Elecciones de medio mandato en EE.UU.: lo que está en juego es el límite al poder de Trump
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Elecciones de medio mandato en EE.UU.: lo que está en juego es el límite al poder de Trump

EE.UU, 1ro. nov.- El próximo 3 de noviembre Estados Unidos no elegirá presidente, pero sí decidirá cuánto poder podrá seguir ejerciendo Donald Trump en sus dos años restantes. Con una popularidad en mínimos del 32% y los demócratas aventajando por once puntos entre votantes registrados, los comicios se han convertido en un referéndum sobre la concentración de poder y la capacidad del sistema político para poner frenos institucionales.

Las elecciones de medio mandato llegan en un momento delicado para una presidencia que prometió devolver la prosperidad económica, terminar con las guerras y restaurar la grandeza estadounidense. Dos años después, la realidad es «bastante menos triunfal»: la popularidad presidencial se encuentra en mínimos, la guerra contra Irán ha trasladado sus costes a los bolsillos de los ciudadanos y el conflicto en Ucrania continúa sin solución.

El último sondeo de Reuters/Ipsos sitúa la aprobación de Trump en apenas el 32%, muy lejos del 47% con el que comenzó su segundo mandato. Entre los votantes registrados, los demócratas aventajan a los republicanos por once puntos, y los promedios nacionales confirman una ventaja demócrata sostenida de ocho o nueve puntos.

¿Qué explica el deterioro electoral del trumpismo? En buena medida, el incumplimiento de sus propias promesas. Trump regresó al poder asegurando que reduciría los precios, protegería los empleos estadounidenses y terminaría con los conflictos internacionales. La realidad ha cuestionado los tres pilares de ese discurso.

La política arancelaria ha incrementado la incertidumbre económica y las consecuencias de la guerra contra Irán han agravado las presiones inflacionistas, especialmente a través del encarecimiento de la energía. Según Reuters/Ipsos, el 73% de los estadounidenses considera que el coste de la vida evoluciona en la dirección equivocada.

La guerra contra Irán constituye, probablemente, la contradicción más evidente del segundo mandato. El dirigente que construyó parte de su atractivo político sobre el rechazo a las intervenciones militares interminables ha terminado involucrando a Estados Unidos en un conflicto cuyos costes económicos y políticos siguen acumulándose. La promesa de una política internacional orientada exclusivamente a los intereses estadounidenses choca con una realidad en la que son los propios ciudadanos quienes soportan parte de las consecuencias.

La principal batalla se libra en la Cámara de Representantes, donde se renuevan los 435 escaños. Las proyecciones sitúan a los demócratas como favoritos para recuperar su control. De producirse, Trump tendría que enfrentarse a una Cámara con capacidad para bloquear parte de su agenda legislativa, investigar las actuaciones de su Administración y fiscalizar las decisiones del Ejecutivo.

El Senado, tradicionalmente más difícil de conquistar para los demócratas, se ha convertido también en un escenario de disputa. Los republicanos parten de una mayoría de 53 frente a 47, pero en esta ocasión no solo tienen que defender escaños en estados competitivos como Maine, sino que afrontan dificultades inesperadas en territorios tradicionalmente conservadores como Texas, Alaska, Kansas, Iowa o Carolina del Sur. En este último, las encuestas apuntan incluso a un empate, pese a que Trump ganó el estado por dieciséis puntos en 2024.

La importancia de esta evolución no reside únicamente en la posibilidad de una mayoría demócrata en el Senado, sino en que el desgaste presidencial está penetrando en territorios que parecían inmunes al rechazo a Trump. De este modo, el Partido Republicano se ve obligado a destinar recursos a defender posiciones que daba por consolidadas, mientras los demócratas encuentran oportunidades electorales que hace apenas unos meses parecían impensables.

Algo parecido ocurre con Ucrania, aunque sus efectos electorales sean menos inmediatos. Trump aseguró que podría poner fin rápidamente a la guerra mediante la negociación directa con Putin. Sin embargo, el conflicto continúa y las presiones estadounidenses sobre Kiev no han conseguido producir un acuerdo de paz.

Al mismo tiempo, la relación con los aliados europeos se ha deteriorado y la credibilidad internacional de Washington se ha erosionado. El presidente que prometía restaurar el liderazgo y reconfigurar la hegemonía estadounidense se enfrenta a crecientes dificultades para transformar su capacidad de presión en resultados políticos.

Las elecciones plantean también una cuestión fundamental para el Partido Demócrata. Su posible victoria parece descansar más sobre la movilización contra Trump que sobre la consolidación de un proyecto político alternativo. El rechazo al presidente puede ser suficiente para recuperar la Cámara de Representantes, pero difícilmente resolverá los problemas de representación que han permitido el crecimiento del trumpismo.

La inseguridad económica, las desigualdades territoriales, la pérdida de expectativas de amplios sectores sociales y la desconfianza hacia las élites políticas siguen presentes. Los demócratas tienen la oportunidad de frenar la agenda presidencial, pero también el desafío de demostrar que representan algo más que la oposición al actual ocupante de la Casa Blanca.

Hay, además, una dimensión que trasciende Washington. Estas elecciones servirán para medir la capacidad de resistencia electoral de un proyecto político que forma parte de una corriente reaccionaria más amplia, presente también en Europa y América Latina, especialmente tras la victoria de Lula en Brasil.

El trumpismo ha sido una referencia para fuerzas que cuestionan el pluralismo, deslegitiman a sus adversarios y presentan los contrapesos institucionales como obstáculos a la voluntad popular. Una derrota republicana enviaría una señal relevante sobre los límites electorales de estas estrategias, pero sería precipitado interpretarla como el comienzo de su desaparición. Las condiciones sociales y políticas que alimentan estos movimientos no desaparecen con una derrota en las urnas.

Tampoco puede descartarse que un resultado adverso intensifique la confrontación política. Trump ha demostrado su disposición a cuestionar las reglas del juego cuando estas no favorecen sus intereses. La posibilidad de un Congreso hostil podría traducirse en una mayor utilización de los poderes ejecutivos y una escalada de los enfrentamientos institucionales.

Por eso, el verdadero alcance del 3 de noviembre no puede reducirse a contar cuántos escaños gana o pierde cada partido. Lo que se decidirá es si la segunda mitad del mandato de Trump transcurre con un Congreso subordinado a su proyecto o con una oposición capaz de ejercer un control efectivo. Las elecciones no acabarán con el trumpismo, pero sí podrían ser el comienzo de una nueva etapa en la que Trump tenga que gobernar con límites que hasta ahora apenas ha encontrado. Y, de este modo, testar la capacidad de resiliencia de la propia democracia estadounidense. (Texto y Foto: Cubadebate)

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