigurosa sobre su presente y su futuro. Necesita que quienes la hacen desde los estudios de Isla Visión hasta los canales nacionales sientan que nuestro trabajo periodístico importa y que quienes la ven o la dejaron de ver encuentren motivos para volver.
En un contexto tan difícil, recuperar la pantalla no es un lujo: es una forma de defender también la memoria, la pineridad, la identidad, y el derecho a imaginar un país que se reconozca en sus propias historias.
La televisión que fuimos fue grande porque supo hablarle a su tiempo. La que podemos ser depende de que nos atrevamos a responder, sin miedo y sin consignas, la pregunta que hoy no podemos seguir evitando: ¿para quién transmitimos?
(*) ColaboradorOtros artículos del autor:
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