Las cosas como son han sido destruidas, dijo Wallace Stevens. Partiendo de ese marco e inclinándome sobre los seculares crueles, aquellos que le hallan al tiempo su recóndita armonía, y se oponen a los alientos bastos, es que me entrego a estas Epifanías, [1] fruto de la vivacidad de su autor. En el cuaderno todo es un camino a la escritura.
La escritura es el pozo del todo. ¿Y qué se alumbra? Arabescos de la emoción contenida, creados cada vez los rostros del recuerdo. Hay una mezcla de asombro, desasimiento y júbilo. La contemplación es el tránsito por el puente arqueado de la memoria. Un deslizamiento onírico es a veces un viaje hasta ella, o los raptos y prisiones que desliza. El tránsito y la fijación atravesados por el rapto.
“La escritura es el pozo del todo. ¿Y qué se alumbra? Arabescos de la emoción contenida, creados cada vez los rostros del recuerdo (…)”
Se teje una rara red de los instantes idos, guardados en secreto. Sé que a veces el poeta no es más que un observador profundo. La memoria se alumbra a fogonazos y a fulguraciones. Me parece muy justa la correspondencia entre un rapto de memoria y otro y los espacios de asombro sobre la página, entre la estructura del poema y la ausencia de puntos en el poemario. Todo es una sucesión que desciende e irrumpe. ¿Qué se cuenta? La escena estática y movible de los viajes de la luz. Estática porque es movible, y viceversa. Los recortes de la imagen por la luz. Las “tijeras” que bordan ese reino. Cintio intuye o recuerda ese verso de Lawrence: “the day’s light playing upon me, I who am substance of shadow”. Se cae en los abismos del espacio en la página, desgarrones del tiempo, colmadores de instantes, vacío y redondez.
Curiosa vitalidad emanan los poemas dedicados a “La hoja”, donde la escritura es brújula y los puntos van en las ancas de mi sensibilidad. En tiempos donde la escritura viró sobre sí misma y se preguntó, estos textos encontraron una apropiada razón de ser. Es la página, cuando al dejarla sola se presta y se resiste desde un abismo blanco, los límites y relaciones entre lo inasible y lo imposible. Radiografía telúrica y espiritual de la hoja. Es inusitada la mezcla de incertidumbre y asombro en algunos de estos poemas. La duda y el arrobamiento solo pueden conducir a una explosión lírica.
“(…) El autor de estas apariciones o regalos (…) conoce los oficios del despojo: su emoción entra desnuda y nueva en los territorios del género rey de las letras, aunque a muchos le pese (…)”.
La hoja, como un blanco de alivio. Se nombran los pasadizos ciegos que comienzan y quiebran en la hoja. Un canto a lo que te permite el canto, un bregar de la idea en torno a su instrumento, un choque de intemperies. Y es también la palabra como meta y anulación. Nos llama la atención cómo en atmósferas tan altas no faltan pinceladas de humor, cómo, al nivel de la imagen, el verso, el cielo y el caballo son unidos aquí con cierto hálito martiano:
El caballo vibraba como el cielo
Venoso de relámpagos viriles [2]
Versos sueltos, como caballos sueltos [3]
Así como la original forma de cerrar cada poema, signalandolo a ese marzo tan decidor, y al curioso estado de la conciencia del escritor en el momento que lo hizo, sutil elemento semántico en el goce textual del poema. El autor de estas apariciones o regalos, si nos llevamos por el prurito etimológico, de tan vasta trayectoria intelectual en casi todos los géneros, conoce los oficios del despojo: su emoción entra desnuda y nueva en los territorios del género rey de las letras, aunque a muchos le pese. Saludo desde mi ser más íntimo a su poesía —y bien lo sé— que fue también su persona.
Notas:
[1] Cintio Vitier. Epifanías, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004.
[2] Versos de “En fin lo sabes”.
[3] Verso de “Con el viento”.

