Las cifras de Fidel Castro y el efecto David – DIARIO DE CUBA
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Las cifras de Fidel Castro y el efecto David – DIARIO DE CUBA

Fidel Castro en Venezuela, 1959.

Fidel Castro en Venezuela, 1959.

Rebelión

A menudo se considera que el interés de los Castro sobre Venezuela comenzó cuando vieron posible que un entusiasta de la revolución cubana como Hugo Chávez llegara al poder. Sin embargo, las apetencias castristas sobre esa nación tienen casi la misma edad que el proceso cubano. Las horas tristes que el pueblo venezolano ha pasado durante décadas, padeciendo y sufriendo una dictadura de izquierda pueden rastrearse hasta el 23 de enero de 1959, cuando Fidel Castro partió rumbo a Caracas en su primera salida internacional. 

A diferencia de otros jefes de gobierno anteriores de Cuba —no necesariamente presidentes—, Castro no viaja a EEUU en su primera salida internacional. Escoge Venezuela, tiene para ello un motivo, un pretexto y una intención. 

El motivo, la importancia de unificar América Latina, aparecerá como una de las ideas centrales de las tres intervenciones que realiza. El pretexto es asistir al primer aniversario del derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez. La intención consiste en iniciar una operación de diplomacia y búsqueda de respaldo moral internacional ante la presión cada vez más fuerte que provocaban los fusilamientos que se estaban efectuando en Cuba. Esta operación va a incluir también los primeros indicios de la futura política de exportar revoluciones, que será durante años la principal estrategia de defensa del régimen de La Habana. 

El contexto adecuado para esos, sus verdaderos propósitos, era Venezuela. Un pueblo que acababa de salir de una cruenta dictadura podía identificarse, a nivel emocional, con sus argumentos: la aplicación de la pena capital a los esbirros servía para evitar la anarquía de la venganza privada y restaurar la fe en la Ley, por lo que el castigo expedito a los crímenes de guerra cometidos por el régimen tiránico, era la mejor manera de cumplir las exigencias del pueblo; por otra parte, rescatar el sueño de Bolívar de una América integrada era imprescindible para evitar futuras tiranías.  

¿Cómo logró, más allá de la retórica emotiva, argumentar y dar solidez sus ideas? ¿Cómo hizo para que el público venezolano respondiera de la misma manera que lo hacía el cubano, a gritos de: «¡Fusílenlos a todos Fidel!»
 
Las cifras de Castro  

Sus discursos en Venezuela (sobre todo, los dos del primer día) siguieron una retórica muy similar a los que venía efectuando desde Cuba. Dos o tres ideas centrales, estructuradas en tres momentos claros: el inicial, con despliegue de recursos dirigidos a lograr la identificación del auditorio con sus ideas; el segundo, antagónico-reinvindicativo, en el cual aparecen «el mal» (dictadura, horror, asesinatos) y «el bien» (el pueblo, expresado a través de sus héroes, ellos, los revolucionarios); y el tercero, el legitimador, que es la verdadera razón de ser de los momentos uno y dos, los cuales solo existen para preparar al auditorio y conducirlos, hacia el final de la intervención, a un paroxismo de respaldo. 

En los discursos de Caracas introdujo gran cantidad de cifras, como medios para respaldar sus argumentos, las cuales agrupó en dos grandes bloques: las redondeadas  y las precisas. 

Está bimodalidad numérica tenía funciones claras, las cifras redondeadas cumplían una función ideológico-emocional, pues al decir «20.000 cubanos muertos», «más del 90% del pueblo», «un millón de cubanos», «50 años», «30 años», entre otras, está empleando números-símbolos que no se verifican ni se discuten, porque se validan en la emoción, se sienten. No obstante, Castro, para validarlos, los acompaña con cifras en apariencia exactas, lo cual produce sensación de veracidad: «805 fusiles»,  «75 días», «72 horas».

De esta manera teje y solidifica el argumento de la victimización. Manejando abundantes datos —cifras que historiadores como Hugh Thomas reducirían drásticamente—, logra sensibilizar al pueblo venezolano, que viene de sufrir una dictadura, y por tanto es propenso a apoyar ¿factos? como «20.000 cubanos muertos», dato que descompone aritméticamente: «en los campos de batalla no murieron más de 500 cubanos, en cambio, más de 19.000 murieron asesinados por la tiranía». 

Con esta frase Fidel cumple un triple propósito, primero minimiza el costo militar propio (500 muertos), con lo cual crea un efecto de hombradía y heroísmo cuasi místico; segundo, maximiza la criminalidad del adversario: 19.000 asesinados, no caídos en combate, es un dato demasiado monstruoso para ser ignorado; tercero, el redondeo a la nunca demostrada cifra de 20.000 termina de tejer el argumento emotivo. En este punto, un pueblo tan golpeado por la tiranía como el venezolano, ya está atrapado en las redes del discurso. Solo es necesario que alguien grite una consigna para que la masa la amplifique. 

Además, ante sus auditorios del día 23 de enero de 1959 —masas caraqueñas en una plaza abarrotada y luego estudiantes en la universidad—, adopta la postura del revolucionario ascético que, mientras duerme en hamacas porque no posee casa, lucha y resiste contra los ataques de la opinión mundial por el solo hecho de defender el derecho del pueblo a la justicia. Aquel que está dispuesto a la pobreza más extrema —de nuevo apelaciones a mártires religiosos— y no entiende por qué le piden 1.000 autógrafos —de nuevo cifras basadas en la emoción. 

¿Qué no vieron los parlamentarios venezolanos? Que detrás de su proyecto para unificar Venezuela y Cuba se escondía una incitación solapada a la revolución social. Fidel Castro se apropia del sueño de Bolívar y presenta a la revolución cubana como el cumplimiento histórico del bolivarianismo. Si en Cuba él era el heredero de Martí, en Caracas es la materialización del sueño del Padre de la Patria venezolana. 

La exposición que realiza de medidas unificadoras, como la creación de pasaportes comunes, eliminación de las barreras económicas y la integración hasta cumplir el sueño de Bolívar de una sola nación, hubiera sido solo un deseo aislado si un tiempo después, comandos cubanos y venezolanos no hubieran desembarcado en las costas del país para crear un foco guerrillero.  

Cuando Fidel calló, el pueblo venezolano, como el cubano, respaldaba más que una política, respaldaba una emoción que creía propia. Los «20.000 muertos», «el 90%», «el millón de manos alzadas» eran datos que sostenían el andamiaje de un consenso que no necesitaba las urnas porque se medía en plazas repletas.  

En Caracas Castro expuso un método que viajaría con él en sus futuros periplos latinoamericanos. En los meses siguientes, los desembarcos cubanos en Panamá, Nicaragua, Haití y Santo Domingo convirtieron la metáfora bolivariana en la logística cubana de la defensa. La misma Venezuela que lo coronó heredero del Libertador sería, después, otro de sus frentes, y padecería por su culpa uno de los éxodos más grandes de su historia. 

El efecto David, expresado y construido por primera vez en el plano internacional desde la caraqueña Plaza Aérea del Silencio fue el primer ensayo de una política que, durante 60 años, ha llamado solidaridad a la subversión

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