Con sus hermanos y otros allegados, Marta Jiménez cuidó a su madre, con parkinsonismo. La vida de todos cambió para garantizarle mejor calidad de vida
En el sillón junto a la ventana, con el televisor encendido, aunque lo ignorara, Caridad Sánchez ya era la otra madre de Marta Jiménez. La primera, la que Marta quisiera recordar siempre, fue una “mulata alta, hermosa; todo carácter, temperamento”: una mujer firme, activa hasta los 75 años.

Después vinieron los problemas de tiroides y sus secuelas, y con ellos el Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN). “Fue perdiendo la habilidad de caminar sola, le faltaba estabilidad. Le diagnosticaron parkinsonismo, el de la rigidez en las extremidades, sin temblores”, cuenta Marta.
“Entonces el sistema de Salud funcionaba sin las carencias de hoy: en cualquier institución, el paciente salía con los medicamentos del tratamiento”. El temperamento de Caridad la sostuvo al principio. Practicaba taichí, se mandó a hacer los trajes y asistía con disciplina a cada presentación, hasta que las caídas frecuentes la apartaron de las prácticas. Muy a su pesar, cambió esa rutina por ejercicios en un área cercana a la casa: le disgustaba verse en ese estado, y más aún que la vieran.
Aquel sillón fue su sitio durante una época. Todos temían dejarla sola en la cocina: se le caían las cosas. “Quizás algunos compañeros de BOHEMIA recuerden que, cada mediodía, yo salía corriendo a prepararle el almuerzo. ¡Ojalá todo hubiera quedado ahí!”.
Pero la demencia avanzó con rapidez. “Empezó a llegar mi otra mamá: la que articulaba las palabras con dificultad, la que había perdido el control de los esfínteres…”. Hasta entonces Caridad vivía en su casa de Centro Habana con su hijo Rafael, profesor de Cultura Física. Las madrugadas en vela, atento a cualquier accidente, lo agotaban, y al amanecer lo esperaba la escuela. La situación se volvió demasiado fuerte.
“Le propuse traerla a mi casa. Todavía me pregunto si nos equivocamos”. Caridad apenas se sostenía y empezó a comportarse como una niña pequeña. “En un abrir y cerrar de ojos, mi madre se volvió una bebé. No hablaba. Había que hacérselo todo”.
Ella contó con su hijo Luis Miguel y con sus hermanos Delia, Rafael y Víctor, que la apoyaron físicamente; otros familiares y amigos garantizaron lo material. Gracias a Alberto Alvariño y a su amigo Lauzurica, la casa se equipó con lo necesario: silla de ruedas, silla sanitaria y colchón antiescaras. Aun así, el estrés se adueñó de ella: de 160 libras, bajó a 110.
Víctor merece una mención aparte: era la persona más aceptada por Caridad. A Marta, en cambio, le apretaba la mano con tanta fuerza que alguien debía ayudarla a soltarse.
Marta sigue lejos de aquel peso y aún llora al evocar el deterioro físico y mental de su madre. “Imposible evitarlo”, admite.
“Menciono el apoyo recibido porque resulta difícil afrontar el deterioro cognitivo y físico de un ser querido sin tener las condiciones mínimas para atender su desaparición lenta”, advierte. Y concluye: “La persona cuidadora, si no tiene apoyo, puede enfermar”.
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