América Latina podría pagar un alto precio por la sumisión que algunos gobiernos están mostrando hacia Israel
Hay amistades que matan, y las exhibidas hoy por ejecutivos latinoamericanos, entre ellos la Argentina de Javier Milei y los gobiernos conservadores de Ecuador y Perú, con el régimen sionista de Israel, tiene todos los visos de ser una tragedia en tres actos.
Lo que los aparatos de propaganda intentan vender como una inocua y luminosa “cooperación bilateral para el desarrollo” no es sino una reedición, con ropajes del siglo XXI, de un viejo y siniestro mecanismo de subordinación colonial.
Bajo el sello de los llamados “Acuerdos de Isaac” –promovidos con fervor de converso por el presidente argentino Javier Milei desde finales del pasado año– se esconde la pretensión explícita de convertir a nuestra América en una extensión de los intereses de Tel Aviv.
Inspirados en los infames Tratados de Abraham que condicionaron a varias naciones árabes, la versión criolla busca normalizar la barbarie y convertir a la región en el patio trasero no solo del imperio estadounidense, también directamente de su gendarme en Medio Oriente.
No se trata de diplomacia, sino de un cheque en blanco. La receta pactada en cumbres regionales y oficinas parlamentarias resulta tan clara como peligrosa, al contemplar la entrega abierta de la soberanía en áreas tan sensibles, entre las que se encuentran, la gestión del agua, la minería crítica o el ciberespionaje militar.
A cambio, los gobiernos conservadores reciben tecnología de vigilancia probada sobre el pueblo palestino, lista para ser empleada contra la protesta social, la oposición política y el periodismo independiente en sus propios países.
La paradoja roza el cinismo y presenta al mayor violador del derecho internacional como el “salvador” de la seguridad regional frente al narcotráfico y el terrorismo.
Con el objetivo de lograr este cometido, la estrategia no prescinde del barniz ideológico. La manipulación de la fe mediante el llamado “sionismo evangélico” y la adopción de definiciones ambiguas sobre el antisemitismo buscan penalizar cualquier atisbo de solidaridad con Palestina o de crítica frente al genocidio en Gaza.
La meta es instaurar una caza de brujas legal y mediática que penalice el pensamiento crítico y quiebre la histórica vocación de América Latina como Zona de Paz.
Sin embargo, la memoria latinoamericana aún conserva las cicatrices de las décadas de 1970 y 1980, cuando el régimen israelí fue el proveedor clandestino de armas, radares y tácticas contrainsurgentes de las dictaduras militares de Chile, Argentina, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, justo cuando las denuncias por violaciones de los derechos humanos incomodaban incluso a sus socios en Washington.
El patrón hoy simplemente se repite y ante el aislamiento mundial de Tel Aviv, la derecha regional acude a prestarle respiración artificial a un Estado cuestionado globalmente.
El abismo entre las decisiones de estas élites subordinadas y el sentir de los pueblos latinoamericanos es cada vez más profundo.
Pretender que la dignidad continental se negocie en los despachos de Tel Aviv no solo es una traición a la causa palestina; es, fundamentalmente, una amenaza directa a la independencia real y a la soberanía de la Patria Grande.
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