El niño de la bicicleta: lección de cine
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El niño de la bicicleta: lección de cine

 El niño de la bicicleta.

El niño de la bicicleta.
Foto: Imagen de la película.

Fieles a un estilo de cine anclado a la realidad, documento vital de desgarradoras peripecias humanas, Luc y Jean–Pierre Dardenne han logrado un certero abordaje de los dramas y carencias suscitados en el capitalismo europeo–occidental.

Paradigmas del cine de autor y de la pantalla social, los hermanos belgas se encargan de exponer lo anterior en imágenes, a puro cine y completamente despojados de trazas panfletarias o descargas de seudoizquierda envueltas en nitrato de plata. Nada más lejos del dogma o lo maniqueo que los opus cuasi perfectos de estos tan incisivos como sensibles señores, quienes configuran una poética de la desolación que sobrecoge por la sorprendente intensidad desprendida de su faz minimalista y su formato documental.

Gran Premio del Jurado en Cannes (tienen además dos Palmas de Oro por Rosetta, 1999; y El niño, 2005), El niño de la bicicleta –cuyo aniversario 15 de estrenada evocamos hoy en Apuntes de Cine–, retoma muchas de las constantes del binomio de Lieja.

Esas constantes son: la ambientación en la hoy venida a menos ciudad siderúrgica de Seraing; infantes; conflictos paterno–filiales; fuertes personalidades en busca permanente tanto de sí mismas como de un algo que puede superarlas para a la postre desvelar su verdadera debilidad; dramas humanos enhebrados a circunstancias sociales capaces de condicionarlos (en este caso, la desprotección infantil, el abandono paterno, la falta de oportunidades, el desempleo y la delincuencia juvenil impulsan las acciones de Cyril, el rebelde chiquillo de 11 años personaje central del filme).

Cyril (Thomas Doret, pequeño no–actor seleccionado en casting masivo) es un chico de quien su económicamente atormentado y joven padre abjura. La peluquera Samantha (Cécile de France), uno de esos ángeles que aún pueblan la Tierra y quien lo conoce por obra de la casualidad, se encarga de devolverle la bicicleta vendida por su progenitor y adoptarlo del centro de acogida.

El muchacho es tozudo, de temperamento muy fuerte, además de sufrir el dolor del rechazo paterno. Pese a la bondad de su protectora, es captado por un traficante juvenil, quien lo incita a cometer un violento asalto contra dos personas.

Lo que pasará a partir de aquí, incluido el magnífico e incomprendido final del filme, será una historia de redención, en la cual a la larga habrá mucho menos pesimismo que en el resto de la filmografía dardenniana precedente e incluso ganará inusitado espesor dramático el candor de cuento de hadas que (a diferencia de Eric Toledano y Olivier Nakache en Intocables y cual Aki Kaurismäki en Le Havre), Luc y Jean Pierre no emplean en tanto suerte de mecanismo evaporador de la verdad, sino en tanto resorte propositivo hacia la certeza del cambio a partir del crecimiento humano. Incluso en las peores circunstancias.

El niño de la bicicleta –esta resulta su mayor virtud– supone lección de concisión narrativa, capacidad de síntesis, credibilidad dramática, ausencia de sentimentalismo, fluencia cinematográfica y sobre todo esa –harto complicada de conseguir– sencillez en estado virginal, solo granjeada por maestros de la pantalla.

El cine en tanto espejo de la vida, invisibilidad de la puesta en escena, desnudez de un planteamiento puro despoblado de artificios: logros mayúsculos del imprescindible dúo de la pantalla.

Abiertos, propensos al diálogo, optimistas, polícromos y musicales como escasas veces en su carrera, los creadores de La promesa y El hijo consiguen con esta extraordinaria fábula social –la cual no se parece, pese a obvios vasos comunicantes, ni a las de Ken Loach, Mike Leigh, Robert Guédiguian, Andrea Arnold o Fernando León de Aranoa, ni a las de ningún otro practicante de este tipo de cine–, un filme mágico en su simplicidad; emotivo en su claridad; cristiano en su apuesta hacia el bien, la responsabilidad y el valor del amor familiar; luminoso en su retrato del dolor, con cámara incapaz de escamotearle la esperanza al ominoso foco tomado por su lente.

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