
Foto: Dilbert Reyes Rodríguez
DAZU, China.–De pie, bajo el alero estrecho de un tradicional pórtico chino, pensaba en cómo saltar al aguacero, hacia el bosque.
«Llueve mucho allí, pero no te vayas a perder ningún detalle: hay una historia en cada uno. Tampoco te pierdas la sopa ácida».
Sobre el primer peldaño de la escalera de piedra que baja hacia un sendero de medio kilómetro de grutas y farallones recordé el consejo de mi amigo antes de irme a Chongqing. En efecto, llovía a cántaros, pero para entonces ya sabía que no era un infortunio.
Me las arreglaría para manejar la cámara y el paraguas sin resbalarme en el limo porque, aunque quieras, no pones atención a la roca del suelo. Toda, absolutamente toda la atención se te vuelve asombro cuando esa misma roca se levanta ante tus ojos, imponente, en majestuosas paredes talladas de figuras que cuentan no la historia más antigua de China, sino un resultado de ella, un periodo que abrazó, de modo inédito, las tres raíces filosóficas más hondas de esta nación-civilización: el budismo, el confucianismo y el taoísmo.
Son las cavernas rocosas de Dazu, un complejo escultural labrado en las montañas al noroeste de la ciudad de Chongqing (centro sur de China), entre los siglos VII y XIII, durante las dinastías Tang y Song. Declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, en 1999, lo integran 75 sitios protegidos que, en cinco agrupaciones intrincadas de montes irregulares (Baodingshan, Beishan, Nanshan, Shizhuanshan y Shimenshan), son como un friso gigantesco de más de 50 000 esculturas rupestres y unas 100 000 inscripciones en acantilados y cuevas.

LA IDEA DEL HOMBRE
Entre tanto verde espeso no se adivina el tesoro que aguarda sino hasta el primer recodo en la ladera. Dos deidades aparecen de pronto por encima de las cabezas: una perfectamente humana, sentada sobre una cabra; otra no tanto, de varios brazos, a lomo de león. También sobre las cabezas, como la lluvia, se precipitan las primeras inscripciones: «Se quema incienso en el tesoro verde», y entendemos que entramos, pequeñitos, no al entramado colosal de bosque y gruta, más bien al incensario ritual de una generación.
Es la puerta a la serie escultural de la montaña de Baodingshan, el más amplio y variado repertorio del complejo. Cada metro, desde allí, es una crónica distinta representada en la piedra: pastores, vacas, cabras, demonios, monjes, ofrendas, guerreros, dioses, animales mitológicos, ideas… ¿la idea del hombre?
Se raja la roca al cabo de una escena pastoril y, lo que simula un accidente geológico, se abre a la penumbra de una sala para la invocación. Hay un hombre en el centro, hincado de siglos, y a su alrededor, desde el suelo hasta la alta piedra abovedada, los tronos de las divinidades a las que pide.

Toda su cosmovisión parece derramarse en los hombros que ruegan, así como la lluvia cuando vuelves al camino. Queda todavía más claro: que llueva no es un infortunio.
Más figuras humanas revelan las piedras, a veces en fila, a veces sin orden aparente, con tamaño de gente en la que te reconoces. Las distingues de los seres divinos, más grandes, más altos, aunque miran a los hombres, así como los animales caminan hacia estos, o se alejan. También caen sobre ellos la bendición y el castigo. Predominan las escenas mundanas, no las celestiales. ¿La idea del hombre?
6002 / Las figuras humanas se distinguen de los seres divinos, más grandes, más altos.
Quien guía comenta entonces que aquella obra maestra no fue encargo de reyes, sino empuje creador de monjes y devotos locales, predominantes fieles del budismo, pero sin reticencias mezquinas a las interpretaciones del confucianismo y el taoísmo sobre la idea del bien, de la compasión, de la iluminación, del ciclo de la vida y de la muerte, de la piedad filial.
Así entiendes mejor aquel calor humano que reboza de la piedra, la atmósfera de lo que fuera cotidiano, y puedes argumentarte in situ por qué los libros exaltan a las Cavernas de Dazu, a nivel mundial, como la cumbre del paso de lo divino a lo humano en la escultura de gruta, la expresión más completa de sincretismo religioso en el arte chino.

De pronto, la excavación mayor, toda luz, como de un oro reverberante, y vuelves a no entender.
Sobre 88 metros cuadrados de superficie cóncava brilla la alegoría de Guanyin o Las mil manos, un finísimo diseño y mejor talla –cubierto en papel de oro– de un busto de mujer escoltado por un millar de brazos con ojos en las palmas.
Dos versiones trataron de explicar aquello tan distinto a lo que, hasta entonces, era mucho más rupestre. Primero, que el monje Zhao Zhifeng, uno de los creadores del complejo, pidió a uno de sus artesanos esculpir mil manos reales, y que este, inspirado en el sueño de un pavo real, simuló con los brazos el despliegue de las plumas. Segundo, que Guanyin era una princesa india que ofrendó sus ojos y sus brazos para la medicina que salvaría al padre enfermo. Buda Shakyamuni, conmovido, le concedió en recompensa mil ojos y mil manos, para que viera y ayudara a todo el necesitado.
Bonitas explicaciones, pero demasiado celestiales. Faltaba la idea del hombre, aquello humano que contaban las rocas anteriores. Hasta que «alguien de allí», una mujer que llegó, se hincó, meditó brevemente, y se incorporó, confesó a este redactor: «Dicen que cuando se hizo la estatua, unas hadas añadieron siete manos de oro. Que quien las cuente todas, y reconozca las siete, tendrá suerte. Yo ni he contado ni he descubierto las siete manos, pero vengo de vez en cuando a pedir suerte».
Ahora sí.

SENTIR LA PIEDRA
Entonces sales de allí con esa historia preferida en la cabeza, junto a aquella de pastores, de hombres que lloran, que necesitan, y que son a la vez los que luchan por sus sueños, por los suyos, por las ideas.
Sales. Y frente aquella maravilla enchapada y protegida vuelve la piedra a la intemperie, cruda, dura, erosionada, de un Buda de 31 metros de largo.
Pero no es Buda de pie. Está acostado, de lado, la cabeza en su mano derecha. Es medio cuerpo en una sola roca por la que mana agua desde el corazón de la montaña, a modo de corona. Es la historia de su muerte definitiva, al cabo de renacimientos incontables.
Y tú, que ya venías conmovido, procuras la historia allí mismo, y descubres gravemente enfermo al buda histórico Siddhartha Gautama, en el trayecto de su último viaje, y conoces al desconsolado Ananda, su discípulo, que le prepara un lecho de hojas entre dos árboles gemelos que comienzan a florecer a destiempo, y lo bañan con pétalos.
Y como vienes de un lugar al otro lado del planeta, el hermoso relato del mito y de la fe te revuelve en la memoria al Mackandal de Carpentier con uno de los Buendía de Macondo y el aldeano vanidoso en Nuestra América martiana.
Buda consuela a Ananda: no es la muerte, es solo la impermanencia del cuerpo físico. «Inmortal es la verdad y el ejemplo que trasciende en toda la obra de bien que se hace en vida».
Y tú, sin permitirte el éxtasis, te ríes de la causalidad, porque tu amigo, el que dijo que te olvides de la lluvia, que hay detalles imperdibles, el de la sopa ácida, se apellida Ananda, y tenía toda la razón.
Pero, además, es cubano, un cubano bueno, y eso alcanza para ponerte a Cuba entera en medio de aquellas rocas bajo la lluvia en una montaña en China, frente a la estatua gigantesca de un Buda que no muere, sino que trasciende en la Postura del León, que es en el budismo la postura del coraje, de la fuerza, de la ausencia de miedo, de la disposición a morir con la dignidad intacta.
Antes de cerrar los ojos, Buda le dice a Ananda: «Sean una luz para ustedes mismos. No busquen refugio en nada externo. La verdad aprendida y su propia práctica diligente serán su isla».
Y entonces te echas a Cuba a los hombros, y reaccionas a las hojas que caen, a la lluvia que es milagro que baja por el cuerpo, y te vas por el sendero a las otras esculturas, tarareando una canción de Silvio.




