Liliam Lee: la fuerza de una generación fundadora
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Liliam Lee: la fuerza de una generación fundadora

Nacida en 1970 en Nueva Gerona, Liliam Lee Hernández lleva en su historia la resonancia de otra mayor: la de una Isla que se reinventó tras el paso devastador del ciclón Alma y la convocatoria de junio de 1966, cuando Fidel llamó a miles de jóvenes a poblar y reconstruir la antigua Isla de Pinos. Su madre, oriunda de Villa Clara, y su padre, natural de Guantánamo, respondieron a ese llamado y llegaron desde La Habana, con la esperanza de forjar un nuevo destino.

Foto: Cortesía de la entrevistada

Aquel proyecto, considerado uno de los más ambiciosos de la Revolución en los ámbitos agrícola, habitacional, industrial y cultural, definió el porvenir de miles de familias y afianzó la pineridad con entrega y responsabilidad. En ese crisol de esfuerzos y sueños emergió Liliam, heredera de un legado que convirtió al municipio especial en símbolo de aquella época de transformación y empeño.

Su adolescencia y juventud transcurrieron entre los pasillos de las escuelas 14 de Junio y José Maceo, espacios donde se moldearon buena parte de los sueños y la disciplina de todo un grupo de estudiantes. “Me considero parte de aquella primera generación que nació aquí en la Isla y se entregó por completo”, afirma con probada convicción.

Allí aprendió a mirar el mundo con curiosidad y una insaciable sed de conocimiento, cualidades que la condujeron, en 1988, a la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana. Al graduarse en 1993 tuvo que retornar, pero esta vez casada con un habanero, y gracias al cariño y al respaldo de los suyos, logró consolidar su propia familia. Recuerda con emoción el nacimiento de sus dos hijos, momentos que vivió con la misma intensidad con la que, desde el primer minuto, se entregó a su profesión.

Su primera experiencia laboral, en el área de relaciones públicas del polo turístico Cayo Largo del Sur, fue apenas un preludio. El verdadero despertar profesional llegó con la elección del periódico Victoria, donde atendió el sector cultural y fue testigo de la transición de la máquina de escribir Robotron 24 a la computadora. “El periódico me marcó infinitamente; allí comencé a caminar en este fascinante mundo de la prensa”, confiesa con gratitud.

“Llegué al semanario en 1994, nunca me sentí una recién graduada relegada, me involucré en todos los procesos y me ayudaron”.  Durante seis años compartió interminables jornadas con colegas como Mayra Lamotte, Pedro Blanco, Karelia, Quiala, Diego, Olguita, Raúl, Diana y Pepe, en un ambiente que describe tan familiar como formativo.

“Fue una etapa de proyectos comunitarios, de incesante producción gráfica y largas noches entre el salón de redacción, el laboratorio de fotografía, diseño y el poligráfico Pablo de la Torriente Brau, donde la pasión por la palabra se mezclaba con el dulce aroma del café, la entrega, las alegrías y una envidiable camaradería. Quizás con el paso del tiempo no recuerde algún que otro nombre, pero físicamente los tengo a todos muy presentes.

“Diana, una excelente persona y diseñadora. La veo aún en su mesa de trabajo, explicando y motivándonos siempre a superarnos. El Victoria era un verdadero centro formador: llegábamos muy jóvenes y allí nos moldeábamos. Cada día aprendíamos, sobre todo nutriéndonos de la experiencia de los mayores. Margarita, la administradora, era incansable, el verdadero caballito de carrera, capaz de hacerlo todo. Me sentía en familia, y en realidad lo éramos.

“Las tiradas nocturnas eran espectaculares. En la planta baja del poligráfico, junto a la máquina rotativa, nos integrábamos plenamente al proceso para alcanzar el objetivo. Era un trabajo con plomo: extraer letra por letra y luego fundirlo de nuevo. Aunque no era nuestra responsabilidad directa, bajábamos y participábamos junto a matrizadores, cajistas, impresores y linotipistas en cada etapa. Revisábamos las planas para asegurar que todo quedara impecable. Nos manteníamos involucrados hasta el final y concluíamos sin importar la hora.

“Después se puso en marcha la tirada del Semanario en dos colores, realizada en el Combinado de Periódicos Granma, en La Habana, ahora con una calidad notablemente superior. La dirección confió en mí para participar en esas impresiones: siempre debía ir alguien, y yo acudí en múltiples ocasiones. No se trataba únicamente de enviar el periódico; había que estar presente, encima de la producción, hacer la prueba de las planas porque era, en cierto modo, nuestro hijo. Todos, aunque desde aquí permanecían muy pendientes, no podían participar directamente en ese proceso.”

“Recuerdo una anécdota: en uno de los viajes se trastocaron las páginas y yo llegué a casa de madrugada, feliz con mi periódico bajo el brazo, convencida de que todo había salido perfecto porque esa edición incluía un suplemento. William, mi esposo que también trabajó en el Victoria, aunque entonces residía en La Habana, lo revisó y me advirtió que la ocho no estaba en su lugar y que el suplemento no había quedado en las centrales. Imagínate lo que significaría que llegara así a la Isla.

“Finalmente se decidió recomponerlo y realizar nuevamente la tirada; al final, por suerte, la edición se recibió bien y, a pesar de todo, allí me tranquilizaron con frases como: ‘Son pocos ejemplares, no es lo mismo que el Granma, que imprime muchos miles y debe trasladarse a todo el Occidente del país’. De esa manera, y gracias al esfuerzo colectivo, logramos salvar el error, que para mí fue una falla gravísima, inolvidable. Aún hoy no sé qué ocurrió exactamente, pero aquello me marcó para siempre”, afirma.

“Las relaciones interpersonales en el Victoria trascendían las paredes. Conocíamos al detalle a las familias de Karelia, de Mayra, de Rivero, de todos. Nos uníamos en actividades y nadie faltaba, el colectivo completo participaba; éramos una unidad, nos relacionábamos de manera excelente. Así es como lo recuerdo, así es como lo siento”, acentúa.

“Fue una etapa de mi vida en la que me estaba formando; allí me alentaban, me aconsejaban, y todo eso permanece en mí, reflejado en el desarrollo profesional que he alcanzado.”

“En el periódico viví experiencias novedosas. Al director se le ocurrió la creación del primer suplemento Canarreos, hecho desde y para las comunidades, que realizamos en La Victoria. Cuando estuvimos en el poblado ya tenía conmigo a mi hijo más pequeño, José Williams, que también nos acompañó. Fue como vivir una aventura: recorrimos las vaquerías, conversamos y convivimos con los pobladores y nos alimentamos durante dos días en sus casas. Una vivencia única, muy interesante.

“Sergio siempre rebosaba de iniciativas, que luego desarrollaba junto a un equipo excepcional capaz de responder con creatividad y dedicación. Fueron tiempos que guardo en mi memoria con especial afecto.”

Entre sus recuerdos más intensos figura también el apoyo incondicional del director: “Mi mamá falleció y ese hecho desencadenó mi regreso a La Habana, pero él me ayudó mucho con el traslado. No sé qué hizo esta vez, pero lo logró. Y pude viajar con mi madre esa misma noche en el avión”. Un gesto que conserva como un símbolo de respeto y amistad verdadera.

En el año 2000 se estableció definitivamente en La Habana y comenzó en la redacción del programa Buenos Días, sumergiéndose entonces en cada proceso. Más tarde pasó Al Mediodía. Su carrera tomó velocidad: atendió las relaciones públicas de la Federación Filatélica, transitó por distintas redacciones y participó en múltiples espacios informativos hasta que en 2016 fue enviada a la cadena multinacional Telesur, en la República Bolivariana de Venezuela, donde durante más de dos años dirigió equipos de trabajo.

Desde 2018 ejerce como jefa de grupo en Canal Caribe, asegurando la salida al aire de los noticieros desde el mediodía hasta la emisión de cierre.

“Fue todo muy intenso. Tener a mis dos hijos fue una suerte que la Isla me regaló. En esa oportunidad conté con el apoyo incondicional de la abuela paterna, a quien agradezco profundamente, porque con el ajetreo que llevé en La Habana, en aquel momento era casi imposible”.

Liliam pertenece al gremio que forjó una cultura de compromiso y excelencia. Su vida y obra se inscriben en esa línea, capaz de proyectar lo nuestro con rigor y profesionalidad, hacia escenarios nacionales e internacionales.

Se reconoce como una mujer exigente, frontal y leal con su equipo de trabajo: “La verdad siempre por delante, aunque resulte dura”. Acepta que, en ocasiones, le cuestionan la forma de expresar las cosas, pero su prioridad es que el trabajo se cumpla con rigor. Al final, los resultados hablan por ella y confirman su manera de hacer.

En el camino de Liliam se funden las vivencias íntimas de su familia. El apellido Lee, tantas veces malinterpretado, mucho más que un dato genealógico, es un signo de identidad que distingue su trayectoria y laboriosidad. Remite a su abuelo, quien llegó a Cuba por Guantánamo y simboliza la descendencia china que enriqueció la pluralidad cultural de la nación. Para Liliam, reivindicarlo es honrar la memoria familiar y reafirmar su vínculo con una comunidad que aportó diversidad y vigor a la cubanía.

Hoy, con más de tres décadas de ejercicio profesional, Liliam Lee Hernández es una periodista de sólida formación y vasta experiencia, cuyo recorrido refleja una ascendente evolución desde el periódico Victoria, al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), TeleSUR y Canal Caribe. Orgullosa, reconoce con gratitud: “El Victoria fue una escuela que me aportó mucho, no lo olvido y lo guardo siempre en lo mejor de mi corazón”. Son palabras que resumen, con sencillez y hondura, un oficio consagrado a la comunicación, en plena sintonía con la máxima de Alejo Carpentier: “El periodismo es una maravillosa escuela de vida”.

 

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