Amanda Maray Torres Fernández vive en ese estado de asombro perpetuo donde el mundo aún no se ha vuelto costumbre. Siente a diario la necesidad de tocar, desarmar, romper, oler, probar todo cuánto la rodea.
Sus casi dos décadas de existencia han sido un proyecto de evolución constante, de inventar el mundo antes de que el mundo la invente a ella: cuando deseó bailar, se unió a un proyecto sin pensarlo dos veces; cuando escribir se convirtió en una necesidad, plasmó lo que sentía sobre el papel; pero cuando quiso saber de qué estaba hecho, se fue al servicio militar a descubrirlo.
Esta es la historia de Amanda. De esa Amanda a la que nunca le ha temblado el pulso al decidir. La que tiene el lujo juvenil de averiguarse a diario. La que entendió que algunas cosas solo se aprenden cuando duelen. Y ella, Amanda, nunca le ha tenido miedo al dolor.
De la Frontera al futuro
«Desde pequeña, siempre veía los programas de Farvisión, y me atrajo la vida militar. No pude ingresar a los Camilitos, al terminar la secundaria y opté por el aula vocacional del Minint de mi preuniversitario. Allí estuve durante tres años, con curiosidad sobre la vida militar, pero en 12 grado me dieron no apta».
Cualquiera pensaría que luego de dos reveses, Amanda abandonaría sus objetivos, pero ella siempre cumple sus promesas, aún cuando son consigo mismas. «Sin dejar de intentar, opté por la Orden 18. para estudiar Medicina veterinaria, carrera con la cual soñé desde pequeña», recuerda.
Por qué decidió que el Servicio Militar Voluntario Femenino era el camino para cumplir sus sueños en lugar de la tradicional prueba de ingreso a la universidad, es la interrogante de quienes conocen su historia, pero Amanda sabe de sus razones.
«Fácilmente, con mi índice académico y mi capacidad intelectual pudiera haberme presentado a las pruebas de ingreso a la Educación Superior, y obtener una carrera sin problemas, pero sentía que, de alguna forma, la vida militar era para mí», confiesa.
La Brigada de la Frontera Orden Antonio Maceo, en el Batallón del Oeste, fue el escenario de su vida durante poco más de un año. «Pudiera parecer un camino sencillo, incorporarme al Servicio…, llegar a la universidad sin pruebas ni estudios, pero no fue así. Muchos no aguantan un año bajo rigor y disciplina.
El hormigueo constante en el alma, la necesidad perenne de hacer, no la abandonaron durante ese tiempo. Recibió preparación combativa y resistencia física. Hizo un espacio para la recreación, el intercambio, los días deportivos y galas que entre ellos organizaban.
«Allí crecí, me volví independiente, aprendí a valerme por si sola, a ser organizada, a tener responsabilidad y seriedad a la hora de usar armas de fuego en las preparaciones combativas. Aprendí a ser más agradecida y a valorar a quién estuvo a mi lado en las buenas y malas, a sopesar los consejos de mis compañeros y oficiales y a levantarme cuando me caía y seguir adelante».
Cuenta que lo más valioso de la experiencia no fueron los conocimientos ganados ni las habilidades adquiridas, sino -según dice- haber conocido a sus compañeras. «Gracias a ellas, la estancia allí rodeada de rigor y disciplina fue más llevadera. Tuve la oportunidad de conocer que, tras los uniformes de los oficiales que nos dirigían, existían seres humanos sensibles, con familias y sentimientos, que han renunciado a la libertad de su vida civil para defender a la Patria y a formar a las futuras generaciones».
Para Amanda, el servicio militar fue su experiencia, y desde ahí responde sin dejarse llevar por lo que se dice fuera. No necesita que nadie le cuente. Cuando le preguntan si la controlaron, si lo considera un adoctrinamiento, si perdió o ganó libertad, su respuesta, sincera y sin filtros, no es la que muchos esperan.
«En todo momento sentí que estaba siendo formada, educada en valores de los que hoy día carecen muchos jóvenes. El servicio tiene un fuerte componente histórico e ideológico, no solo es preparación.
«No me quejo ni me quejaría nunca de las condiciones y atenciones, del rigor y disciplina. Es un lugar destinado a formar y forjar a quienes tienen una misión concreta que cumplir en un momento determinado. Solo se necesita cumplir con lo establecido», asegura.
Renunciar a la vida que se conoce para transitar nuevos caminos requiere mucha valentía, mucha fortaleza. «Lo más difícil de la experiencia fue estar lejos de la familia, adaptarse al nuevo estilo de vida, estar consciente de que, a escasos metros, se encuentra el enemigo eterno de Cuba, alojado en la Base Naval. Sin embargo, nunca sentí el deseo de renunciar. Fue un año difícil, hubo días agitados y jornadas de preparación muy agotadoras», revela, pero al llegar a casa, no sintió el alivio de haber concluido la experiencia.
«El hecho de saber que ya había terminado y no tenía que volver al Batallón fue un tanto alegre y a la vez chocante y entristecedor. Eso significó que quizás no vuelva a ver a amigos de otras provincias, no despertaré con los gritos y risas de mis compañeras y ahora mismo lo único que siento es un vacío.
«Todos cuando se licencian o gradúan sienten el deseo y necesidad de festejar con satisfacción. Yo nunca lo sentí, porque esta etapa de mi vida me marcó con personas y recuerdos tan lindos que de cierta forma no quería que concluyeran».
Terminada la vida militar y de cara a nuevos horizontes estudiantiles, se siente en ventaja. «Al terminar la carrera me convertiré directamente en trabajador, ya que mi servicio militar se contempla como servicio social. Además, cuando los jóvenes nos graduamos de bachiller, algunas personas tienen rasgos de inmadurez e irresponsabilidad y el servicio militar te fortalece el carácter, te hace más responsable y enfocarte en un objetivo», reflexiona.
Amanda sabe que su decisión no fue la más común, ni la más esperada para una mujer. Pero ella no pidió permiso ni esperó aplausos. Cuando le preguntan si la presión social por ser mujer en un entorno militar le afectó, responde sin dudar:
«Para nada me afectó la decisión de haber pasado el servicio militar. A pesar de que algunos miembros de mi familia estaban en contra, tuve el apoyo de muchos de ellos. Ser mujer en un entorno militar no me afectó; al contrario, me sentí orgullosa al usar el uniforme que muchas mujeres y hasta hombres no se atreverían.
«Me sentí respetada y admirada por mis compañeros. Siempre hubo alguien con el comentario de que no terminaría, que eso no era para las mujeres, que estaba loca al tomar esa decisión, y ahora al terminar me siento satisfecha al callar muchas bocas y demostrar que, como mujer, sí pude”.
Amanda no endulza ni dramatiza su experiencia. Sabe que el servicio militar es un camino duro, y que no todos están hechos para recorrerlo. Cuando le preguntan si lo recomendaría, responde con honestidad.
«Esto no es para todo el mundo. Vi a personas llorar y renunciar. Yo misma muchas veces sentí que no podía más, pero siempre lo ví como una prueba, para ver hasta dónde podía llegar como persona. No me arrepiento de lo vivido, si pudiera repetirlo lo haría otra vez
Amanda es mucho más que el uniforme que vistió durante un año. Es cierto que el servicio militar la marcó, que la endureció y le enseñó hasta dónde podía llegar, pero su historia no termina ahí. Cuando se quita la ropa de campaña y vuelve a la vida civil, sigue siendo esa muchacha que baila, que escribe, que cuida y que sueña a lo grande.
«Mi verdadera pasión, la que me acompaña desde niña y la que me llevó a tomar aquella decisión tan poco convencional, es la veterinaria. Tengo un sueño claro: crear una clínica que sea también un refugio para los animales más necesitados. No solo curar, sino proteger y acoger. Esa vocación define cada uno de mis pasos hacia el futuro».
Más allá de todo, su vida no se reduce a su formación vocacional o a su futuro. «En mis tiempos libres, me refugio en la escritura. Antes del servicio militar, tenía varias historias en Wattpad –plataforma en línea para leer y escribir de forma gratuita– y planeo continuarlas. Escribir, para mí, es una otra forma de seguir existiendo.
«Cuando no escribo, bailo. Formo parte de un grupo de baile llamada Frassmoon. Nos gustan el K-pop y el Pop, aunque no sean los géneros más comunes aquí cuando de baile se trata. Lo disfruto, lo vivo, lo siento, pero no le pido más de lo que me da», expresa.
También ha incursionado en el cine. «Participé en el proyecto Cámara Chica, específicamente en Pupilas en Acción, la rama de Guantánamo. Allí fui actriz, guionista y maquillista, y aprendí mucho sobre el séptimo arte. Fue una etapa que me enriqueció, que me mostró otras formas de contar historias y de conectar con el mundo, pero el cine, como el baile, quedó en ese lugar especial de los aprendizajes que no necesitan convertirse en profesión».
Quien habla con Amanda se da cuenta de que es una muchacha sencilla. Me gusta pasar tiempo con mi familia, no le atraen las fiestas ruidosas ni las multitudes; prefiere las actividades tranquilas, las conversaciones profundas, los espacios donde se pueda ser sin tener que aparentar.
Muchos la consideran rara. Se lo dijeron en el servicio militar y se lo dicen en la vida civil. Pero no se incomoda, porque ella es simplemente ser fiel a lo que siente, a lo que lee gusta y a lo que quiere construir. No necesita encajar en moldes que no son suyos.
Amanda no es solo una ex soldado. Es bailarina, escritora, actriz, amiga, hija, hermana y futura veterinaria. Es una muchacha que un día decidió inventar el mundo antes de que el mundo la inventara a ella, y que hoy, con la mochila llena de experiencias y el corazón puesto en el futuro, sigue construyendo su propia historia. Sin prisas, sin miedos, sin pedir disculpas por ser como es.
