
Para que un artista llegue a ser considerado entre las figuras patrimoniales de un país, no basta con que se le identifique como un talento mayor, ni que tenga una abarcadora capacidad de trabajo, con la que puede alcanzar altas cotas de popularidad.
Hace falta, además, ese extra que le viene dado por la naturalidad para expresar los sentimientos durante la apasionada entrega a sus quehaceres artísticos. Ese es el caso del compositor y cantante Ramón Veloz (16 de agosto de 1927 – 16 de agosto de 1986), quien hace cuarenta años nos dejara, y con su adiós, un emotivo legado que va mucho más allá de la misma música que cultivó.
Es verdad que era dueño de una hermosa y melodiosa voz de tenor con la que interpretaba lo mismo tangos que boleros; pero era muy especial su modo de cantar la guajira, género con el que tanto nos emocionó y con el que acrecentó el respeto por la cultura propia del campesinado.
Cuando cada domingo en el antológico programa televisivo Palmas y Cañas se escuchaba la exclamación: «¡Ramooón!, ¡el guateque!», los televidentes sintonizaban con la carismática personalidad de Veloz, quien compartía la conducción del espacio con la cantante Coralia Fernández, su compañera en la vida.
Con la interpretación de temas de su autoría, como Linda guajira y Patria querida o el clásico de Eduardo Saborit Cuba que linda es Cuba, Ramón ratificaba de un modo muy personal, que no hay comunión que nos acerque más a los otros que el sentimiento. Y era tal el amor por Cuba que anidaba en su alma de artista, que nos lo trasladaba a todos, a través de una vibrante autenticidad, ya fuéramos amantes del jazz, de la música clásica o de cualquier otro género.
Al honrar la memoria de Ramón Veloz, se nos acrecienta el orgullo de ser cubanos, ese orgullo que tanto transmitió desde sus canciones, cantadas con el corazón.
