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¿Llegó el fin del socialismo en Cuba? – Cubanoticias 360

Texto: Héctor García Torres

Foto: Jorge Luis Borges Liranza

Durante más de seis décadas, los líderes de Cuba construyeron la identidad política de la isla alrededor de una idea central: el socialismo no solo era el camino correcto, sino el único camino posible. La propiedad estatal, la planificación centralizada y el control gubernamental sobre los principales sectores económicos fueron presentados durante generaciones como conquistas irreversibles de la Revolución, y a millones se les intentó convencer de que el capitalismo era cruel y por eso, prohibido.

Por eso las reformas económicas anunciadas ayer no pueden analizarse como simples ajustes administrativos.

Permitir casas de cambio privadas, abrir espacio a nuevos actores financieros, ampliar el margen de acción del sector privado, transformar empresas estatales bajo modelos más comerciales y aceptar un papel mayor del mercado representan algo mucho más profundo: un reconocimiento de que un país necesita mecanismos que durante décadas fueron rechazados por el gobierno y de que la alternativa estatal no funcionó.

Entonces aparece la gran pregunta: ¿se acabó el socialismo en Cuba?

Entre muchos de los textos que se escriben sobre este tema hoy y los que podrá usted leer en los próximos días, siempre habrá quien utilice la idea para clickbait, pero la respuesta corta para la pregunta es no. O al menos no oficialmente.

Cuba sigue siendo un Estado dirigido por un Partido Comunista, con los principales resortes políticos bajo el mismo modelo y con un discurso que insiste en presentar estos cambios como una actualización del socialismo y no como una renuncia a él.

El problema es que la respuesta económica, la que mira a la realidad y los hechos, es mucho más compleja, porque un país socialista no es compatible con las transformaciones anunciadas. Porque cuando un sistema que defendió durante décadas la superioridad absoluta de la administración estatal comienza a recurrir al mercado para solucionar sus problemas, algo fundamental ha cambiado. Cuando el sector privado deja de ser visto solamente como una amenaza y empieza a convertirse en una necesidad, no estamos simplemente ante una reforma: estamos ante una contradicción histórica.

Sin embargo, estas reformas tampoco significan automáticamente una transición hacia una economía libre.

Permitir más mercado no es lo mismo que construir una economía abierta. Una verdadera transformación requiere mucho más que autorizar negocios privados o aceptar nuevas formas de inversión. Necesita reglas estables, garantías legales, protección de la propiedad, posibilidad real de crecimiento, acceso competitivo a recursos y un sistema donde el éxito de una empresa dependa más de su capacidad que de su cercanía al poder.

Un empresario no solo necesita permiso para abrir un negocio. Necesita saber que podrá crecer, invertir y planificar el futuro sin que las reglas cambien constantemente. El capital, sea nacional o extranjero, normalmente busca algo más que oportunidades: busca confianza.

La historia demuestra que abrir espacios de mercado sin transformar las estructuras que limitan su funcionamiento puede terminar creando un sistema híbrido: suficiente apertura para sobrevivir, pero no necesariamente suficiente libertad económica para prosperar.

Ese es uno de los grandes desafíos del momento actual. Las reformas pueden convertirse en el inicio de una transformación profunda o simplemente en una estrategia para aliviar una crisis sin modificar las causas que la provocaron.

También obliga a mirar hacia atrás y hacer una pregunta incómoda: ¿qué dejó realmente ese modelo económico después de más de 60 años?

¿Qué han dado seis décadas de socialismo a Cuba?

El socialismo cubano prometió construir una sociedad más productiva, más justa y menos dependiente de los problemas asociados al capitalismo. Sin embargo, décadas después, Cuba enfrenta una profunda crisis económica, una producción nacional insuficiente, una enorme dependencia del exterior, un deterioro visible de infraestructuras básicas y una de las mayores olas migratorias de su historia reciente.

Las consignas movilizaron generaciones, construyeron identidad política y marcaron la vida del país durante décadas, pero ninguna consigna puede sustituir indefinidamente aquello que sostiene a una nación: productividad, inversión, innovación, eficiencia y capacidad de generar riqueza.

La realidad que los gobernantes cubanos nunca han querido entender es que la economía no responde a discursos. Las tiendas no se llenan con consignas y los campos no se vuelven productivos con marchas del pueblo combatiente y un país no aumenta su prosperidad simplemente defendiendo una idea si esa idea no consigue resultados sostenibles.

Y ese es el punto al que ha llegado Cuba, las decisiones de las autoridades la convirtieron en una nación empobrecida, con un Estado sin recursos, con una economía agotada, con una infraestructura destruida, con una población envejecida y maltratada, y con un futuro nada prometedor si no se da un cambio radical.

Quizás la pregunta correcta no sea si murió el socialismo en Cuba. La pregunta es otra: ¿cuánto queda del modelo económico que durante décadas se presentó como intocable?

Porque más allá de los discursos, hay una realidad difícil de ignorar: cuando un país necesita adoptar las herramientas que antes criticaba para intentar salir adelante, el cambio ya comenzó.

La duda es si Cuba está preparada para cambiar lo suficiente, y si sus dirigentes saben que a la libertad económica, siempre le sucede la política.

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