Detrás del mapa con el que Donald Trump cubrió de banderas estadounidenses a Canadá, México, Groenlandia, Islandia y territorios del Caribe, aparece una disputa mayor por la representación y el control del hemisferio occidental
Donald Trump publicó el pasado 7 de septiembre una imagen en Truth Social en la que extensas zonas de América del Norte, Centroamérica y el Caribe, además de Groenlandia e Islandia, aparecían cubiertas por la bandera estadounidense bajo la denominación de “United States of America”.
La publicación no estuvo acompañada de una explicación sobre su significado. Sin embargo, su divulgación bastó para colocar nuevamente el mapa en el centro de una discusión política la cual trasciende la geografía.
Este no es un episodio aislado. Desde el inicio de su segundo mandato, Trump ha convertido los nombres geográficos en parte de su agenda política: un claro ejemplo de sus intenciones de dominación.
Para nadie es un secreto que también el mandatario estadounidense ha vinculado su política exterior con la llamada doctrina “Donroe”, una reinterpretación de la doctrina Monroe, formulada en 1823 con el objetivo de justificar la hegemonía estadounidense sobre las Américas. Los cambios de nombre aparecen en documentos oficiales y en servicios cartográficos dentro de Estados Unidos, mientras que en otros países se mantiene el uso tradicional.
En enero de 2025 firmó una orden ejecutiva para restaurar denominaciones que su administración considera vinculadas con la grandeza del país. Entre ellas, estuvo el cambio del Golfo de México por Golfo de América. La disposición instruyó al Departamento del Interior a realizar las acciones correspondientes dentro de la plataforma continental estadounidense.
La misma lógica reapareció recientemente con el lago Ontario. Una orden ejecutiva de agosto estableció su denominación como Lago América en las referencias oficiales del gobierno federal estadounidense. La medida volvió a colocar un espacio geográfico compartido con Canadá dentro de una decisión unilateral de Washington. Así, la designación dejó de ser un asunto estrictamente cartográfico para convertirse en parte de un discurso político sobre la representación del espacio.

Una herramienta de provocación política
El procedimiento resulta significativo porque un nombre puede parecer una cuestión menor frente a los grandes conflictos internacionales, aunque también puede convertirse en una manera de proyectar poder, y -viniendo del inquilino de la Casa Blanca- esa es una clara intención.
El mapa se convierte así en un instrumento de provocación, porque consigue llevar al terreno visual aquello que de otro modo requeriría complejas declaraciones políticas. Una bandera sobre un territorio comunica en segundos una idea de pertenencia. Un nombre nuevo intenta instalar otra referencia. Una publicación puede producir una sensación de avance territorial sin que exista una modificación jurídica de las fronteras.
Ese matiz resulta esencial en la interpretación de la estrategia. La provocación puede ser una herramienta eficaz para dominar la agenda, pero su eficacia comunicativa no debe confundirse con capacidad para imponer la realidad. Esa diferencia explica también el rechazo que ha generado la política de este presidente.
Cuba ofrece quizá uno de los ejemplos más significativos. El archipiélago también aparece bajo la bandera estadounidense del mapa en cuestión. La respuesta del presidente Miguel Díaz-Canel dejó claro el principio de independencia y rechazó cualquier posibilidad de retorno a una condición colonial. La posición cubana se conecta además con una memoria histórica en la que la soberanía y la autodeterminación ocupan un lugar central.
México, por su parte, ha mantenido esa posición frente a las distintas iniciativas de la administración estadounidense. La presidenta Claudia Sheinbaum ha insistido en el carácter libre, independiente y soberano de su país y ha defendido la necesidad de mantener el diálogo con Washington frente a las diferencias existentes. Esa postura adquiere especial relevancia cuando el territorio mexicano aparece representado dentro de una imagen que lo sitúa bajo la bandera estadounidense.
Canadá ha hecho algo semejante frente a la insistencia de un llamado Estado 51. Ottawa ha defendido su independencia y ha adoptado medidas destinadas a fortalecer su soberanía económica en medio de una guerra de aranceles declarada por el Inquilino de la Casa Blanca. En septiembre, el gobierno canadiense reiteró su compromiso con la defensa de sus intereses económicos y una relación con Estados Unidos basada en el respeto a la soberanía canadiense.
Groenlandia planteó una situación distinta, pero conduce al mismo punto. Trump ha expresado interés en el territorio y su administración ha colocado el Ártico dentro de sus prioridades estratégicas.
Islandia ofreció una respuesta todavía más concreta. Después de que el país apareciera cubierto por la bandera estadounidense, el gobierno islandés convocó al embajador estadounidense. La canciller Thordis Kolbrun Reykfjord Gylfadottir consideró inapropiada la iniciativa, mientras la primera ministra, Kristrún Frostadóttir, la calificó de absurda.

Cuando la realidad impone límites
La diferencia entre representación y realidad resulta fundamental para entender el alcance de esta política. Trump puede construir desde Washington una determinada imagen del continente: México puede aparecer dentro de una proyección cartográfica estadounidense. Cuba puede ser incluida en ella. Canadá, Groenlandia o Islandia pueden estar igualmente bajo la bandera de Estados Unidos, pero la reacción de sus gobiernos demuestra que la imagen no determina su posición política.
Más que un episodio aislado, el mapa puede leerse a la luz de una política la cual, desde el comienzo de su segundo mandato, ha colocado la expansión del poder estadounidense en el centro de varias de sus iniciativas. El actual presidente estadounidense ha reclamado el Canal de Panamá y llegó a proponer que Washington asumiera el control de la Franja de Gaza. A ello se suman los cambios de denominaciones geográficas y, más recientemente, esta representación cartográfica la cual extiende la bandera estadounidense sobre buena parte del Hemisferio.
Tomadas en conjunto, estas acciones permiten advertir una concepción de las relaciones internacionales en la que soberanía, territorio y poder aparecen sometidos a una lógica de expansión de los intereses de la Casa Blanca.
No se trata de afirmar que cada declaración vaya a convertirse necesariamente en una anexión, sino de reconocer que la reiteración de estas propuestas ha dejado de parecer un hecho aislado para configurar una política de presión y demostración de fuerza.
La capacidad de provocar, sin embargo, no equivale a capacidad en la transformación de la realidad. Las fronteras internacionales no cambian porque un presidente publique una imagen. La soberanía de un Estado tampoco desaparece porque su territorio sea coloreado con otra bandera. Como lo demuestra la reacción de Cuba, México, Canadá, Groenlandia e Islandia, la imagen no determina la posición política de los pueblos.
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