
Foto: Al Mayadeen
La comunidad internacional, los organismos globales, los gobiernos, y hasta alguna parte de los pueblos que, a la hora de votar, lo hacen sin tener en cuenta que están eligiendo a un «hacedor de guerras y muertes» como presidente, debían comprender que es tiempo ya de poner fin a esta involución hacia la barbarie.
¿O es que lo que sucede con los palestinos que Israel sigue asesinando cada día, no es barbarie o una categoría más correcta: genocidio?
Se está permitiendo hoy mismo, en este minuto, que mueran alcanzados por las bombas, lo mismo palestinos en Gaza, libaneses en el sur del llamado «país de los cedros», o en el milenario Irán, o más cerca geográficamente, se esté asfixiando a la Isla digna que resiste en el Caribe.
El mundo sabe que, en todos estos y otros casos, el montaje escenificado por la mayor potencia nuclear del planeta está completamente articulado sobre la mentira más burda, y el odio visceral de personajes enfermizos, con sed de más dinero, más poder, más ambición.
Nadie se equivoque en pensar que lo que ocurre hoy mismo contra Irán es un conflicto. Nada de eso, se trata de una guerra de agresión impuesta por Washington y Tel Aviv.
El 28 de febrero pasado, la escuela Shayare Tayebe de Minab fue atacada el primer día de la guerra impuesta al pueblo iraní. Más de 160 estudiantes murieron, la mayoría de ellos pequeños niños y niñas.
El martes primero de septiembre, Estados Unidos llevó a cabo una serie de ataques contra diversas ciudades pobladas en el sur de Irán. Estos bombardeos alcanzaron una vivienda donde se
celebraba una boda en el pueblo de Kuhestak, en la sureña provincia de Hormozgán, dejando al menos cinco muertos, incluido un niño, y 68 heridos.
Un ejemplo a no olvidar es el de Afganistán, de los países del mundo entre los más empobrecidos, cuando en julio del 2002, un ataque aéreo estadounidense en Uruzgan, impactó el lugar donde se celebraba una boda, matando a 48 civiles e hiriendo a 117.
Seis años después, en julio de 2008, otra agresión estadounidense en Haska Meyna, Nangarhar, asesinó a 47 civiles. Treinta y nueve de los fallecidos eran mujeres y niños, y la novia se encontraba entre las víctimas mortales. En mayo de 2004, fuerzas aéreas yanquis irrumpieron en una reunión nupcial en Mukaradeeb, cerca de la frontera siria, dejando más de 40 asesinados.
Se evidencia que los aletazos de un imperio en picada, lo hace más peligroso. Si a eso se suman, los elementos fundamentalistas –y sionistas– de algunos de sus aliados, que se consideran con el derecho a querer destruir civilizaciones y culturas milenarias.
Se trata de un gobierno estadounidense, también empeñado en asfixiar a la población de una Isla, cuyo único «delito» es el de haber logrado su independencia y su soberanía, y proponerse construir un proyecto social inclusivo en beneficio de su pueblo.
El mundo vive –más expectante que comprometido– en este laberinto donde la unión es tan necesaria, como lo son la solidaridad y el compromiso de enfrentar las guerras y los bloqueos, con más acciones que declaraciones.
Lamentablemente, todavía hoy, los países que resisten los embates del imperio, no constituyen una generalidad, y afloran los casos de entreguismo y sumisión, que fracturan la unión imprescindible para vencer en una lucha de conjunto.

