La invasión a Occidente: una gran hazaña militar de los mambises
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La invasión a Occidente: una gran hazaña militar de los mambises

Pocas campañas militares en la historia de América Latina han combinado tanta audacia, resistencia y sentido estratégico como la invasión a Occidente emprendida por los mambises durante la última guerra independentista. Mientras el poder colonial español consideraba imposible que una fuerza insurrecta atravesara la Isla de extremo a extremo, hombres mal armados y acosados por un enemigo superior en recursos emprendieron una marcha que desafió todos los vaticinios.

El movimiento de tropas que dio comienzo a la invasión fue el que partió el 22 de octubre de 1895 de Mangos de Baraguá con Antonio Maceo al frente. En ese sitio, perteneciente a la actual provincia de Santiago de Cuba, el Titán de Bronce había protagonizado, 17 años antes, uno de los hechos más simbólicos de la Guerra de los Diez Años.

El plan de lugarteniente general del Ejército Libertador consistía en eludir el combate frontal siempre que se pudiera y llegar lo antes posible a Las Villas. En ese territorio se reuniría con el general en jefe, Máximo Gómez. Para lograrlo, Maceo debía atravesar la trocha de Júcaro a Morón, la línea defensiva con que el ejército español pretendió, desde la guerra iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, contener el avance de los independentistas hacia el oeste, la zona más próspera del país.

Se ha escrito que la columna encabezada por Maceo llegó a Camagüey con aproximadamente 1 400 guerreros, acompañados de unos 300 ayudantes y personal de apoyo. De acuerdo con el investigador Ernesto Ustariz Ramírez, estos mambises, mal armados, disponían solamente de unos 10 tiros por combatiente. Marchaban pobremente vestidos y sin comida en sus reservas.

La insuficiencia material del contingente invasor era compensada con la presencia de experimentados jefes como Quintín Banderas, Luis de Feria y Pedro Sotomayor. A la vez, nuevos cuadros militares también ocuparon posiciones de mando, entre ellos Joaquín Castillo Duany, Francisco Frexes y José Miró Argenter. Este último oficial, de origen catalán, que había conocido al Titán de Bronce en los últimos episodios de la Guerra de los Diez Años, lo acompañaría hasta su caída en San Pedro el 7 de diciembre de 1896 y se convertiría en uno de los principales cronistas de la etapa definitiva del independentismo antillano.

Entre los hitos más relevantes de la campaña se encuentra el cruce de Gómez por la trocha de Júcaro a Morón, realizado el 30 de octubre. Lo mismo realizaría exitosamente la columna de Maceo el 29 de noviembre, por un lugar al norte de Ciego de Ávila, sin una sola baja cubana si quiera. Ese mismo día, apenas media hora después, ambos jefes se reunirían cerca de un potrero.

Estas palabras de Gómez, exclamadas como parte de una arenga durante el paso de revista a la totalidad de la tropa invasora, pocas horas después de la unión con Maceo, han trascendido en el tiempo:

— ¡Soldados! Llegaremos hasta los últimos confines de Occidente; hasta donde haya tierra española: ¡allí se dará el Ayacucho Cubano!

Semanas después se cumplía el pronóstico de El Generalísimo. Huestes mambisas con el Titán de Bronce al frente culminaron la hazaña invasora el 22 de enero de 1896 en Mantua, en el extremo occidental de Pinar del Río.  

La invasión a Occidente de los insurrectos cubanos modificó en cierta medida el curso de la guerra y demostró la capacidad organizativa y la voluntad política de un movimiento independentista decidido a llevar la lucha hasta los territorios más ricos y protegidos de la colonia.

 

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