Contaba Eduardo Galeano que Juan Carlos Onetti le dijo un día: «Mirá, pibe, si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, hubiera llegado a ser director de la banda del pueblo». La frase revela una verdad inquietante: el talento necesita circunstancias para concretarse. No basta con poseer una determinada capacidad, una sensibilidad excepcional, una inteligencia fuera de lo común. Hace falta que las circunstancias permitan que esas capacidades se desarrollen.
Beethoven, nacido en otro lugar, en otras circunstancias, quizá habría sido director de una banda de pueblo. O quizás un comerciante con buen oído musical. Lo verdaderamente perturbador es pensar que pudo haber tenido exactamente el mismo talento y que nadie, ni siquiera él, hubiera llegado a saber hasta dónde podía llegar.
La historia está llena de casualidades que terminaron adquiriendo la dimensión de causalidades. Un encuentro fortuito, una decisión tomada casi al azar, un viaje que se hizo o se suspendió, una persona que apareció en el momento preciso: acontecimientos pequeños, a veces insignificantes, capaces de abrir o cerrar caminos que nadie podía siquiera imaginar.
De cuando en cuando me pregunto qué habría ocurrido si determinadas cosas no hubieran sucedido como sucedieron. ¿Cuánto habría cambiado la historia si aquella persona no hubiera estado allí, si aquella conversación nunca hubiera tenido lugar, si aquel acontecimiento hubiese tomado otro rumbo? Nos acostumbramos a contemplar el pasado como si hubiera sido inevitable, pero basta modificar uno de sus elementos para descubrir que pudo haber sido de otra manera.
Quizás algunos de los grandes acontecimientos que hoy consideramos imprescindibles fueron, en su origen, apenas una posibilidad entre muchas.
Lo mismo ocurre con nuestras propias vidas. Si uno reconstruye hacia atrás el camino recorrido, descubre una sucesión de casualidades que parecen haber ido conduciéndonos hasta el lugar donde estamos. Las personas que conocimos y las que no conocimos, los lugares a los que llegamos, las oportunidades que aprovechamos o dejamos pasar, incluso aquellos acontecimientos que en su momento parecieron irrelevantes, fueron cerrando unas puertas y abriendo otras.
El camino que seguimos es apenas uno entre una infinitud de caminos posibles. Y resulta curioso que solo podamos verlo así después de haberlo recorrido, cuando ya no existe la posibilidad de regresar al punto en que una decisión pudo haber sido diferente.
Se me aparecen preguntas incómodas: ¿hasta qué punto nuestra voluntad determina nuestro destino? ¿Cuánto hay de elección en lo que somos y cuánto de circunstancias que nos precedieron y sobre las cuales no tuvimos ninguna posibilidad de intervenir? Pensemos incluso en algo tan elemental como el nacimiento de una persona. Para que exista un gran artista, un escritor, un músico, un científico, tuvieron que encontrarse antes dos seres humanos determinados, en un lugar y un momento determinados. Si sus padres no se hubieran conocido, por cualquier razón, esa persona no habría existido.
Pero tampoco sabemos cuántas otras posibilidades quedaron canceladas: cuántas personas que nunca nacieron pudieron haber desarrollado una sensibilidad extraordinaria, cuántos libros no escritos, cuánta música no compuesta, cuántas ideas que habrían cambiado algo quedaron para siempre fuera de la historia porque las circunstancias necesarias para que existieran jamás llegaron a reunirse.
La historia solo puede ocuparse de lo que ocurrió. A la literatura, al arte, a la imaginación les corresponde entonces asomarse a ese territorio inmenso de lo que pudo haber ocurrido y no ocurrió.
Y están los accidentes. Esos golpes inesperados de la existencia que pueden alterar una vida de manera definitiva. Una enfermedad, una guerra, una muerte prematura pueden interrumpir una obra cuando todavía estaba lejos de concluir.
En esos casos, la pregunta por lo que pudo haber sido adquiere una dimensión particularmente dolorosa. ¿Cuántas obras extraordinarias quedaron sin escribir, cuántas músicas sin componer, cuántos descubrimientos sin realizar porque alguien murió demasiado pronto? Hay una parte de la creación humana que conocemos y otra, infinitamente mayor, que apenas podemos imaginar porque quedó sepultada junto a quienes pudieron haberla producido.
Vuelvo a Beethoven. Podemos escuchar su Novena Sinfonía, contemplar la magnitud de sus últimos cuartetos y preguntarnos qué habría ocurrido si su vida y sus circunstancias hubieran sido otras. ¿Cómo habría sonado una Décima Sinfonía de Beethoven? ¿Qué caminos habría tomado su música? ¿Qué habría descubierto él mismo, y qué habríamos descubierto nosotros a través de él?
El mundo que conocemos está hecho también de todas esas posibilidades perdidas, aunque no tengamos manera de saber exactamente cuáles fueron. Somos consecuencia de innumerables casualidades y, al mismo tiempo, causa de algunas de las cosas que todavía no han sucedido. Vivimos dentro de una trama que nos precede y nos trasciende, pero eso no significa que nuestra voluntad sea inútil.
Podemos no elegir las circunstancias que nos tocaron, pero sí decidir qué hacemos con ellas; podemos no controlar el destino, pero nuestras acciones, nuestros intereses, nuestros compromisos y nuestros empeños participan en su construcción. Tal vez la libertad consista tener claro precisamente eso: nuestro camino es uno entre millones de caminos posibles, pero cada paso que damos puede convertirse en una circunstancia decisiva para alguien, para algo más.

