Sobre estas curiosas manifestaciones de discontinuidad territorial se interesa Diego Navarro de Artemisa.
La organización administrativa de los Estados contemporáneos suele responder a una lógica de contigüidad geográfica garante del control y la cohesión interna.
No obstante, el mapa mundial presenta una serie de irregularidades que desafían la continuidad soberana: los enclaves y exclaves: resultantes de procesos históricos multicausales derivados de tratados dinásticos medievales y complejos procesos de descolonización.
En el análisis de estas discontinuidades, se establece una distinción técnica fundamental basada en la perspectiva del Estado involucrado. Se llama exclave a una parte del territorio de un país físicamente separada de su núcleo principal por el de uno o más Estados extranjeros; es, en esencia, una porción de soberanía gestionada a distancia.
Por otro lado, un enclave es un territorio cuyas fronteras se encuentran totalmente rodeadas por el territorio de un solo Estado ajeno: una suerte de isla terrestre.
Una demarcación puede ostentar ambas condiciones simultáneamente, tal es el caso del municipio español de Llívia en territorio francés; o simplemente una de ellas, tal es el caso de la Ciudad del Vaticano, enclave absoluto en Italia, pero exclave al constituir un Estado en su totalidad.
En el panorama internacional existen otras naciones cuya soberanía se ejerce íntegramente dentro de los límites de otro país, conformando los llamados Estados enclavados. El caso de Lesotho, dentro de Sudáfrica y rodeado de territorio sudafricano.
En Europa, la supervivencia de microestados como los de la Ciudad del Vaticano y San Marino, dentro de la geografía italiana, responde a una herencia de acuerdos históricos.
Los exclaves suelen poseer una importancia estratégica determinante para las potencias dueñas. El ejemplo más relevante en el Hemisferio occidental es Alaska, separada de los Estados Unidos por la masa continental de Canadá. En un contexto similar de reordenamiento posbélico, Kaliningrado es hoy un exclave estratégico de Rusia a orillas del Mar Báltico, separado de Moscú por Lituania y Polonia.
La microgeografía europea ofrece casos de una complejidad excepcional ilustradora de la persistencia de los derechos históricos sobre la lógica moderna de fronteras lineales. El municipio de Llívia es un testimonio vivo del Tratado de los Pirineos de 1659, donde España cedió a Francia treinta y tres pueblos del Rosellón, conservando la soberanía sobre esta localidad debido a su estatus jurídico de «villa» y no de «pueblo».
De igual modo, en la frontera germano-suiza el enclave de Büsingen am Hochrhein opera bajo una administración compartida de facto: pertenece políticamente a Alemania, mas se integra plenamente en la zona aduanera de Suiza con el fin de asegurar su subsistencia económica. La fragmentación máxima se alcanza en la región de Baarle, en la que el mapa se descompone en veintidós exclaves belgas incrustados en los Países Bajos y siete enclaves neerlandeses dentro de estos.
La división se remonta a acuerdos de tierras del año 1198, cuya vigencia se ha mantenido inalterada incluso tras la formación de los Estados-nación contemporáneos.
En otros continentes, estas figuras territoriales son a menudo el resultado de la arbitrariedad de las potencias coloniales. En África, la provincia de Cabinda es un exclave de Angola, aislado por una estrecha franja de tierra perteneciente a la República Democrática del Congo. Fue consecuencia de la denominada Conferencia de Berlín, en 1885, donde se priorizó otorgar al Congo una salida al mar dentro la integridad territorial de los dominios angoleños.
Asia central también presenta una alta densidad de estas figuras en el valle de Fergana, donde las fronteras de Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán se entrelazan en una red de enclaves generadores de focos de tensión por el acceso a recursos hídricos y rutas de transporte.
En la actualidad, la viabilidad y estabilidad de estos territorios dependen de marcos jurídicos internacionales para fomentar la cooperación transfronteriza y mitigar los efectos del aislamiento geográfico.
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