El precio de la complicidad: cuando el silencio también sostiene una dictadura
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Por Jorge L. León

Toda dictadura necesita policías, tribunales sometidos y aparatos de inteligencia. Pero ninguno de esos instrumentos basta para garantizar su permanencia. Existe un recurso mucho más eficaz: la complicidad de quienes, sin formar parte del poder, terminan convirtiéndose en sus defensores o en sus justificadores. Esa es una de las grandes tragedias de la Cuba contemporánea.
Es fácil comprender por qué los dirigentes permanecen fieles al sistema. El poder proporciona privilegios, inmunidad, acceso a bienes que el resto de la población jamás verá y una posición que desaparecería con la llegada de la libertad. La defensa del régimen responde, en muchos casos, a un cálculo de conveniencia.
Lo verdaderamente desconcertante ocurre fuera de esa élite. ¿Cómo explicar al ciudadano que sobrevive con un salario incapaz de alimentar a su familia y, aun así, continúa defendiendo el mismo sistema que lo empobreció?
¿Cómo entender a quien pasa horas haciendo colas para conseguir un poco de comida, soporta apagones diarios, ve partir a sus hijos hacia el exilio y todavía repite las consignas oficiales como si fueran verdades indiscutibles? No hablo de una teoría.
Hace algún tiempo observé a un hombre buscando comida entre los desperdicios de un contenedor de basura. Vestía ropa desgastada, apenas podía sostenerse y el hambre era visible antes incluso de escuchar su voz.
Sin dejar de rebuscar entre los desechos me dijo: «Fidel fue el político más grande del siglo XX.» Aquellas palabras me impresionaron mucho más que la miseria material que tenía delante. Comprendí entonces que la mayor victoria del totalitarismo no consiste en controlar las instituciones. Consiste en conquistar la mente de una parte de sus víctimas.
Durante más de seis décadas, el régimen cubano construyó un inmenso aparato de adoctrinamiento. La escuela, los medios de comunicación, las organizaciones de masas y la propaganda oficial difundieron una única versión de la historia, eliminando sistemáticamente cualquier alternativa.
A fuerza de repetición, la propaganda dejó de parecer propaganda. Terminó convirtiéndose, para muchos, en una forma de interpretar el mundo. Pero el adoctrinamiento no explica todo.
Existe también el miedo. No únicamente el miedo a la prisión o a la represión física. Existe otro más profundo y silencioso: el temor a quedarse solo, a perder el empleo, a comprometer el futuro de los hijos, a convertirse en objeto de vigilancia o de rechazo social.
Después de muchos años, ese miedo deja de necesitar vigilantes. Cada individuo termina vigilándose a sí mismo. Sin embargo, existe un componente aún más incómodo del que pocas veces se habla: la responsabilidad personal.
No toda complicidad nace del terror. También existe la comodidad de quien decide no pensar, la indiferencia de quien prefiere mirar hacia otro lado y el conformismo de quien repite un discurso porque resulta más fácil que enfrentarse a la verdad.
Aceptar que se ha vivido engañado durante décadas exige un enorme valor moral. Significa reconocer que muchos sacrificios fueron inútiles, que innumerables vidas se consumieron persiguiendo una promesa incumplida y que la realidad terminó desmintiendo el relato oficial.
No todos están dispuestos a recorrer ese camino. Por eso algunos continúan aferrándose al mito incluso cuando la evidencia lo ha destruido. La historia, sin embargo, enseña una lección invariable. Las dictaduras no caen únicamente por el desgaste del poder. También desaparecen cuando los ciudadanos dejan de colaborar con ellas, cuando el miedo pierde eficacia y cuando la conciencia recupera el lugar que nunca debió abandonar.
La Cuba del futuro tendrá que reconstruir su economía, sus instituciones y su Estado de derecho. Pero ninguna de esas tareas será suficiente si no se reconstruye también la cultura cívica y el sentido de la responsabilidad individual.
La democracia no depende solamente de celebrar elecciones. Depende de que cada ciudadano comprenda que justificar la opresión, callar ante la injusticia o colaborar con el abuso también tiene consecuencias morales. Porque ninguna dictadura consigue sobrevivir únicamente gracias a sus verdugos. Siempre necesita la pasividad, el silencio o la complicidad de quienes, pudiendo elegir la dignidad, terminan sosteniendo el mismo sistema que los convirtió en víctimas.
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