Otra salva de porvenir
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Otra salva de porvenir

Hemos vivido todas las décadas de nuestras vidas oteando el futuro. El futuro nunca se cansó de llamarnos. Silvio Rodríguez nos convidó a creerle cuando lo invocaba. El futuro siempre se nos presentó como la instancia de consagración por excelencia: el espacio temporal donde cobrarían forma todas las “utopías” que nunca (o casi) dejaron de serlo.

El futuro en boca de todos: mesías, líderes, poetas, farsantes… La palabra perdió valor semántico, pero quienes más provecho sacaron del deterioro lingüístico son los políticos que lo prometieron y acto seguido, una vez alcanzada su meta inmediata (digamos el poder) olvidaron la promesa. El descrédito creció porque lo descrito en la oración anterior fue lo más común. Quienes aspiramos a un mundo con menos injusticia no podemos prescindir del futuro como plataforma virtual de realizaciones: lo convocamos para el día en que sea presente erguido sobre esfuerzos y metas concretadas, deudor de un pasado nutriente de valores históricos. Esa es la alternativa: trabajamos por el futuro o quedamos huérfanos de motivos para luchar.

“Los artífices intelectuales de una revolución tan radical como la nuestra (…) nos pusieron el futuro en la médula de los días y rápidamente tuvimos escuelas, hospitales, reforma agraria, beneficios sociales para todos (…) Quien lo niegue, miente: esa fue la realidad de los primeros años de la Revolución…”

Los poetas nos hemos referido al futuro siempre como posibilidad, o como su antítesis, a la que nos ha dado por llamarle utopía. La poetisa polaca Wislawa Szymborska asumía el futuro como una construcción temporal que se desvanecía en el momento justo de acontecer, por eso expresó: “Cuando pronuncio la palabra Futuro, / la primera sílaba pertenece ya al pasado”. [1] El inmenso Walt Whitman, por su parte, lo asumía como una estancia donde se establecería la comunicación plena, imposible en su sombrío presente: “Yo no hago más que escribir una o dos palabras para el futuro. /Solo me adelanto un instante, para retornar luego a las sombras.” [2] Roberto Fernández Retamar, sin embargo, desde su militancia revolucionaria, le concede opciones al porvenir, aunque desde su mirador cotidiano lo visualice y lo salude con una salva: “No existen las hazañas ni los horrores del pasado. / El presente es más veloz que la lectura de estas mismas palabras. / El poeta saluda las cosas por venir / Con una salva en la noche oscura”. [3]

Los artífices intelectuales de una revolución tan radical como la nuestra también prometieron plenitud en el futuro, y lo concretaron en la cotidianeidad como nadie nunca antes lo había hecho en nuestros países del Tercer Mundo; nos pusieron el futuro en la médula de los días y rápidamente tuvimos escuelas, hospitales, reforma agraria, beneficios sociales para todos; se prometía algo hoy y ya mañana comenzaban las obras para conferirle expresión concreta. Quien lo niegue, miente: esa fue la realidad de los primeros años de la Revolución: nunca antes el pasado como historia inspiradora, el presente como plataforma de esfuerzos y el futuro como realizaciones concretas integraron el todo unitario que caracterizó (y al que aún aspira) la dinámica revolucionaria.

Cada día nos hacen más complicado el empeño. Se basan en la fuerza bruta, la mentira y la extorsión. Imagen: Tomada de Prensa Latina

Tanto quienes nos saquearon y sometieron en un pasado como los que hoy pretenden hacerlo, lo más que han logrado con sus políticas coloniales y neocoloniales, o de bloqueo y agresión es ponernos el futuro un poco más distante, pero nunca apartarnos de los afanes por llevar el hoy hasta sus puertas. Nada nos obligará a no proyectar para mañana mismo el repertorio de sueños que han alimentado nuestro bregar en pos de la prosperidad, la soberanía y la justicia social.

Cada día nos hacen más complicado el empeño. Se basan en la fuerza bruta, la mentira y la extorsión. De manera abrupta y con total descaro acuden hoy con más fuerza que nunca al pronunciamiento prepotente de quienes se creen dueños del tiempo y las voluntades humanas. Esgrimiendo sofismas demagógicos, desde las tribunas y el consorcio mediático que los sustenta, van demoliendo, a burdos y ciegos porrazos, cualquier espíritu global de cooperación y paz.

“Considero que debemos seguir aferrados a la palabra futuro, porque siempre será posible. Asumamos el futuro como el momento en que todas las utopías pierden sentido al devenir realizaciones”.

El futuro debe tener otro rostro, aunque no sabemos si habrá cirugía plástica que le recomponga las sajaduras con que dañan sus carnes: la mentira asiste a la prepotencia y ambas, con su filo cortante, devastan lo proyectado, lo construido y el día a día de quienes seguimos inventándonos un mañana. La apuesta por un porvenir resulta ineludible para los revolucionarios, pues con la radicalización forzada de la miseria los ideólogos de la dominación imperial nos inducen la equívoca sensación de que futuro y utopía son sinónimos.

En el lenguaje revolucionario hemos asumido, orgullosamente, y creo que también un poco astigmáticamente, el término utopía como meta a alcanzar. Es un concepto que se mueve en terreno minado en tanto porta el germen de lo irrealizable. Considero que debemos seguir aferrados a la palabra futuro, porque siempre será posible. Asumamos el futuro como el momento en que todas las utopías pierden sentido al devenir realizaciones. Por duros que sean los días que hoy vivimos, no dejemos que nos arrebaten el futuro. Seguimos convocados a conquistarlo.

Referencias:

[1] Wyslawa Szymborska: “La tres palabras más extrañas”, en El gran número. Fin y principio y otros poemas, Ediciones Hiperión S.L, Madrid, 1997, p. 102.

[2] Walt Whitman: “Poetas futuros”, [en línea, disponible en https://ciudadseva.com/texto/poetas-futuros/, fecha de consulta, 26 de julio de 2026].

[3] Roberto Fernández Retamar: “Una salva de porvenir”, en Todo Retamar. Vol 1. Ediciones Bachiller, La Habana, 2023. p. 414.

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